Al iniciarse el gobierno del Frente de Todos allá por diciembre de 2019 había entonces mucha esperanza puesta en un cambio de rumbo que pusiera la Argentina otra vez en la senda de la soberanía política y la independencia económica con justicia social. Eso fue tras cuatro años de un régimen macrista profundamente nocivo para los intereses del pueblo-nación, un periodo de retroceso que quedaría signado por el endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y varios atentados contra los argentinos por parte de un grupo cipayo que había venido a hacer negocios con lo público. Asumían como presidente y vicepresidenta Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, respectivamente, prometiendo enderezar la nave.
Pero había ya un error o un vicio de origen en la propia constitución del Frente de Todos, se había formado en su seno una alianza contra natura entre dirigentes cuyos proyectos diferían hasta ser diametralmente opuestos entre sí. El Frente de Todos era entonces una suerte de mezcla de proporciones inciertas entre el Frente para la Victoria que gobernara antes de Mauricio Macri y el Frente Renovador de Sergio Massa, quien desde siempre se había propuesto como meta la destrucción del Frente para la Victoria como construcción política. Entre enemigos declarados entonces se formó una alianza para ganar las elecciones y el objetivo se logró, aunque el problema central seguía allí.
El problema central es la propia naturaleza de la alianza insostenible entre dirigentes que quieren seguir por caminos distintos. Ese problema debió ser resuelto ya en los primeros meses de gobierno con el sinceramiento de la interna, un periodo de lucha encarnizada entre los socios y su posterior resolución, con uno de los dos suprimiendo al contrincante, borrándolo del Frente y haciéndose con el timón. Lo pactado entre Sergio Massa y Cristina Fernández tiene que haber sido precisamente eso mismo, el ganar las elecciones y luego ver quién se imponía en la interna para gobernar.
Pero a los tres meses de asumido Alberto Fernández como presidente, o como un auténtico algodón entre dos cristales, llegó la contingencia del coronavirus y se postergó la resolución del problema de no poder gobernar un país en una alianza contra natura, esto es, sin tener a los que van a gobernar bien alineados y de acuerdo en qué camino hay que seguir. Alberto Fernández se puso entonces a administrar la contingencia sanitaria y, como resultado, el país se estancó. Se estancó por los meses de cierre forzado de la economía con la mal llamada “cuarentena”, por supuesto, pero se estancó fundamentalmente porque no terminaba de definirse quién iba a gobernar y con qué proyecto.
Eso le vino como anillo al dedo a Martín Guzmán, el cadete que el FMI impuso en el Ministerio de la Economía de la Nación, para legitimar el endeudamiento macrista en el ínterin. Con el país detenido y el pueblo en pánico por el coronavirus, Guzmán trabajó silenciosamente por los intereses de sus verdaderos patrones e hizo el “acuerdo”, eufemismo que se usa para evitar decir legitimación del tongo macrista con el FMI.
La contingencia del coronavirus terminó y al prenderse las luces los argentinos vieron que había una economía destrozada y paralizada, que la Argentina se había comprometido a pagar una deuda que no podrá pagar en los términos pactados y que, además, no había gobierno: aún sin resolverse la interna del Frente de Todos, seguía siendo presidente un Alberto Fernández que no vino a presidir nada en absoluto, sino tan solo a sostener una posición mientras Massa y Fernández de Kirchner dirimían la cuestión central.
Ahora, a pocos meses de las próximas elecciones, esa cuestión central va a resolverse al fin, ahora va a definirse si lo que queda del gobierno del Frente de Todos será el proyecto semicolonial de Sergio Massa y la embajada de los Estados Unidos, a la que Massa responde, o si será el último intento del kirchnerismo por volver a aquel proceso que había quedado trunco con el ascenso de Mauricio Macri.
Claro que al resolverse con más de dos años de atraso, muy a destiempo, la interna del Frente de Todos es funcional a los intereses electorales de Juntos por el Cambio, eso es inevitable. Ese es el precio que deberá pagar fundamentalmente Cristina Fernández por no haber avanzado con todo contra Sergio Massa ya en enero de 2020. Ahora es un poco tarde, como se ve.
Pero ese cara o cruz igualmente va a tener que darse y tendrá que ser muy pronto, en un cortísimo plazo. Llegó la hora de la verdad y tendrá que haber definiciones, a menos que los dirigentes del Frente de Todos ya estén resignados a que el estallido social es inevitable a esta altura y lo único que pueden hacer es ponerse bien el casco, guardarse en sus bunkers y desde allí tratar de salvar algunos muebles.
La presente edición de nuestra Revista Hegemonía es la narrativa en detalle de este drama nacional presente: el de estar desorientados y de no saber qué trole hay que tomar para seguir, como cantaba Roberto Goyeneche en Desencuentro. Nada más actual que ese tango para describir lo que pasa y todos los desencuentros que aún están por venir. Vienen en efecto tiempos muy turbulentos.
Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural
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