En la lucha por el poder históricamente la tecnología siempre fue central. Cada avance tecnológico reconfiguró las relaciones de fuerza entre grupos o Estados desde el dominio del fuego en las tribus primitivas, pasando por la rueda, la máquina a vapor y llegando a la energía nuclear o los satélites. Hoy esta pugna se da en torno a algoritmos y potencia computacional, es una nueva carrera armamentista que puede definir el equilibrio geopolítico para las próximas décadas. En el centro de esta transformación está el uso masivo de sistemas de inteligencia artificial y la computación cuántica. Más allá de sus aplicaciones científicas o comerciales, ambas tecnologías tienen un enorme potencial militar, como armas, mecanismos de espionaje o herramientas de dominación global. En el presente artículo se explorarán el potencial y los riesgos presentes y futuros de una disputa por el poder que se mide en infraestructura digital y ya no en tanques.
Al hablar de inteligencia artificial se suele pensar en su cara visible: los modelos generativos como ChatGPT, Dall-E, Gemini o DeepSeek, que crean textos o imágenes en segundos. Pero más allá de lo visible existe una interacción diaria con los motores de recomendación que sugieren contenidos en plataformas como Netflix o Spotify, además de determinar qué contenidos serán “virales” en las redes sociales y cuáles quedarán ocultos en un mar de irrelevancia. A esto se suman los asistentes de voz en los teléfonos, los sistemas de reconocimiento facial en aplicaciones, la optimización de rutas logísticas en tiempo real de los sistemas de navegación o en casos más avanzados con sistemas de conducción autónoma. Todo eso también es inteligencia artificial.
Estos usos cotidianos de la inteligencia artificial, no obstante, son apenas la superficie. Como ocurrió en el pasado con otras innovaciones —el GPS, internet, los satélites o la energía nuclear— siempre suele haber un interés militar en el desarrollo de nuevas tecnologías. Con la inteligencia artificial la aplicación es evidente para quien quiera verlo: ya existen drones autónomos capaces de identificar y eliminar objetivos sin intervención humana, allí donde por “objetivos” deben entenderse edificios, vehículos o personas. Es decir, son máquinas que se programan previamente para esos fines y pueden decidir por sí mismas quitarle la vida a alguien si ello fuera necesario para ejecutar la misión encargada.

Existen por otra parte sistemas de espionaje que analizan grandes volúmenes de información en tiempo real. Lo que antes debía ser analizado por muchas personas ahora lo es por sofisticados sistemas capaces de interpretar textos, imágenes, videos y audios a una velocidad que no está en escala humana. Este último desarrollo, por cierto, está potenciando hoy mecanismos de ciberataques capaces de vulnerar infraestructuras críticas de un país. Nada de esto es futurismo. En enero de 2024 Open AI eliminó de sus políticas la cláusula que prohibía el uso militar de su tecnología. Google siguió el mismo camino en febrero de 2025. Esto demuestra que la humanidad ya no está frente a simples herramientas de productividad, sino de activos de poder.
También está la computación cuántica, que es el próximo campo de batalla. La computación cuántica es un desarrollo verdaderamente revolucionario que al alcanzar su madurez operativa redefinirá por completo el equilibrio de poder a nivel global. Para entender su impacto, conviene observar que una computadora convencional trabaja con bits, los que solo pueden tener dos estados posibles: cero o uno. En cambio, una computadora cuántica utiliza qubits, los que pueden estar en una superposición de ambos estados al mismo tiempo. Esta diferencia permite realizar cálculos en paralelo y resolver ciertos problemas con una velocidad que, en comparación con los sistemas clásicos, está absolutamente fuera de escala. En términos prácticos, con la computación cuántica podrían resolverse en minutos operaciones que tardarían millones de años en una computadora tradicional.
Todo esto abre sin duda un universo de posibilidades desde el punto de vista científico. La computación cuántica tiene el potencial de revolucionar campos que van desde el desarrollo de nuevos materiales y medicamentos, pasando por modelos climáticos avanzados, hasta el cálculo en tiempo real de trayectorias espaciales donde hoy las limitaciones de hardware dificultan simulaciones complejas durante misiones activas. Por otra parte, desde el punto de vista de la seguridad digital, la computación cuántica plantea un enorme peligro pues gran parte de los sistemas de cifrado actuales —que se basan en operaciones matemáticas con una particularidad, y es que son fáciles de realizar en un sentido, pero extremadamente difíciles en el otro— quedarían inmediatamente vulnerables.
Un ejemplo simple de esto puede verse en la diferencia entre calcular potencias y encontrar raíces. Si lo que se quiere es saber cuánto es 3 elevado a la quinta potencia, la respuesta —243— puede calcularse mentalmente o en un papel. Pero si el desafío es inverso, es decir, encontrar la raíz quinta de 243, la mayoría de las personas se bloquea. En el mundo de la criptografía esa diferencia de dificultad es la que sostiene la seguridad.

Uno de los sistemas más utilizados en la seguridad digital actual es el cifrado RSA (por las iniciales de sus creadores: Rivest, Shamir y Adleman). Su fortaleza radica en que, hasta hoy, no existe un método eficiente para factorizar en un tiempo razonable números muy grandes en sus factores primos. En la práctica, las claves más utilizadas en RSA son de 2048 o 4096 bits, lo que equivale a aproximadamente 617 y 1.234 cifras decimales, respectivamente. Cada número primo utilizado tiene cerca de la mitad de esa longitud. Para ponerlo en perspectiva: no hay ejemplos en la naturaleza que nos ayuden a dimensionar estos valores. El número estimado de átomos en el universo tiene unas 81 cifras (10⁸⁰), mientras que los segundos transcurridos desde el Big Bang suman unas 18 cifras (10¹⁷). Muy lejos aún.
Resolver ese tipo de problemas matemáticos está fuera del alcance de cualquier computadora clásica, pero no de una computadora cuántica. Si se alcanzan la escala y estabilidad necesarias, esta computadora podría resolverlos en tiempos razonables y entonces podría quebrar el cifrado y acceder a cualquier tipo de información, desde contraseñas bancarias hasta comunicaciones diplomáticas, militares o de infraestructura crítica. Vale observar que esto no implica la existencia de un sistema omnipotente capaz de quebrar todas las comunicaciones de internet de forma simultánea. Se trata, más bien, de una herramienta con la capacidad de acceder a cualquier información que resulte de interés para quien posea esa tecnología. Es un riesgo selectivo, pero profundo, especialmente en manos de actores estatales con objetivos estratégicos.
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