La condición colonial

Sin correlato con la realidad cotidiana y enfrascada en sus asuntos de superestructura, la política argentina ejerce hoy una fuerza centrífuga que expulsa a las mayorías populares del debate de lo público. A diferencia de lo que ocurría en otro tiempo, cuando una fuerza política tuvo la clara representación de los intereses permanentes del pueblo-nación, hoy se adivina una farsa en la “lucha” entre facciones ideológicas cuyos proyectos de país no lo son en absoluto, sino un único proyecto de colonia con división de roles. ¿Quién va a ocuparse de la liberación nacional para que aquí pueda existir la justicia social concreta, si los dirigentes de derecha a izquierda coinciden en afiliarse a la embajada de los Estados Unidos? ¿Qué pasará cuando pueblo argentino se percate de que ya no elige Braden o Perón, sino entre Braden y Braden?
202210 0

El debate político en la Argentina ha entrado hace ya algún tiempo en una etapa más bien delirante de su desarrollo, un momento crucial en el que tanto dirigentes como comunicadores optan por obviar en todo análisis el hecho fundamental de la historia de nuestro país. Ese hecho es la condición colonial y su omisión al observar la política da siempre como resultado una narrativa falsificada, sin correlato con la realidad del ciudadano de a pie y, por lo tanto, inentendible para este. Los que tienen la responsabilidad de dirigir y los que tienen la de comunicar están metidos en una burbuja y haciendo allí un relato paralelo que solo sirve para demorar definiciones muy urgentes.

Esa es la primera razón del descrédito que actualmente parecería haber por parte de las mayorías populares respecto a la política. Y entonces surgen en el horizonte los “outsiders” como Javier Milei, a quien los dirigentes y los comentaristas pretenden explicar por la ridícula reducción de “la sociedad se ha derechizado”. Una idiotez, por cierto, puesto que no existe la derechización ni la izquierdización en el estado de la opinión pública, sino un acercamiento o un alejamiento de la política. Cuando las mayorías van a buscar al “outsider” no es porque este sea de izquierda, de derecha o de centro. Es porque las mayorías están alejadas de la política y se desplazan naturalmente hacia el discurso de la antipolítica —que es la característica fundamental de todo “outsider”— a modo de simple protesta.

Claro que es un error pues está históricamente demostrado que no hay realmente ningún “outsider” y que el discurso de la antipolítica es una cosa que los candidatos a dirigente político usan para llegar a serlo, es decir, para subirse al tren de la política. Al igual que todos los demás aventureros antes de él, Javier Milei no viene a destruir, sino a prenderse en el juego. Pero la cuestión reside en tratar de comprender por qué de tiempos en tiempos las mayorías populares se asquean y se alejan de la política yendo a caer en manos de esos aventureros. Y la respuesta va a estar, lógicamente, en la conducta de la política, de los dirigentes políticos frente a la sociedad.

Cuando la lucha política se percibe como auténtica, cuando lo que se ve sobre el escenario parece ser una representación más o menos fiel de la diversidad de opiniones realmente existente, entonces las mayorías populares tienden a politizarse o a acercarse a la política, lo que eleva ya de por sí la intensidad y la calidad de un sistema dicho democrático, el de representación. Pero cuando ocurre lo opuesto y la percepción es de que sobre el escenario hay una farsa, los pueblos se alejan de la política, van a buscar a los “outsiders” y el mismísimo sistema pierde en calidad y en intensidad. Todo eso surge de la lógica y de la observación histórica en cualquier país y también en el nuestro.

Lo que pasa hoy en día es que los pueblos ven la política tal vez como una pelea de boxeadores comprados que simulan golpearse, pero ya tienen arreglado el resultado por una voluntad superior. Uno de los boxeadores tendría que ser como Rocky Balboa, debería rebelarse contra esa voluntad superior y luchar contra viento y marea, pero esa es una épica que en la política argentina hoy no existe.

El hombre de a pie presiente la existencia de esa voluntad superior en el ordenamiento de derecha a izquierda, intuye que las fuerzas opuestas en la actual grieta ya no se oponen realmente, pero no entiende qué está pasando en el fondo. Y no lo entiende porque los responsables por hacer esa comprensión, los dirigentes y los comunicadores, ocultan la presencia de esa voluntad al omitir la condición colonial como hecho fundamental de la historia argentina. Cayó en el olvido la denuncia a la fuerza brutal de la antipatria y eso solo puede ser porque la política argentina en su totalidad se puso al servicio de dicha fuerza.

Por eso es necesario hoy hablar de la condición colonial como base de cualquier análisis de nuestra política, no es posible seguir hablando de macrismo, massismo y kirchnerismo sin decir que todos comen en la mesa de la embajada de los Estados Unidos y que entonces probablemente estén todos recibiendo allí instrucciones.

Y es necesario además entender por qué, hurgar hasta comprender por qué el peronismo no hace como Perón en 1946 y denuncia la injerencia de Spruille Braden en nuestros asuntos nacionales. Algo cambió en nuestra política, hay un escenario geopolítico distinto que modifica aquí las relaciones y las luchas. Es preciso decirlo y es preciso buscar la verdad más allá de las declamaciones ideológicas que los dirigentes usan para tapar los baches y de la que los “periodistas” abusan para llenar horas y horas de programación sin decir lo que todos saben que es la verdad.

Eso intentamos hacer en esta nueva edición de Hegemonía, la 56ª., intentamos partir de la condición colonial como premisa de análisis para llegar a la comprensión de por qué la política argentina hoy no representa a nadie más que a sí misma y los intereses de quienes realmente mandan en el mundo.


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