Milei y lo que la política no ve

Al alejarse de la pereza mental tan típica de los comentaristas actuales de una política como la nuestra, ya profundamente achanchada, el observador con voluntad de comprensión empieza a ver en el fenómeno del súbito advenimiento de Javier Milei mucho más que un accidente. Puesto en el contexto social del que su discurso resulta como la panacea universal y en la realidad de que lo fogonearon para “subirlo al ring”, Milei aparece no ya como una sorpresa, sino como el resultado lógico del argumento que la política argentina viene construyendo hace por lo menos una década. Roscas ideológicas entre convencidos, representación de los intereses de pequeñas minorías y abandono de la causa de las mayorías hasta generar un estado social calamitoso, ese es el caldo de cultivo que tanto el macrismo como el kirchnerismo fueron formando en los últimos años y donde Milei crece, prospera y amenaza ya con dar el batacazo.
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No sería la primera vez que el monstruo se desmadra. La historia se repite con distintos nombres: Frankenstein, Golem o Chat GPT. La criatura que se acaba autonomizando y destruye a sus creadores. En política se crean adversarios y se usa la metáfora de “subir al ring” a quien conviene porque desde allí se puede “acumular”, pero el resultado no siempre es el deseado. El kirchnerismo lo subió a Macri porque era el candidato fácil, la derecha que jamás podía ganar, el espejo frente al que todos son buenos. Luego llegaron las elecciones de 2015 y fue tarde: el monstruo se había ido de las manos.

Ahora está Milei y las encuestas empiezan a hablar ya de tres espacios competitivos. Me sigo permitiendo dudar, pero de repente llegan números sorprendentemente buenos de Milei en distritos importantes donde ni siquiera tiene un candidato y se impone un prudente beneficio de la duda. Ahora bien: ¿Es la competitividad de Milei lo más importante, o se trata simplemente del síntoma de algo un poco más complejo?

El fenómeno Milei se explica por tendencias más o menos planetarias y algunas particularidades locales. Empezando por estas últimas, no debemos olvidar que Milei es un producto televisivo desde su extravagante cabellera hasta su generoso repertorio de exabruptos. Es política del espectáculo en el mejor y en el peor sentido del término y un consumo irónico de los sectores biempensantes. Sin embargo, a pesar de ser tan radicalizado como muchos de los asiduos economistas que visitan los canales de siempre, Milei agregó, además, voluntad de poder, pasión, desacartonamiento y un ideario en línea con una nueva derecha que lo ha ido puliendo con el tiempo.

El personaje extravagante que Javier Milei creó para darse visibilidad a sí mismo y entrar rompiendo en el statu quo de la política. Buena parte de la razón por la que Milei se percibe como “algo distinto a lo que hay” no está en el contenido de sus propuestas, que es más bien escaso, sino en cómo se presenta para enunciar dicho contenido. Existe una correlación muy fuerte entre cortarse simbólicamente del resto y ser percibido en efecto como una alternativa real por el electorado. Milei lo sabe e invierte muchísimo en sostener una imagen disruptiva que confirme en la conciencia del elector la idea de que como presidente va a romper todo lo que no funciona.

En este sentido, es parte de esa tendencia general que opera en casi todos los países y que muestra el surgimiento de figuras, en muchos casos outsiders, que irrumpen en la escena ante el giro radical de la agenda de izquierda y progresista hacia las minorías, giro en el cual sucumben incluso partidos que históricamente se han jactado de ser representantes de mayorías. En un juego casi aritmético: si solo se les habla a las minorías y el Estado solo interviene cuando un individuo puede alcanzar el estatus de víctima de algo, es natural que las mayorías sientan que la clase política no las representa.

La tendencia venía de tiempo atrás, pero la pandemia la hizo demasiado evidente. Allí, el oficialismo, el que supuestamente conoce el territorio, de repente se dio cuenta que había 10 millones de tipos que ni siquiera estaban registrados en el sistema como beneficiarios de un plan. Ya no era la famosa cultura “planera”, esas generaciones que no han visto trabajar a sus padres. Era una cultura que está por debajo de ella, para la cual hasta un plan con un estipendio miserable es un privilegio.

El que recibe el plan todavía está bajo el paraguas del Estado, al menos agarrado de su dedo meñique. Pero hay casi un 20% de argentinos que el Estado no sabía que existían. A eso agreguemos los que reciben planes y una clase media cada vez más al límite. Y allí comprenderemos por qué una mayoría de los argentinos considera, como indicaría Milei, que el Estado es un problema, sea porque no llega, porque llega poco o porque jode demasiado cuando podés asomar un poco la cabeza.

En la estela de Giorgia Meloni, Nayib Bukele y el propio Javier Milei, José Luis Chilavert quiere subirse al carro de los “outsiders” haciéndose con el poder político en Paraguay. La fórmula es siempre la misma en todas partes: la negación de las premisas de la política tradicional, la que se percibe en retirada luego de un fracaso. Tras esa negación inicial surgen las afirmaciones, entre las que se cuentan propuestas de shock y de orden allí donde la política hasta aquí no hizo más que perpetuar las problemáticas. Mano dura contra el delito, liberalización extrema de la economía, fin del progresismo relativizador de la realidad. Desde el punto de vista del que se encuentra en una situación social precaria ese discurso suena al menos como la promesa de un cambio. Y por eso tiende a funcionar.

Pero volvamos a esos “10 millones” que “aparecieron” en la pandemia. Estos no habitan el famoso “territorio”, el lugar donde supuestamente el peronismo y los movimientos sociales interactúan y construyen con “los de abajo”. La razón es que el territorio supone categorización, un espacio delimitado y ordenado. Y lo cierto es que el territorio explotó por todos lados y venía explotando incluso en los buenos años kirchneristas. En este espacio no hay organización sino, en el mejor de los casos, átomos del rebusque con trabajos de mierda, a los cuales no se puede interpelar hablando de los logros del 2010, la patria grande y un “no” al FMI; y los que no tienen la suerte de tener ese trabajo, aunque más no sea de mierda, acaban siendo carne de cañón del narco, la organización que se extiende en la desterritorialización, allí donde los papers de la facu y las redes del Estado no han llegado.

El celular, que para los Durán Barba de la vida, “Primavera árabe” mediante, era la herramienta de liberación de la juventud contra los autoritarismos y que para la militancia vernácula era el vehículo de la guerra de guerrillas comunicacional contra el lado Magnetto de la vida es, para este sector invisibilizado, la excusa para ser robado o la posibilidad de ser repartidor de Rappi. No mucho más.

A este sector ni siquiera le llega la ley. A los más porque no los protege de la inseguridad, pero tampoco a los menos que acaban delinquiendo, lo cual no siempre es la mejor noticia. Es que la policía es un enemigo real, pero ser pasible de caer dentro del sistema penal es una forma de “estar” en el sistema. Aun con la vulneración de derechos en la forma de violencia institucional, caer preso supone un calvario, pero “dentro” del sistema, ser un número al que se le conculcan derechos pero un número al fin, una existencia. Aquí se está fuera del sistema. Por eso, no hay nada que perder y todo el que de alguna manera está dentro es visto como un privilegiado.

Durante la contingencia sanitaria del coronavirus “aparecieron” sin que ningún sector de la política los hubiera registrado unos 10 millones de argentinos “invisibles”, muchos de ellos en la extrema pobreza, arañando la indigencia o ya caídos de lleno en ella. El supuesto “control del territorio” no se verificó y el descontrol es mucho mayor de lo que podía suponerse hace tan solo algunos años, razón por la que el advenimiento de un Milei que propone suprimir el Estado aparece frente a los ojos de muchos ya no como una amenaza, sino como una propuesta concreta para resolver el problema. Claro que lo profundizará en vez de resolverlo, pero lo cierto es que el fantasma de la vuelta de la “derecha” no asusta cuando el fracaso de la “izquierda” es tan escandaloso.

En este panorama, la vieja y la joven política dicen en la tele y en la red social de moda que con Milei viene el caos y que con la derecha viene el ajuste. Tienen razón, claro, pero lo dicen como si vivir con más de 100% de inflación no supusiera una forma del caos y del ajuste. Lo cierto es que nadie parece entender la sociedad que debe gobernar. Unos la desprecian; los otros creen que la van a cambiar universalizando cursos de capacitación. Y allí suben al ring a Milei. Ojalá fuera una estrategia. Pero en el Frente de Todos parece más por una mezcla de pereza y pánico moral; en la izquierda lo harán porque no toleran que alguien les dispute el monopolio de la rebeldía. Y en Juntos por el Cambio quizás porque busquen terminar a los abrazos…

Siendo mediados de abril, sigo considerando dificilísimo que en un sistema electoral como el nuestro y en un territorio tan vasto y complejo, una fuerza unipersonal pueda hacer pie electoralmente existiendo dos grandes megaestructuras nacionales. Pero la política, o por qué no decirlo, la casta política, cada vez centra sus mensajes en un sector más concentrado de la población, obviando que hay millones de argentinos a los que el Estado, o bien no ve, o bien le pone trabas en una jungla en la que quienes deben gobernar se han transformado en espectadores indignados que libran su batalla cultural por Twitter.

En este contexto, aun pecando de irresponsable, podría decirse que el hecho de que Milei llegue a la segunda vuelta sería, en un sentido, lo menos importante.


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