Lo que las invasiones bárbaras esconden

Movida por la corrupción y la degradación moral generalizada de su clase dirigente, España empieza a descender por una espiral cuyo resultado suele ser la quiebra civilizatoria. Al haberse fundado por la religión, una civilización tiende a desaparecer cuando declina la religión que la fundó y además a ser reemplazada por otra civilización con su propia religión, esta fuerte y llena de vitalidad. El laicismo e incluso el ateísmo de las clases dirigentes parece estar ocasionando la ruina de una España que alguna vez fue una superpotencia mundial.
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La invasión bárbara de Ceuta nos ha dejado escenas propias de una guerrilla urbana que hasta la fecha solo habíamos visto cada vez que se desataba una revuelta en los barrios de la periferia parisina: incendios de automóviles, agresiones repetidas a militares y policías, ataques al transporte público, abusos sexuales, etcétera. Como a nadie se le escapa (o solo a quienes viven encerrados en esas casposas jaulas del pensamiento llamadas ideologías), son acciones impropias de personas que vienen a ganarse el sustento a otro país, ni siquiera en esas situaciones desesperadas en las que cualquier persona puede perpetrar un crimen por puro instinto de supervivencia o por proteger a los suyos, al estilo de Jean Valjean.

Pero los brotes de delincuencia que han florecido en Ceuta nada tienen que ver con esta criminalidad desesperada a la que aludimos, son acciones programadas según la estrategia de conquista de territorios y expulsión de los autóctonos que se han utilizado (con frutos óptimos) en diversos países europeos, muy notoriamente en Francia. Esa estrategia puede resumirse muy sucintamente: desde los arrabales de una ciudad, se crean “zonas sin ley” o, como diría Foucault, “heterotopías” que funcionan al margen de las normas comunes de la sociedad y que se tornan inhabitables.

Luego esa zona se va extendiendo poco a poco, como una mancha de aceite. Así ha ocurrido repetidamente en Francia, donde poblaciones musulmanas “colonizan” un barrio y después organizan bandas especializadas en guerrilla urbana, a la vez que introducen diversas formas de intimidación civil más o menos subrepticia o descarada que los petits blancs ni siquiera se atreven a denunciar por temor a las represalias, para terminar emigrando a otros barrios o ciudades y al desalojo de los autóctonos sucede tarde o temprano el colapso policial, pues patrullar estas “zonas sin ley” obliga a asumir riesgos adicionales muy costosos (entre otras razones, porque las autoridades obligan a la policía a adoptar métodos irenistas, exactamente como ocurre en Ceuta).

No debemos confundir estas “zonas sin ley” con los guetos donde viven confinadas poblaciones que sufren marginación. Los pobladores de estas “zonas sin ley” no están confinados ni padecen marginación. Por el contrario, han conquistado el territorio que habitan y han creado —mediante la violencia efectiva o soterrada— su propio espacio autónomo, expulsando a quienes antes residían en él. Y, por supuesto, en estas heterotopías o zonas sin ley provocadas por las invasiones bárbaras no existe ese imaginario “mestizaje” que tantos relatos míticos ha inspirado al progresismo biempensante.

Puede haber, al principio, un remedo o pantomima de mestizaje, con mucho despliegue colorista de timbales y chirimías. Pero se trata de un recurso al que se recurre por astucia y que pronto es sustituido por actitudes mucho más disuasorias cuando la dominación está asegurada. Esta estrategia, recurrente en Francia, es la que se pretende realizar en Ceuta, de forma todavía más áspera y brutal.

Por supuesto, a quienes la denunciaron en su día en Francia —casi siempre las clases populares que sufrían sus consecuencias— se les acusó de incurrir en exageraciones y tremendismos, de alimentar “fantasmas” y paranoias racistas (exactamente el mismo argumento empleado por Marlaska cuando calificó las lamentaciones de los ceutíes de “sensaciones” e “inseguridades subjetivas”). Las élites intelectuales francesas —que, como las españolas, viven en barrios pijos— abandonaron a su suerte a los petits blancs que padecían estas invasiones, predicando las bondades del “mestizaje social” y mareando la perdiz con inútiles y retóricas “políticas de inserción”, en la esperanza de que pronto el número creciente de invasores asegurase el triunfo electoral a piñón fijo del progresismo, bajo diversas máscaras (moderada o rampante, según conviniese a cada circunstancia).

Así ha ocurrido repetidamente en Francia y en otros muchos países europeos, donde la parte de la población que sufre las invasiones bárbaras ya no puede formar mayorías contra las alianzas que el progresismo moderado y rampante entabla con las fuerzas invasoras. Y donde esas alianzas generan, a su vez, el florecimiento de partidos que se alimentan del miedo y de la rabia, pretendiendo grotescamente oponer a la colonización invasora el vacío civilizatorio que ha sido el principal causante de dicha colonización.

Habría que empezar por aceptar, si no deseamos renunciar a la honradez intelectual, que la integración de las poblaciones que pertenecen a civilizaciones distintas es consustancialmente imposible y también recordar que las civilizaciones las fundan las religiones y desaparecen cuando declina la religión que las fundó. No existe una civilización laicista ni democrática ni republicana ni constitucionalista ni parecidas zarandajas, allá donde falta la religión sólo existe vacío civilizatorio, que es inevitablemente llenado por otra civilización invasora.

Quienes vienen a llenar ese vacío no hacen sino cumplir con un —llamémoslo así— designio. Mucho más maligna es la posición que adoptan esas élites —por supuesto, procedentes de clases sociales preservadas del contacto con las invasiones bárbaras— que niegan la realidad y siguen cantando las bondades de las avalanchas inmigratorias y aplaudiendo las “regularizaciones masivas” a la vez que anatemizan a quienes denuncian esta nueva forma de suicidio colectivo.


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