Las idas y vueltas de Aerolíneas Argentinas

Al igual que durante el menemismo en los años 1990, el régimen neoliberal libertario de Javier Milei pretende aplicarle al pueblo argentino un golpe que no por viejo y muy conocido deja de ser efectivo: el de enajenar el patrimonio colectivo mediante una campaña mediática de desprestigio de la cosa pública. La víctima del momento es Aerolíneas Argentinas, una empresa que durante la década ganada pudo, con mucho sacrificio, ser recuperada de las garras de sus saqueadores y que ahora vuelve a ser el objetivo de quienes en el pasado tenían la fea costumbre de comprar en Argentina neumáticos nuevos para los aviones, quitarlos en España y calzarlos en aeronaves de Iberia, entre otras triquiñuelas miserables. En el séptimo u octavo territorio más extenso del planeta hay mucha gente convencida de que una aerolínea de bandera es superflua para integración. Y eso no es casual.
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En su constante afán por privatizar cada una de las empresas del Estado, el neoliberalismo vuelve a la carga en un nuevo intento de desmantelar Aerolíneas Argentinas. A menos de un año de asumido el gobierno de Javier Milei no son pocos los rumores que sugieren una pronta enajenación de la aerolínea de bandera, claramente destinada a favorecer los negocios de los empresarios amigos y cometer una nueva estafa contra los ciudadanos argentinos. El mecanismo no es novedoso: algo similar ya sucedió en la década de 1990 y demandó posteriormente ingentes esfuerzos para recuperar la empresa.

Aerolíneas Argentinas es una compañía nacional de aeronavegación fundada en el año 1950 por el entonces presidente Juan Domingo Perón y fue por años la principal compañía de transporte aéreo en un país extenso como lo es el nuestro. Es por ello que desde antaño ha resultado un botín interesante para los ambiciosos del poder, quienes han visto en Aerolíneas una oportunidad rentable para hacer negocios a través de su privatización y la posterior estatización de sus deudas a costas del bolsillo de los argentinos.

Como estrategia para lograr la aceptación social de una propuesta de privatización, el gobierno y los medios de comunicación apelan a la repetición sistemática y falaz de los mismos argumentos de siempre a la hora de poner a la venta una empresa del Estado: “Lo privado es más eficiente que lo público”, “una aerolínea de bandera constituye un gasto público monumental en un contexto de crisis económica”, “se roban la plata”, “con ese dinero se podría hacer algo mejor”, “para qué tener aviones que la mayoría de los argentinos no utilizamos si necesitamos otras cosas con mayor prioridad” y un largo etcétera. No obstante, por debajo de la mesa los interesados ya están contando los miles de millones que van a meterse en los bolsillos.

Pero entre todas esas falacias sobresale la persecución, banalización y exposición ante los medios de difusión de los reclamos sindicales por parte de los trabajadores contratados por la empresa. Esta sobreexposición tanto por parte de los medios como por parte del gobierno difiere por ejemplo de la escasa cobertura mediática de la que gozaron los reclamos de los empleados de AFIP y ANSES, quienes fueron víctimas de una brutal reducción del personal en esas oficinas de la administración pública.

Con admirable visión estratégica y una gran conciencia de las características de su país, el general Juan Domingo Perón creó en 1950 una aerolínea de bandera para integrar mejor el territorio nacional de la séptima nación más extensa del planeta. Perón entendió rápidamente que sin transportes y comunicación dicho territorio además de no poder desarrollarse iba a quedar vulnerable frente a la codicia de sus enemigos. El argentino, por lo general, no tiene la conciencia que tuvo Perón hace ya más de siete décadas y no comprende muy bien las dimensiones del país en el que vive.

El objetivo es evidente: exacerbar el natural descontento de la población ante manifestaciones sindicales que le generan contratiempos. Un claro ejemplo de esta operatoria resulta la actitud frente a los reclamos llevados adelante por parte de los empleados de la empresa Intercargo, dedicada a proveer servicios de embarque de pasajeros, carga y descarga de equipajes y limpieza de las aeronaves, entre otros. Esta fue blanco de todo tipo de críticas por la realización de un paro sorpresivo que fue ampliamente replicado por los medios de difusión pero no para visualizar el conflicto laboral sino para estigmatizar a los trabajadores y generar más descontento ante los usuarios.

En ese contexto, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich aprovechó la situación para “salvar el día” ante la opinión pública, disponiendo que la Policía Aeroportuaria se hiciera cargo del equipaje, traslado de pasajeros y del servicio de escaleras. De esa manera, el motivo de la protesta por parte de los trabajadores pasó a un segundo plano y el sentido común pudo observar cómo el gobierno nacional les resolvía a los usuarios un problema ocasionado por la extorsión de la “mafia sindical”. El hecho de que el sector haya sido blanco de un brutal ajuste salarial en los diez meses que van desde la asunción del actual gobierno pasó de soslayo en los medios comunicación, mientras que la opinión pública se llevó una imagen de lo más negativa del accionar de las asociaciones gremiales que “toman a la gente de rehén”.

En resumidas cuentas, tanto Aerolíneas como sus trabajadores están siendo víctimas de una campaña sistemática de desprestigio y demonización cuyo propósito es preparar el terreno para la privatización, asegurándose que esta no implique un descontento social sino más bien que resulte apreciada como una ventaja. Pero a esta mecánica subyace otro objetivo: el de generar en la opinión pública una valoración tan negativa respecto del funcionamiento de las empresas del Estado que en un futuro remoto incluso con la eventual emergencia de un gobierno con intereses soberanos que pretenda llevar adelante la recuperación del capital perdido, la memoria social de la “ineficiencia natural” de lo estatal ponga un freno a todo intento futuro por reestatizar el patrimonio nacional.

Manifestación del personal de Intercargo, la empresa encargada de la operación de Aerolíneas Argentinas en tierra. Al manifestarse con justicia, estos trabajadores terminan metiéndose no obstante en una paradoja: la propia protesta genera contratiempos para los pasajeros y el régimen de Milei utiliza el hecho como un argumento más para justificar la privatización. Se trata de una situación imposible pues el enemigo de los intereses del pueblo tiene todo el poder y lo usa para favorecer a los tiburones del mercado.

La insistencia del gobierno del presidente Milei con la aerolínea de bandera no ocurre por casualidad, esto tiene antecedentes justamente en un gobierno de características similares, pero con otra bandera política. Fue durante el gobierno del presidente Carlos Menem, quien asumió el cargo anticipadamente en 1989 luego del fracaso y la posterior renuncia del radical Raúl Alfonsín y entre cuyas primeras medidas se cuenta la conversión de Aerolíneas Argentinas en una sociedad anónima.

Pero la venta de la empresa no se haría esperar y la aerolínea pasaría a manos de la corporación española Iberia, como parte de un plan similar al propuesto por el gobierno mileísta con la redacción de la llamada Ley Bases, pero bajo el capítulo de la “reforma del Estado”. Este plan de achicamiento y ajuste del Estado argentino formó parte de los dictámenes propuestos para nuestro país por el gobierno de los Estados Unidos en el contexto del Consenso de Washington y las “relaciones carnales” con la superpotencia mundial.


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