Se suele citar a Maquiavelo como el primer pensador que separa la moral de la política en un quiebre que nunca más iba a poder suturarse. Ya no se trataría de gobernar según el Bien y los principios de la moralidad sino de sostenerse en el poder. De las reflexiones acerca del rey filósofo pasábamos a los consejos concretos a un gobernante que tiene que lidiar con la Fortuna y sobre todo, con hombres que por naturaleza, están lejos de ser ángeles.
Aunque una lectura algo más a fondo de Maquiavelo otorgaría algunos matices a las interpretaciones que lo ubican como una suerte de genio del mal que entiende que el fin justifica los medios, una de las claves está en el giro interpretativo que el florentino hace de la idea de Virtud. Porque para el autor de El Príncipe, el líder virtuoso no es el que siempre actúa conforme al Bien sino el que sabe adecuarse a las circunstancias, haciendo el bien a veces, sirviéndose del mal en otras ocasiones. Esto significa que el príncipe debería tratar de regirse por las mejores leyes, pero hay momentos donde tendrá que imponer condiciones por la fuerza.
Discutiendo con Cicerón, Maquiavelo indica que el príncipe puede obrar como hombre o como bestia y que, aunque es mejor actuar como lo primero, muchas veces se ve obligado a actuar como lo segundo. Asimismo, como bestia el príncipe puede utilizar la fuerza como el león o el engaño como la zorra.
Esta larga introducción viene a cuento de las consecuencias políticas que se han seguido los días posteriores al cierre de listas en la provincia de Buenos Aires en la alianza La libertad Avanza. Me refiero en particular a la decisión política de sus armadores Karina Milei y Sebastián Pareja de postergar al espacio juvenil denominado Las Fuerzas del Cielo, el cual respondería a Santiago Caputo.

¿Acaso el león ha entendido que a veces debe ser una zorra si lo que quiere es permanecer en el poder? La selección de los armadores y la decisión de dejar de lado a los sectores más radicalizados pareciera ir en esa dirección. Es como si el mileísmo se hubiera dado cuenta de aquello que el Frente de Todos nunca entendió: lo que te sirve para ganar, puede no alcanzarte para gobernar.
Incluso hasta podría interpretarse como un gesto de madurez política, casi institucionalista, como para exagerar un poco más: Milei habría entendido que no puede gobernar a decreto y veto y que necesita una fuerza propia en el Congreso, al menos capaz de reunir las voluntades para apoyar los vetos que le quiera imponer la oposición y frenar cualquier eventual intento de juicio político.
Sería, a su vez, el movimiento exactamente inverso si lo comparamos con la inacción y el capricho con que decidió no negociar y recibir un golpe en el senado algunas semanas atrás frente a gobernadores a quienes, ante a la carencia de interlocución, no les quedó otra que mostrarle los colmillos. Dicho esto, otros interrogantes aparecen: ¿Puede jugar a la zorra, es decir, utilizar las prácticas propias de la política, entendiéndose por tal, distintas formas del engaño, quien ha hecho de la antipolítica su leitmotiv pero, sobre todo, quien ha hecho del discurso moralista una columna vertebral?

En otras palabras, jugar a la zorra aliándose con figuras de la casta como los Menem, Santilli y Ritondo o dejando el armado en un tipo como Pareja puede redundar en una buena performance en provincia, pero ¿cuánto resiente simbólicamente a la figura del presidente en la opinión pública y en sus seguidores más cercanos? Es más, podríamos pensar que si la moralidad es una de las columnas vertebrales de Milei, la otra es una supuesta superioridad desde la perspectiva del conocimiento. Esto se ve en su obsesión contra los mandriles, una disputa casi de nicho académico, de quien siempre fue despreciado en la facultad por sus pares, en la que intenta demostrar que su teoría y su capacidad están por encima de las de sus adversarios.
Y allí encontramos un problema porque una de las dos columnas debió ser sacrificada en el episodio LIBRA. Lo dijimos aquí: o aceptaba ser un estafador, es decir, un inmoral, o aceptaba ser un incapaz e ignorante al cual habían embaucado en el tema donde dice ser experto. Ladrón o boludo, para decirlo de manera directa. Su narcisismo hizo que apenas pueda balbucear algo del orden del engaño pues de otra manera se enfrentaba a la posibilidad de perder el gobierno y la libertad, de modo que si la hipótesis de estas líneas es la correcta, resentida la columna de la superioridad de su conocimiento, máxime cuando se empiezan a ver demasiados errores no forzados en materia económica, como los de las últimas semanas, lo que resta es erigirse en una figura moral. Y erigirse como tal junto a determinadas figuras de la provincia de Buenos Aires, sean del PRO, sean “heridos” y “buscavidas” que utilizan sellos para alcanzar grados de poder, no parece un buen plan.
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