Carlos Marx decía, en la que probablemente sea su definición más conocida, que la historia ocurre primero como tragedia y luego como farsa. Y pese a que se lo suele citar incorrectamente hablando de repeticiones que pasan dos veces (sic), la definición es clara y hace referencia al hecho de que la política del presente siempre se viste con el glorioso manto del pasado para legitimarse, o que el hombre suele utilizar las categorías de la historia con sus formas para introducir en la política un contenido absolutamente distinto al original.
Todo esto parecería ser filosóficamente complicado y, en realidad, es lo más sencillo que existe. Para darle un sentido a lo que hacen en el presente, los dirigentes políticos suelen presentar esas acciones en una forma similar a la anteriormente presentada y por lo tanto universalmente conocida. Cuando una revolución tiene lugar, por ejemplo, suele reproducir los símbolos de revoluciones anteriores aunque el contenido ideológico de la una no tenga relación alguna con los programas de las otras.
Así fue con la revolución bolchevique de 1917 en Rusia, la que habría de dar a luz a la Unión Soviética y al bloque socialista en el Este. El estudio detallado de ese proceso revolucionario revela que los bolcheviques calcaron los símbolos y las formas de los burgueses jacobinos de 1789. Ese era el único antecedente de revolución que tenían y se copiaron de ahí para hacer otra revolución, una que tenía como lema la destrucción del poder burgués. Para explicar lo que hacían y demostrar que eso era revolucionario, los socialistas rusos usaron los símbolos ya universalmente conocidos que eran los de la burguesía francesa.
Pero claro, imponiendo un contenido distinto al original. De eso se trata, de hacerse entender por los demás mientras se crea lo nuevo. La cuestión es ahorrarse el esfuerzo de tener que explicar todo desde cero, es la política montándose sobre lo conocido para construir el futuro, el que por definición es desconocido. Cuando el hombre quiere escribir la historia haciendo política empieza calcando las formas de la historia que ya está escrita para apropiarse de la categoría deseada.
De ahí el que la reciente reunión cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin en Anchorage haya sido presentada tanto por los estadounidenses como por los rusos como una reedición de la Conferencia de Yalta. Lo que se busca es hacer entender a la generalidad que allí estuvieron sentados los líderes de las potencias ganadoras a repartirse el botín de una guerra que está en vías de terminar. Eso fue Yalta en febrero de 1945, semanas antes de la caída de Berlín. Y eso debería ser Anchorage hoy.
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