Massa y la creación de un nuevo orden

Con la integración de Sergio Massa como superministro al ya debilitado gobierno del Frente de Todos, los socios de la alianza contra natura se dan algo parecido a una nueva oportunidad de enderezar el rumbo luego de dos años y medio de catástrofe en todos los niveles, pero con un riesgo muy alto para el kirchnerismo: en el eventual éxito de Massa puede estar la inauguración de un nuevo orden para la Argentina en el que Cristina Fernández no tendría nada que ganar y muchísimo que lamentar.

La variable Sergio Massa es la última opción de un gobierno no kirchnerista que incluye a Cristina Fernández de Kirchner y llega al poder con votos kirchneristas. Al mismo tiempo es el final, de facto, del gobierno de Alberto y, por supuesto, el fin de su pretensión de reelección.

No parece poco, entonces, lo que acaba de suceder en una semana que corona un grado de improvisación inaudito: comenzando por no tener un plan B ante un ministro que había puesto condiciones para continuar y al cual le trababan sistemáticamente, desde el propio gobierno, sus políticas (sean éstas equivocadas o no), pasando por una ministra que sale a poner el cuerpo en el peor momento y se la corre del cargo a menos de un mes de asumir tras viajar a Washington para dar imagen de continuidad.

En el medio, decisiones económicas siempre a destiempo, a cuentagotas, contradictorias y voluntaristas que, por supuesto, no fueron responsabilidad de Silvina Batakis sino todo un modelo de gestión. 

En este sentido, más allá del volumen político y de la negociación que transforma a Massa en un ministro con una cantidad de poder que ni por asomo se brindó a sus dos predecesores, la fusión de ministerios no tenía que ver con funcionarios que no funcionaban sino con una estructura que no funcionaba.

Ahora se reacomodará el loteo de cajas y cargos para que no todos estén descontentos, pero al menos hay una cabeza que manejará una estructura que buscará ganar en eficacia de modo tal que es de esperar que un funcionario de tercera línea de una secretaría no pueda trabar la política determinada por un ministro.

Un momento premonitorio: Sergio Massa instruye a Silvina Batakis y difunde la imagen para simbolizar con una semántica muy clara que la lapicera la iba a tener él, aunque la hubieran nombrado a ella. Hoy se ve que Batakis fue un simple tapón mientras no se resolvían las demandas de Massa, fue un nombre provisorio que el gobierno de Alberto Fernández arrojó al tapete para no dejar vacante el Ministerio de Economía por semanas, lo que habría sido apocalíptico.

Para Massa es todo ganancia. Condenado a ser “el tercero”, el exintendente de Tigre fue tejiendo apoyos desde su rol estratégico en la Cámara de Diputados y a esperar su oportunidad, la cual, a priori, no iba a darse en lo inmediato. Sin embargo, Massa ve la luz en la implosión del gobierno de un Frente paralizado entre un Alberto que no puede y una Cristina que no quiere gobernar. Consciente de ello, acapara todos los espacios posibles y se lanza.

Querer quiere. Lo que no se sabe es si va a poder porque, en principio, al poder de veto del kirchnerismo se le puede sumar el poder de veto de Alberto Fernández quien, probablemente más por razones de su personalidad que por evidencia empírica, no acepte tener el boleto picado. Pero lo cierto es que el perdedor aquí es el presidente porque en ese espacio gelatinoso que podría llamarse “peronismo no K” la centralidad la pasará a tener Massa. En ese sentido, todo lo que gana Massa se lo gana a Alberto y no al kirchnerismo.

¿Por qué para Massa es todo ganancia? Porque si el gobierno se prendía fuego, Massa acabaría arrastrado por el desastre. Sin embargo, si en esta nueva etapa logra al menos evitar la catástrofe, se erigirá como el salvador con buena parte del denominado “poder real” que lo apoya desde las sombras y sueña con un condicionamiento que por fin logre la utopía de un sistema político argentino signado por la alternancia de lo mismo.

La lógica es exactamente opuesta a la que algunos expresaban cuando se preguntaban cómo podía ser que Massa asumiera esta responsabilidad en medio de una crisis cuyo desenlace parece inexorable. Y, justamente, lo hace porque nada puede ser peor para él en estas circunstancias. Si fracasa, se le achacará la responsabilidad a un barco que ya venía averiado y en todo caso se lo criticará como parte de ese barco del mismo modo que se lo iba a criticar si se hubiera mantenido expectante. Pero es tal el descalabro, es tal la parálisis, que apenas con evitar el naufragio podría alcanzar al menos para ser el candidato en 2023.


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