Aquella extraña relación entre los votos obtenidos por Fuerza Patria en las elecciones del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires y los que esa misma parcialidad pudo reunir algunas semanas después, en los comicios nacionales del 26 de octubre, puso a la vista de todos lo que algunos todavía insistían en negar y en ocultar: Axel Kicillof y Cristina Fernández, los dos dirigentes mínimamente aceptables para el paladar de una minoría intensa que aún es numerosa, ya no reman en la misma canoa. Ha llegado la hora de resolver una interna que viene arrastrándose al menos desde 2019 y que solo pudo postergarse por el ardid de presentar a Alberto Fernández como candidato tapón en esas elecciones.
De hecho, el propio desdoblamiento de las elecciones de este año con la provincia de Buenos Aires votando por su parte ya fue la evidencia de que la escisión es concreta. Cristina Fernández sabía de las consecuencias posibles y se opuso al desdoblamiento, lo que no alcanzó para disuadir a un Kicillof resuelto a hacer su propio juego. Entonces ahí, en el juego de la provincia gobernada por él, Fuerza Patria se impuso por paliza a los esbirros del régimen mileísta. Siete semanas más tarde, no obstante, esa diferencia en la cantidad de votos se esfumó y no solo no hubo paliza alguna en las urnas bonaerenses a nivel nacional, sino que además el mileísmo pudo dar vuelta el resultado. Por un margen escasísimo, es cierto, pero remontando más de 14 puntos de desventaja.
El atento lector sabe que los números en los resultados electorales están únicamente para satisfacer a los estadísticos, para demostrar una vez más que los encuestadores son aprendices de brujo y para la anécdota. Aquí lo importante es la escisión, pues si el régimen mileísta remontó más de 14 puntos de ventaja en siete semanas sin haber favorecido en nada al pueblo que acude a las urnas es porque algo cambió en la trinchera de enfrente. Fue evidentemente la acción (o más bien la omisión) de Kicillof lo que ocasionó la remontada de los llamados libertarios. Está claro que Kicillof dejó la zona liberada para el 26 de octubre, esto es, no ordenó el control territorial por parte de los intendentes en la campaña y en el propio acto eleccionario, razón por la que el resultado cambió abruptamente entre elecciones.
El por qué Kicillof y sus intendentes hicieron eso podría ser objeto de una especulación infinita si no fuera por el hecho de que es de una claridad meridiana. Lo que Kicillof y los suyos hicieron fue enviar un mensaje muy explícito a San José 1111, un mensaje que quizá se haya leído de la siguiente forma: “Los votos están en el territorio, no en la torre de marfil. En el territorio estamos nosotros todos los días, gestionando un cotidiano que es ardiente. Ud. está en la torre de marfil hace al menos una década”. Es una rebelión, sin lugar a duda, aunque no es una traición. El peronismo en sus máximas y adagios indica que el acompañamiento es hasta la puerta del cementerio, nunca hasta dentro de la tumba. Nadie puede acusar a Kicillof de no haber acompañado a la señora Fernández de Kirchner hasta el límite del umbral y hasta un poco más que eso.
Lo que Kicillof hace es lo que hay de más natural en la política, exige que se active el recambio generacional. Ahora bien, más allá de la justicia de esta exigencia habría que empezar a averiguar en qué cambia el panorama en la eventualidad de que Kicillof logre su objetivo, desplace de la conducción a Fernández de Kirchner y se ponga él a conducir. Nada es claro. Muchos gritan que el relevo es necesario para poner en marcha la representación de las mayorías —que ha estado paralizada con la conducción prescindente de Fernández de Kirchner, con todos los resultados nefastos a la vista—, para volver a construir un gobierno popular, etc. ¿Pero será efectivamente así? ¿Será Axel Kicillof el más idóneo para hacer esa reactivación?
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