La política grande

Editorial

Pasado el vértigo electoral que con su fuerza centrípeta atrae todas las atenciones y consume todas las energías de quienes nos dedicamos a hacer y a analizar la política, llega al fin el momento de volver la vista hacia aquello que realmente determina la vida de todos. Fuera de nuestras fronteras y en lugares que la mayoría de nosotros ignora, en alguna parte alguien está conspirando —véase la importancia de este término en el desarrollo de esta edición, en las siguientes páginas— para lograr objetivos políticos en la política grande, la política total, que es la geopolítica.

Ya lo decía el General Perón en uno de sus momentos de mayor lucidez: la verdadera política es la política internacional. Y no porque lo nuestro no valga o porque seamos menos que nadie, sino por el simple hecho de que sobre todo en los países dependientes como la Argentina gran parte de las decisiones está supeditada a la coyuntura global, esto es, en el concierto de las naciones se establecen las condiciones en las que se va a discutir acá la política local.

Y también eso de “concierto de las naciones” debería cuestionarse hoy más que nunca. Hasta mediados del siglo pasado la política internacional o geopolítica era un asunto de Estados, se hablaba de la influencia de los Estados Unidos en tal o cual región, del avance de los soviéticos por los flancos que los estadounidenses no cubrían muy bien, del despertar de China, de la situación entre las potencias de Europa, etc. La política internacional era eso mismo, era una cosa entre naciones. Pero la irrupción de las corporaciones en el escenario, casi siempre con mayor poder que casi todos los países existentes, cambió el panorama. Hoy la geopolítica es un asunto de corporaciones contra Estados, a veces aliadas con ciertos Estados en contra de otros o por la razón que fuere, pero es un tema mayormente de corporaciones trasnacionales absolutamente apátridas.

Esa es la política grande en los días de hoy, en oposición a la política chica o menor que es la política nacional de cada país. Para entender la realidad, para saber de qué va realmente el mundo hay que observar primero el comportamiento de las corporaciones en el tablero del sistema capitalista (o poscapitalista) actual y luego ver la forma en la que van a acomodarse los Estados en esas condiciones impuestas. La lucha clásica entre naciones es ya una cosa anacrónica, la geopolítica no se observa ni se analiza así. Ahora la narrativa pasa fundamentalmente por la voluntad de los ricos del mundo.

Ese es el resultado de la concentración de la riqueza, la que hoy en día está en niveles tan altos que no registran precedentes en la historia. La propiedad de la riqueza material y simbólica está en tan pocas manos que esas manos llegan a ser más ricas que miles de millones de hombres y más poderosas que casi todos los países del mundo. Esas son las élites globales, que siempre existieron y sin embargo hoy están por primera vez en condiciones de divorciarse de la sociedad y de dominarla y dirigirla a la vez.

Las corporaciones son el instrumento de esas élites globales para la dominación y la gobernanza del mundo entero, son el símbolo de la concentración de la riqueza estampado en sociedades anónimas que forman el monopolio de la economía mundial. Ellas son las que ponen la música a la que todos los demás deben bailar y ellas son la voluntad caprichosa de las élites globales, una oligarquía universal cuya suerte no está atada a la de ningún territorio.

El análisis de esa voluntad y de sus alternativas es el análisis geopolítico hoy, la política grande es la lucha de esas élites globales y sus corporaciones contra la humanidad entera para decidir quién va a gobernar: la voluntad popular expresada democráticamente en la política chica de cada país, con soberanía, o la voluntad de unos pocos impuesta a fuerza de concentración de riqueza y poder.

Los resultados electorales y los avatares de la lucha por el poder en el Estado aquí en Argentina son importantes en lo inmediato y sobre eso siempre habrá que decir una palabra, pero sin entretenerse demasiado en ello al tener la conciencia de que, en última instancia, aquí no va a pasar nada que no esté en consonancia con el orden internacional de la política que se decide muy lejos de aquí.

El hombre en general y el argentino en particular deben tener conciencia de este hecho, de que está por una parte la política chica y, por otra, la política grande, que la una es dependiente de la otra y que es preciso estar atento a ambas, siempre de mayor a menor. No vamos a entender lo que pasa en nuestro país haciendo conjeturas sobre la relación entre el macrismo y el kirchnerismo. Vamos a entender nuestra realidad cuando empecemos a cuestionar lo que la determina.

Eso hicimos en esta edición de nuestra Revista Hegemonía, la 45ª. de una serie que cada vez es más larga. Pusimos en ello todo el esfuerzo de argumentación, de análisis y estos son los resultados. Esperamos que al atento lector le sea de mucha utilidad para empezar a tirar del ovillo en el reverso de la trama.

Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural

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