Los católicos ante el sionismo (II)

La relación entre la Iglesia y el sionismo siempre estuvo marcada por tensiones doctrinales y por contextos históricos que condicionaron los gestos diplomáticos. A comienzos del siglo XX, Pío X rechazó las pretensiones de Herzl con argumentos teológicos claros: no podía apoyar un proyecto político fundado en una fe que niega a Cristo. Décadas después al publicarse ‘Nostra Aetate’ el Concilio Vaticano II buscó superar siglos de enfrentamientos reconociendo un vínculo espiritual con el judaísmo y condenando toda forma de antisemitismo, aunque sin renunciar al mandato de anunciar el Evangelio. La posguerra, el Holocausto y el peso moral de la persecución nazi moldearon actitudes más deferentes en los papas posteriores, a veces con excesos retóricos.
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Sin duda, hubo “católicos” infestados de ideologías perversas que, a título particular, aplaudieron la persecución a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, como ahora hay otros “católicos” que aplauden las acciones criminales de Israel contra los palestinos. Pero no hay razón por la que la Iglesia deba culpabilizarse institucionalmente por aquellos hechos pretéritos.

Otra cosa distinta es que la Iglesia mantenga desde sus orígenes una tensión o conflicto religioso con el judaísmo. La existencia de la Iglesia, según el dogma católico, supone la renovación de la alianza que Dios entabla con Israel, de tal modo que el Israel bíblico subsiste en la Iglesia, que es su continuación a efectos de la Historia de la Salvación.

En este sentido, resulta muy ilustrativa una audiencia que el papa Pío X concedió en 1904 a Theodor Herzl, que buscaba el apoyo de la Santa Sede al proyecto sionista. Pío X rechazó tal apoyo, declarando que la Iglesia no podía reconocer las aspiraciones sionistas en Palestina, que estaban guiadas por criterios políticos, en tanto que la respuesta del Papa se fundaba en criterios teológicos.

Fue el propio Herzl quien después escribiría la crónica del encuentro, narrando la escena en primera persona y dedicando a Pío X una etopeya poco favorecedora, donde lo pinta como rústico y rudo. Las palabras que Herzl pone en boca de Pío X son netamente católicas y perfectamente razonadas, realistas e históricamente responsables, aunque Herzl trate de presentarlas como imperiosas o híspidas: “No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecer vuestras pretensiones. La tierra de Jerusalén, si no ha sido sagrada, al menos ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer vuestro movimiento”.

Herzl le replica que los sionistas que acaudilla fundan su movimiento “en el sufrimiento de los judíos y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas”, tratando de convertir el asunto en una mera cuestión política. A lo que Pío X responde: “Bien, pero Nos, como cabeza de la Iglesia, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría que, o bien los judíos conservarán su antigua fe y continuarán esperando al Mesías (que nosotros, los cristianos, creemos que ya ha venido), en cuyo caso no los podemos ayudar, pues ustedes niegan la divinidad de Cristo o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo”.

Pío X no hacía sino formular la posición católica tradicional ante el sionismo, vigente hasta que el mundo católico se infecta de ideologías de cuño protestante que siguen viendo en Israel un pueblo elegido. ¿Y qué sucedería en la Iglesia posconciliar?

Sesenta años después de aquel encuentro infructuoso entre Herzl y Pío X, la Iglesia quiso cerrar (en vano) la herida que supuraba entre católicos y judíos a través de la declaración Nostra Aetate (Nº. 4). Allí se establecía que “el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham”, pues “la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios” y se ponderaba el gran patrimonio espiritual común a cristianos y judíos.

También se afirmaba taxativamente que, si bien “las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, […] no puede ser imputada ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras”. Además, Nostra Aetate deploraba “los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.

A renglón seguido, sin embargo, Nostra Aetate recordaba que es “deber de la Iglesia en su predicación anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia”, en alusión velada a la necesidad de predicar el Evangelio también a los judíos. Pero lo cierto es que los papas posconciliares renunciaron a este mandato divino (“[…] en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”, Act 1, 8), o siquiera lo relajaron, como muestra de “buena voluntad” hacia los judíos (pero ninguna buena voluntad puede contrariar un mandato vigente sin solución de continuidad desde los tiempos apostólicos).

Indudablemente, en el polaco Juan Pablo II y el alemán Benedicto XVI la influencia del trauma al que nos hemos referido en anteriores entregas actuaba como una losa sobre sus conciencias, pues sin haber participado en ella, ambos eran contemporáneos y testigos de la persecución nazi a los judíos, lo que se tradujo en una actitud acusadamente deferente y sensible hacia ellos que a veces desembocó en excesos retóricos o incluso en muy discutibles zurriburris teológicos.

Pero en su mayoría fueron gestos de caridad y cordialidad sinceras, superadores de atavismos cerriles pues, como señalaba Bloy, el odio a los judíos en un católico es “el bofetón más horrible que Nuestro Señor haya recibido jamás en su Pasión que dura siempre, el más sangriento y más imperdonable, pues lo recibe sobre el rostro de su Madre”.


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