Lo que Epstein esconde

Más allá de la pedofilia y de otras atrocidades que solían cometer los ricos, los famosos y los encumbrados en la isla del terror de Epstein, el caso en sí habla de toda una degeneración que es propia de una época perdida. El tiempo quizá traiga luz sobre qué significa realmente en términos de salud social el hecho de que las élites estén cada vez más pobladas por individuos desaprensivos y degenerados. Y tal vez la respuesta permite entender el fracaso del proyecto civilizatorio de Occidente.
2603 9 00 web

A simple vista, uno puede creer que los archivos de Epstein tan solo revelan la existencia de un pequeño grupo de personas inmensamente ricas y poderosas que vivían según sus propias reglas, probando todos los frutos prohibidos. Pero lo cierto es que en los archivos de Epstein aparecen cientos de personas, de procedencias geográficas y dedicaciones variopintas, una turbamulta en la que los magnates se alternan con los científicos, los políticos o los cineastas.

Todos ellos se caracterizan por ser personas muy depravadas, gobernadas por los peores instintos, pero también por concebir las quimeras más desquiciadas y aberrantes. Se ha hablado mucho de las adolescentes que Epstein captaba para saciar los nefandos apetitos de la patulea que visitaba su isla, pero apenas se ha prestado atención, por ejemplo, a las cenas que Epstein organizaba con expertos en genética (algunos premios Nobel, incluso), donde se hablaba sobre la creación de una “raza superior” y se defendían nuevas formas de eugenesia. O sobre las investigaciones sobre “mejora de la especie humana” que el propio Epstein financiaba, por no hablar —en un plano más chusco o delirante— de esos correos electrónicos que cruzaba con supuestas eminencias de Harvard discutiendo métodos para criogenizar su cadáver, con especial fijación por su patética polla, que deseaba revivir para poder seguir “sembrando” su ADN sobre la humanidad futura.

No cabe duda de que Epstein, si no era un poseso, era desde luego una persona muy seriamente infestada. Y, al mismo tiempo, era un pobre diablo obsesionado con la promesa de la antigua serpiente: “Seréis como dioses”. Esta soberbia del hombre que se endiosa y se encarama en el trono divino es la gran tentación diabólica e indudablemente era la aspiración última de este tarado narcisista, que había diseñado un plan de inseminación de mujeres que convertirían su rancho en una “granja de bebés” evolucionados genéticamente.

Y, a la vez que aspiraba a crear esa estirpe olímpica, Epstein había convertido su isla en una trampa irresistible para incautos, un panal de rica miel al estilo del que Samaniego nos describe en su célebre poema: “A un panal de rica miel/dos mil moscas acudieron,/que por golosas murieron/presas de patas en él. […] Así, si bien se examina,/los humanos corazones/perecen en las prisiones/del vicio que los domina”. Y el vicio que dominaba a las dos mil moscas atraídas por el panal de Epstein era la lujuria, casi siempre en sus variantes más perversas y menoreras. Como los demonios, Epstein se servía de las debilidades humanas para atraer a las gentes a las que deseaba someter.

Aquí podríamos preguntarnos por qué las élites están cada vez más acaparadas por gentes desaprensivas y degeneradas, criminales de la peor calaña sin límites morales de ninguna clase. Lo comprobamos a nivel autóctono cada día, lo probamos cuando desviamos la vista allende nuestras fronteras. La respuesta es muy sencilla: cuando uno clava la vista en el cielo, cada vez se eleva más; cuando la fija en el barro, cada vez se entierra más en la podredumbre. Y las democracias occidentales, que son religiones antropoteístas, acaban exaltando los apetitos más rastreros y rebajando los impulsos más nobles: de ahí que los derechos de bragueta se hayan convertido en su motor íntimo y en su finisterre último.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.