Ingeniería social

Las formas de tiranía y opresión se sofisticaron con la posmodernidad y ahora son tan sutiles que el individuo no solo no las percibe, sino que además termina aceptando sus postulados como si de un beneficio se tratara. La mayoría milita su propio sometimiento y señala a los rebeldes como inadaptados sociales, ejerciendo en horizontal la censura contra sus propios pares y por cuenta y orden del poder. Así funciona y estos son los resultados de la ingeniería social que la novísima forma de sometimiento.
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Todas las formas de tiranía que en el mundo han sido han actuado de la misma manera: socavando, erosionando, destruyendo los vínculos comunitarios que hacen fuertes a los miembros de la sociedad ligándolos a un acervo moral que, revivificado generación tras generación, constituye el andamiaje sobre el que se edifican las personalidades fuertes y con libertad de juicio.

El tirano aspira a modelar la sociedad a su antojo, configurando un “hombre nuevo” que, desligado de ese acervo moral que lo precede, comulgue con ruedas de molino. Y para ello necesita hacer de esas personalidades fuertes y con libertad de juicio una especie de papilla humana uniforme y gregaria, huérfana de las enseñanzas que les transmitieron sus mayores. A este proceso que tritura las comunidades humanas, reduciéndolas a una masa genuflexa, lo llamamos ingeniería social. Antaño, tal proceso de ingeniería social se lograba actuando sobre los individuos desde una esfera exterior, mediante métodos policiales represivos, prohibiciones y normas de obligado cumplimiento cuya infracción acarreaba las penas más onerosas.

En las formas más evolucionadas de tiranía, la ingeniería social se logra actuando mediante el adoctrinamiento cultural y la propaganda sobre la esfera interior o conciencia del individuo. Se trata esta última, claro está, de una forma de ingeniería social mucho más eficaz porque si en las sañudas tiranías de antaño quien era reducido a papilla tenía conciencia del despojo que estaba sufriendo, en las tiranías de hogaño, mucho más sibilinas y buenistas, el despojo ya no se percibe como tal, sino más bien como una forma de paternalismo amable y protector.

Y una vez triturada en los engranajes de la ingeniería social, la sociedad sometida puede incluso llegar a considerar el despojo sufrido como una conquista a la que no está dispuesta a renunciar. Lo cual es perfectamente comprensible pues destruidos los vínculos comunitarios que hacen a las personas fuertes, quien ha sido sometido a un proceso de ingeniería social ya no tiene donde refugiarse fuera de la égida del tirano disfrazado de mesías.

En las últimas décadas, los españoles hemos sido sometidos a un formidable proceso de ingeniería social que nos ha empujado a renunciar inconscientemente al acervo moral que nos ha constituido, como quien se desprende de una rémora del pasado. Actuando sobre la esfera interior o conciencia de los individuos, se ha logrado que cuestiones que hace apenas unos años a cualquier persona le hubiesen resultado estrafalarias, desquiciadas o aberrantes sean hoy aceptadas con completa naturalidad e incluso que cualquier persona que se atreva a discutirlas se nos antoje estrafalaria, desquiciada o aberrante. Como si de repente hubiésemos sido extirpados de ese depósito de sabiduría acumulada que nos permitía discernir el bien y el mal.


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