Allá por febrero de 2022, hace ya increíblemente casi tres años, el mundo era un lugar en el que sus habitantes humanos se refugiaban en sus cuevas, se tapaban bien las bocas y se lavaban las manos cada 30 minutos con alcohol en gel mientras aprendían recetas de cocina o la última coreografía de moda en las redes sociales. Y se portaban muy bien de acuerdo con las órdenes impartidas por un Estado cuyo único interés declarado era el de cuidar a la gente. Es probable que no haya habido en toda la historia un periodo de mayor borreguismo generalizado que durante el llamado coronavirus. Durante casi dos años, al menos en estas latitudes, la consigna fue no agitar demasiado para no hacer olas, es decir, obedecer y hacer caso para no morir.
Morir de enfermedad o de represión, porque la amenaza en esos días fue una doble amenaza: al que osaba desafiar el estado de sitio impuesto por los Estados a instancias de un poder global que nunca había sido tan poderoso le iba a corresponder el contagio o la mano dura de las autoridades, pero lo cierto es que iba a pasarla mal. Entonces el miedo es realmente el mejor disciplinador social y el coronavirus vino a demostrarlo en la práctica, vino a corroborar esta y otras tantas hipótesis que en la sociología siempre fueron teorías difíciles de experimentar a ver qué pasaba. Para febrero de 2022, como decíamos, el mundo estaba en un letargo de guardarse en casa todos y de contar los días.
Hasta que un buen día un soldado ruso pisó Ucrania y todo de golpe se puso en marcha. Ya nadie se acordó de los tapabocas, del encierro, de la distancia social, del alcohol en gel y demás corralitos mentales. El coronavirus se esfumó como por arte de magia y hasta puede decirse que Putin lo curó de un saque. Al que pregunte cómo puede ser posible esto le conviene observar que los medios de difusión, que hasta el inicio de la campaña militar rusa en Ucrania solo hablaban de virus, enfermedad y muerte las 24 horas del día, muy de súbito empezaron a hablar solo de la guerra. No hubo espacio para el coronavirus en las pantallas de televisión y el coronavirus, naturalmente, dejó de existir en menos de un día de no ser promocionado en los medios.
Aunque la conclusión es la propia obviedad ululante no conviene escribirla con todas sus letras pues hay gente que todavía se ofende, quizá por no aceptar el hecho de que fue víctima de una estafa mediática en dos años y entonces, por lógica, perdió dos valiosos años de su vida. Pero esto tiene aquí y hoy muy poca importancia. Lo que importa es hacer notar que luego de dos años de letargo y modorra una guerra muy localizada en Oriente alcanzó para poner en marcha otra vez a la humanidad. Un conflicto nada más y no solo fue derogado el coronavirus de la noche a la mañana, sino además toda la realidad se intensificó.
Y a niveles incluso superiores a los existentes antes del coronavirus, dicho sea de paso, tal vez por la explosión de la demanda reprimida en dos años. La demanda de acción y actividad política resultó finalmente en que los siguientes tres años hayan sido a puro vértigo: regímenes colapsaron por todas partes y la sociedad en general descendió a una locura jamás vista en la historia de la humanidad. He ahí los efectos de detener artificialmente el tiempo hasta que el dique de la operación mediática se rompe por motivos de fuerza —bélica— mayor.
Entonces esa parecería ser la rutina prevista para de aquí en más: el miedo difundido y generalizado en cualquiera de sus formas para paralizar y luego el shock para reactivar como quien hace arrancar un coche por compresión, es decir, empujándolo. Si esta es la dinámica proyectada para este siglo XXI, o al menos para el segundo cuarto que está a punto de empezar, no es difícil concluir que 2025 tiene que venir repleto de miedo o de shock, más probablemente de esto último por razones que tienen que ver con las urgencias propias de la geopolítica.
El sistema-mundo del ordenamiento geopolítico unipolar con hegemonía estadounidense está más que agotado y todo es tan precario que en estos días la realidad no pasa de una simulación. Pero eso es insostenible en el tiempo porque quienes vienen atrás presionan por el establecimiento del orden definitivo para reformar el mundo. En concreto, hoy las urgencias las tiene China en un peligroso contexto de desaceleración de su economía que podría indicar que se ha llegado al límite de algo, que se ha tocado algún techo. China necesita mover el avispero y todas las evidencias señalan que eso será en el campo de batalla de la guerra en sentido no figurado.
Esto sumado a la asunción de Donald Trump en los Estados Unidos, prevista para de aquí a dos semanas (al momento de escribir estas líneas) da como resultado el que este año de 2025 será movidito, movidito. Puede sentirse en el aire que algo va a pasar y es más, que no tardará en pasar, aunque nadie puede saber muy bien de qué se trata. Lo cierto es que la ingeniería social estará otra vez a la orden del día y es probable que al final de la coyuntura la humanidad se encuentre con ese mundo nuevo que quizá haya empezado a moldearse con el experimento social a nivel planetario del coronavirus.
Es probable que el lío esté, de alguna forma, alrededor de Taiwán. Eso es lo que indica la evidencia al día de hoy y es lo que está analizado en detalle en las páginas de esta edición de nuestra Revista Hegemonía, la 83ª., siempre y como ya acostumbra el lector en el marco de un contexto histórico porque nada nace de un repollo. Si China mueve el avispero y prende la mecha del cambio en el orden mundial con o sin guerra es porque viene preparándose para ello por lo menos en el último medio siglo. Y entender el proceso en su totalidad es la condición necesaria para no volverse loco en este mundo de locura programada.
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