Todas las formas de tiranía que en el mundo han sido han actuado de la misma manera: socavando, erosionando, destruyendo los vínculos comunitarios que hacen fuertes a los miembros de la sociedad ligándolos a un acervo moral que, revivificado generación tras generación, constituye el andamiaje sobre el que se edifican las personalidades fuertes y con libertad de juicio.
El tirano aspira a modelar la sociedad a su antojo, configurando un “hombre nuevo” que, desligado de ese acervo moral que lo precede, comulgue con ruedas de molino. Y para ello necesita hacer de esas personalidades fuertes y con libertad de juicio una especie de papilla humana uniforme y gregaria, huérfana de las enseñanzas que les transmitieron sus mayores. A este proceso que tritura las comunidades humanas, reduciéndolas a una masa genuflexa, lo llamamos ingeniería social. Antaño, tal proceso de ingeniería social se lograba actuando sobre los individuos desde una esfera exterior, mediante métodos policiales represivos, prohibiciones y normas de obligado cumplimiento cuya infracción acarreaba las penas más onerosas.
En las formas más evolucionadas de tiranía, la ingeniería social se logra actuando mediante el adoctrinamiento cultural y la propaganda sobre la esfera interior o conciencia del individuo. Se trata esta última, claro está, de una forma de ingeniería social mucho más eficaz porque si en las sañudas tiranías de antaño quien era reducido a papilla tenía conciencia del despojo que estaba sufriendo, en las tiranías de hogaño, mucho más sibilinas y buenistas, el despojo ya no se percibe como tal, sino más bien como una forma de paternalismo amable y protector.
Y una vez triturada en los engranajes de la ingeniería social, la sociedad sometida puede incluso llegar a considerar el despojo sufrido como una conquista a la que no está dispuesta a renunciar. Lo cual es perfectamente comprensible pues destruidos los vínculos comunitarios que hacen a las personas fuertes, quien ha sido sometido a un proceso de ingeniería social ya no tiene donde refugiarse fuera de la égida del tirano disfrazado de mesías.
En las últimas décadas, los españoles hemos sido sometidos a un formidable proceso de ingeniería social que nos ha empujado a renunciar inconscientemente al acervo moral que nos ha constituido, como quien se desprende de una rémora del pasado. Actuando sobre la esfera interior o conciencia de los individuos, se ha logrado que cuestiones que hace apenas unos años a cualquier persona le hubiesen resultado estrafalarias, desquiciadas o aberrantes sean hoy aceptadas con completa naturalidad e incluso que cualquier persona que se atreva a discutirlas se nos antoje estrafalaria, desquiciada o aberrante. Como si de repente hubiésemos sido extirpados de ese depósito de sabiduría acumulada que nos permitía discernir el bien y el mal.
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