El río Paraná, ese curso de agua esencial para la Argentina que sedimentó mitos, poesías y batallas identitarias de la geografía nacional, ha sufrido una mutación imperceptible para el ciudadano-espectador. Ha dejado de ser territorio para convertirse en pantalla. En este nuevo ecosistema propio de los medios masivos la palabra soberanía ya no se defiende con cadenas en Vuelta de Obligado, sino que se procesa en livings de utilería como un eslogan publicitario intercambiable, un significante vacío que el poder de turno estira o encoge según las necesidades del mercado.
Mientras el debate público se distrae con la superficie del agua, las verdaderas decisiones políticas se escriben en los márgenes de los contratos de concesión, allí donde el ojo de las cámaras decide apagar su luz. De todos modos, esto no es más que otro eslabón de una misma cadena de sometimiento cultural, casi de carácter ontológico. La decisión de entregar los ríos interiores, vitales para nuestro desarrollo, fueron las banderas del unitarismo aliadas con los intereses comerciales de Gran Bretaña y las pretensiones imperialistas de cotillón de los franceses.
Buenos Aires adquiere relevancia estratégica en tiempos de los Borbones a partir del interés que despierta el comercio trasatlántico. El puerto de Buenos Aires (junto al de Montevideo) cuenta con una ubicación estratégica obsequiada por la naturaleza. Cuando hablamos de cuenca nos referimos a un área donde todas las aguas fluyen y drenan hacia un mismo punto de salida. En ese sentido, la cuenca del Río de la Plata comunicaba a través de los ríos interiores a los pueblos mesopotámicos junto al Paraguay y el sur de Brasil.
En consecuencia, el interés sobre nuestro territorio por parte de Gran Bretaña siempre estuvo orientado por intervenir el control de nuestros ríos, pues por allí debía fluir naturalmente el tránsito de las riquezas naturales. Londres intentó hacer esa intervención mediante las armas en 1806 y 1807 para triunfar en 1809 por la vía diplomática con el Tratado Apodaca-Canning, el que obligaba al Virrey Cisneros a dictar el Reglamento de Libre Comercio el 6 de noviembre en Buenos Aires.

Los intereses comerciales de Gran Bretaña serían luego centrales para apoyar Londres el proceso independista ante España y tuvieron su apogeo luego en una Argentina ya formalmente independiente durante la experiencia rivadaviana, cuando la política de entrega de la soberanía fue total. Canning moriría en 1827, pero mientras vivió fue el articulador de la diplomacia disgregadora de la cuenca del Plata, creando un estado tapón que se llamaría después y hasta los días de hoy República Oriental del Uruguay.
Nadie suele preguntarse por qué Uruguay es “oriental”, aunque la respuesta es sencilla y se debe a la ubicación geográfica del país al este de los ríos que desembocan en la cuenca del Plata. Con la creación de aquel “algodón entre dos cristales”, la estrategia británica rendía todos sus frutos garantizando el comercio libre, controlando los ríos y evitando un monopolio regional. Esto fue así hasta que vino Juan Manuel de Rosas encabezando lo que sería una auténtica reacción criolla al atropello colonial.
La ley de Aduanas rosista protegía las industrias locales y planteaba como un principio la defensa irrestricta de la soberanía nacional. Esta ley quedó en la historia como el símbolo de un proyecto soberano alternativo al sentido común unitario que se instalaría luego desde 1852 hasta el presente. Paradójicamente, pese al triunfo de ese sentido común, nuestra república liberal del presente celebra todavía la efeméride del 20 de noviembre, fecha de la batalla de Vuelta de Obligado, llamándola el Día de la soberanía nacional y dándole el estatus de feriado en todo el país.

Vuelta de Obligado es el hecho histórico en el que Rosas resistió frente al asedio del bloqueo anglofrancés. Londres y París venían a “liberalizar” el tránsito y el comercio por nuestros ríos interiores, pero Rosas desplegó cadenas en el Paraná para cortarles el paso a los buques mercantes que llegaban acompañados por la escuadra anglofrancesa. Esa fue una defensa de la soberanía contra la intromisión del colonialismo sobre el río Paraná, el mismo río que hoy es nuevamente rematado a manos privadas que responden a intereses foráneos. En definitiva, la tragedia nacional es producto de la falsa política impuesta por el unitarismo en 1852.
En definitiva, la diatriba opositora en torno a la supuesta “tiranía” de Rosas tenía como eje central y como finalidad verdadera imponer la libre navegación de los ríos interiores. Esa fue la bandera hipócrita de Urquiza y los constitucionalistas para, con las Bases alberdianas como ordenador ideológico de su liberalismo criollo, dejar escrito y bien aclarado ya en las primeras líneas de nuestra Constitución la predominancia de esa política liberal y, a todas luces, cipaya.
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