La hipocresía de los amorosos

El seguidismo incondicional —mucho más en la política que en el fútbol— transforma la lealtad en obsecuencia rebajando a los individuos a la pasividad del hincha fanático que alienta sin exigir. Los predicadores de “el amor vence al odio” son ese tipo de obsecuente por antonomasia y su hipocresía queda del todo expuesta en las redes sociales, lugar virtual en el que las expresiones de odio por parte de los “amorosos” abundan en un fenómeno revelador. Y así, en un país acorralado entre bandos identitarios y por lo tanto irreconciliables, la verdadera subversión podría ser animarse a cuestionar a los propios. Quizás el desafío sea recordar que la política no es un club de fútbol y que amar a la patria implica, también, exigirles a quienes la conducen.
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Uno de los eslóganes que peor daño le han hecho al llamado “campo nacional y popular” es aquel que reza que “el amor vence al odio”. Y ha sido tan dañino por dos principales motivos: en primer lugar, porque incita a la desmovilización y la obsecuencia al interior de ese propio campo y, en segundo lugar, porque por fuera del microclima resulta completamente hipócrita. Es decir que no solo es mentira a nivel de la praxis política partidaria que ingentes volúmenes de amor vayan a desactivar efectivamente los actos simbólicos de manifestación de odio, sino que además quienes declaman el amor como bandera no suelen ser monedita de oro ni es cierto que amen al prójimo como a sí mismos.

Pero el amor irracional y desinteresado, rayano en el masoquismo puro y duro, también provoca la desmovilización al interior del “campo” porque en definitiva el objeto de ese sentimiento tan intenso termina siendo un puñado de dirigentes políticos, a quienes por el mero hecho de amarlos el pueblo llano y la “militancia” terminan perdiendo de facto el derecho a cuestionarlos o exigirles la representación que supuestamente deberían ejercer. Incluso aunque los dirigentes en cuestión incurran en el viejo y conocido “porque te quiero te aporreo”, ya sea por comisión como por omisión. El resultado no puede ser otro que el seguidismo acrítico y la obsecuencia disfrazada de “organicidad”.

Es que el amor es así. Como se lee en el Evangelio, “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni presumido ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Y nadie quiere traicionar esa definición, nadie quiere ser el díscolo que afirme amar, pero exija en lugar de disculpar, creer, esperar y soportar.

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La infeliz consigna de “el amor vence al odio” solo ha servido para que los más nefastos personajes del mal llamado “progresismo”, como es el caso de Victoria Donda, saquen rédito personal. Y además para idiotizar aún más a una militancia que hoy por hoy no tiene conducción, rumbo ni doctrina. El caso de Donda es, por cierto, muy paradigmático: pocos dirigentes han construido más su imagen personal sobre el odio y las cancelaciones contra la disidencia, pero siempre con la hipocresía discursiva del “amor”.

Entonces resulta que en la práctica el sujeto no espera nada y soporta todo, incluso las muestras sistemáticas de desdén o desinterés de parte de la dirigencia política. La censura, en ese sentido, opera desde el vamos como autocensura, con los de a pie imponiéndose a sí mismos la obligación de no cuestionar al líder porque el que ama no cuestiona.

En este espacio hemos hecho alusión en algunas ocasiones a la riverboquización de la política, que implica entre otras cuestiones el aguante por el aguante mismo, como si las identidades políticas se comportasen como equipos de fútbol. Al interior de esa lógica, el verdadero hincha de corazón no es aquel que putea a los jugadores cuando estos pierden y deja de ir a la cancha cuando el equipo tiene una mala racha. Bajo la premisa de que “en la cancha se ven los pingos”, el auténtico hincha irá siempre a alentar a sus colores y lo hará con más fervor en las derrotas que en las victorias. El hincha soporta el calor y el frío, la lluvia y el sol, siempre con el espíritu firme y la garganta henchida en un grito de guerra. No importa si su equipo pierde y si lo hace, mejor ocasión para que el hincha demuestre su valía.

Ese es un amor desinteresado y leal, que no pide nada a cambio y que sobre todo no espera nada a cambio, puesto que a nadie le soluciona la vida una victoria deportiva. El valor del fútbol como catalizador de las tensiones sociales es precisamente ese, el de no implicar modificación alguna de las condiciones de vida de la hinchada y operar meramente en el plano simbólico como un canal de sublimación de la violencia contenida en la vida cotidiana. Es en esa cualidad de inane que el fútbol se distingue de la política: aquella última sí determina las condiciones de vida del pueblo, participe este de las decisiones o no.

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El “amor” de la militancia al dirigente ha resultado, en el caso de Cristina Fernández y también ahora en el de Javier Milei, en una peligrosa e inconveniente relación de obsecuencia: al “amar” hasta los límites de la locura a quienes consideran como representantes no de su opinión, sino de su identidad, los militantes se convierten en instrumentos acríticos de la voluntad de los dirigentes. Cuando esa voluntad es cooptada por el poder, el resultado es todo un activismo en contra de los intereses colectivos del pueblo.

Pero existe un segundo nivel de la censura al díscolo y es el que proviene de parte de los otros hinchas del mismo equipo hacia aquel que comienza a demostrar signos de crítica dirigida a los jugadores en la forma de intentos de cuestionamiento a su accionar o su quietud. “Oigan:” —dice este hincha— “¿No se supone que con la millonada de plata que los socios ponemos todos los meses en concepto de cuota social en el club y que generosamente les ofrecemos a los jugadores, estos deberían hacer algo más que caminar la cancha los noventa minutos? ¿No deberíamos exigirles que jueguen al nivel que su profesionalismo les demanda o que se retiren del equipo, si no se sienten preparados para brindar un rendimiento medianamente aceptable en el campo de juego? ¿Acaso el club no nos pertenece a nosotros, que somos los que mediante el fruto de nuestro trabajo hacemos el esfuerzo de seguir pagando la cuota y comprando las entradas, la indumentaria, la parafernalia?”.

Y no, le contestan los otros. Esas cosas no se dicen. No hay que ser pechofrío, no hay que “darle de comer” a la hinchada rival demostrando las contradicciones internas al propio club. Esas conversaciones se deben de tener “de las puertas para adentro”, en la cancha solo es legítimo alentar si uno no quiere que se le acuse de ser “gallina” o “bostero”, sea el caso que fuere. El problema en esa operación es que el “puertas adentro” no existe como tal, los hinchas y socios de a pie jamás tienen la oportunidad genuina de conversar con los jugadores ni con la dirigencia para plantearles sus inquietudes o demandarles el rendimiento de cuentas del que tendrían todo el derecho del mundo por ser los auténticos dueños del club.

Entiéndase bien: la dirigencia y los jugadores representan a los hinchas anónimos y no al revés, los dirigentes y los jugadores sin una hinchada que movilice la venta de entradas, el rating de las transmisiones televisivas y cualesquiera otras aristas de ese enorme negocio que se llama fútbol no son nada, no pueden sostenerse por sí solos. Por eso la hinchada no solo tiene el derecho de exigir, sino que tiene la obligación de hacerlo y el espacio propicio para ello no puede ser otro que la cancha mientras se juegan los partidos, porque no existe otro espacio, el club se reserva el derecho de admisión y las estrellas no suelen codearse con el pueblo llano.


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