¿Para qué ir a votar?

Las elecciones de este año, al menos en el prospecto, parecen presentarse frente al elector algo parecidas a las del año 2003. En ese momento, en medio a una fragmentación absoluta, se multiplicaban las opciones en la oferta electoral. La diferencia es que en esta ocasión las opciones serán múltiples, pero sin ninguna alternativa. Bien mirada la cosa, no existen dos proyectos de país en pugna entre los que el elector puede optar. Y así mucha gente se pregunta hoy para qué sirve ir a votar. La despolitización previa como condición para todo saqueo parece estar dándose.
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El año en que Argentina deberá elegir gobierno no promete brindarnos demasiadas opciones para las discusiones de fondo. La distancia entre las elites gobernantes y el ciudadano común se hace más ostensible y queda en evidencia cuando las agendas interpelan a pocos. La política, antes que el gobierno, es la que pierde la calle y la necesidad de movilización se canaliza a través del fútbol o la reivindicación puntual y fragmentaria de turno.

El gobierno, mal y tarde, trata de al menos exponer las tropelías de la Corte Suprema mientras busca convencer a la ciudadanía de que la inflación es responsabilidad del cuarteto vitalicio porque sus fallos favorecen a determinados sectores económicos. Sin embargo, siempre favorecieron a esos grupos económicos y hacía tres décadas que no teníamos inflación de casi tres dígitos. Se dice también que esta Corte, o en el formato que tenía durante el gobierno de CFK, fue central para poner límite a las iniciativas del gobierno popular y ese es un dato real. Sin embargo, aun con esa Corte, el kirchnerismo pudo avanzar muchísimo más que lo que ha avanzado el actual gobierno.

A esta agenda los sectores más radicalizados dentro del gobierno le agregan la “Batalla de Lago Escondido” con gauchos paraoficiales y otra fauna. Sumemos que desde la campaña de 2019, muchos funcionarios parecen entender que la única discusión en términos de igualdad pasa por modificar la forma de hablar, y lo que tendremos es una sociedad apática y desentendida con referentes políticos aturdidos en su cámara de eco. No es solo un problema exclusivo del oficialismo, claro. Pues, ¿acaso ustedes creen que en las panaderías están discutiendo sobre Jones Huala?

Lo cierto es que dentro del gobierno no lo van a aceptar, pero si éste tiene todavía alguna esperanza de ser competitivo, se debe a algún mérito propio y a una serie de circunstancias fortuitas.

Enfrascada en su propia rosca ideológica e identitaria, la militancia progresista del Frente de Todos se dedica a lo suyo desentendiéndose de las demandas de las mayorías populares, quienes a su vez perciben eso como una enajenación del gobierno respecto a los problemas reales del país. Con una inflación del 5% mensual, los militantes optan por intentar desviar la atención o por hacerse los tontos ante la realidad. Quizá por saberse impotente para modificar la realidad, por no querer hundirse con el fracaso de los dirigentes o por ambas razones.

El mérito está en haber logrado la estabilidad de la inflación. Es altísima y es imposible continuar con estos números sin que se generen desequilibrios pero lo cierto es que hay una tendencia a cierta estabilidad en un número cercano a 5% mensual con alguna levísima tendencia decreciente en el mediano plazo. En cualquier otro escenario no alcanzaría, pero en la Argentina todo es posible especialmente porque cada vez se vota más contra el adversario que a favor del candidato propio. Una sola cosa sabe el ciudadano medio: a quién no votará. El resto se verá. Especialmente en escenarios de balotaje, es el nivel de irritabilidad que genera el contrincante lo que corona presidentes.

¿Cómo se logró la estabilidad? Al borde del abismo, Alberto delegó algo y el kirchnerismo dejó de obstruir y aceptó mirar para otro lado. Miedo mata prejuicios ideológicos y aventuras irresponsables. Así, la muchachada se entretiene pidiendo por Milagro Sala, Alberto hace campaña sin tener votos, y el que gobierna es Massa, quien parece el candidato puesto aunque naturalmente no lo pueda decir hasta que el presidente decida dar un paso al costado.

¿Pero dará efectivamente el paso al costado? En las últimas horas parece haber cedido y llamar a una mesa política donde se les dé espacio a los socios mayoritarios que lo pusieron en la presidencia. ¿Necesidad? ¿Cortina de humo? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que allí hay un problema porque, como alguna vez indicamos en este espacio, Alberto es el candidato del desacuerdo aunque se diga lo contrario. Con esto quiero decir que la única oportunidad para que él vuelva a ser candidato es una economía que continúe al menos así, sin explotar, más un escenario de empate al interior de la coalición de modo tal que ninguno de los actores pueda imponer su candidato. Sin acuerdo en torno a otra figura, el presidente es el candidato por descarte.

Si esto sucediese, cabe pensar qué intentará negociar el kirchnerismo en ese escenario. Para romper no hay espacio. De modo que, supongo, se buscará negociar una mayoría abrumadora en las listas a cambio de no putear en público al presidente. Veremos.

La imagen de la derrota frentetodista en 2021: manos juntitas, caras largas y un presidente dando explicaciones que nada explican en absoluto. Hoy el Frente de Todos llega a las elecciones presidenciales con un fracaso de gestión, un fracaso electoral previo y dirigentes que no quieren recorrer juntos un mismo camino en el contexto de una alianza contra natura que debió estallar. Y estalló, en efecto.

Donde parece haber más esperanza para el oficialismo es en la provincia de Buenos Aires. Allí, una performance de Milei cerca de los 15 puntos llevaría los suficientes votos a su candidato como para darle a Kicillof su reelección dado que, como ustedes saben, allí no hay balotaje y alcanza 1 voto para ganar. De modo que al día de hoy no parece del todo descabellado un escenario en el que el oficialismo pudiera ganar la provincia y perder la nacional en segunda vuelta. Allí hay muchas cuentas para hacer y muy curiosas, por cierto.


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