Pasos al costado

La emulación de la historia por la política como un hecho recurrente de la lucha por el poder tanto en el cabotaje como en la geopolítica ha dado en estos días la reedición de la Conferencia de Yalta, esta vez en la ciudad de Anchorage, Alaska. Donald Trump y Vladimir Putin comunican así al mundo que se sientan a establecer el nuevo ordenamiento mundial con los Estados Unidos retirándose del lugar de superpotencia hegemónica mediante ciertas condiciones. Una de ellas, como se ve, es la elección del interlocutor: al no invitar a Xi Jinping a Anchorage, Trump expone parte de su estrategia para lograr el descenso suave a la condición de potencia regional con mucho predicamento en un esquema de multipolaridad.
2509 8 00 web

Carlos Marx decía, en la que probablemente sea su definición más conocida, que la historia ocurre primero como tragedia y luego como farsa. Y pese a que se lo suele citar incorrectamente hablando de repeticiones que pasan dos veces (sic), la definición es clara y hace referencia al hecho de que la política del presente siempre se viste con el glorioso manto del pasado para legitimarse, o que el hombre suele utilizar las categorías de la historia con sus formas para introducir en la política un contenido absolutamente distinto al original.

Todo esto parecería ser filosóficamente complicado y, en realidad, es lo más sencillo que existe. Para darle un sentido a lo que hacen en el presente, los dirigentes políticos suelen presentar esas acciones en una forma similar a la anteriormente presentada y por lo tanto universalmente conocida. Cuando una revolución tiene lugar, por ejemplo, suele reproducir los símbolos de revoluciones anteriores aunque el contenido ideológico de la una no tenga relación alguna con los programas de las otras.

Así fue con la revolución bolchevique de 1917 en Rusia, la que habría de dar a luz a la Unión Soviética y al bloque socialista en el Este. El estudio detallado de ese proceso revolucionario revela que los bolcheviques calcaron los símbolos y las formas de los burgueses jacobinos de 1789. Ese era el único antecedente de revolución que tenían y se copiaron de ahí para hacer otra revolución, una que tenía como lema la destrucción del poder burgués. Para explicar lo que hacían y demostrar que eso era revolucionario, los socialistas rusos usaron los símbolos ya universalmente conocidos que eran los de la burguesía francesa.

Pero claro, imponiendo un contenido distinto al original. De eso se trata, de hacerse entender por los demás mientras se crea lo nuevo. La cuestión es ahorrarse el esfuerzo de tener que explicar todo desde cero, es la política montándose sobre lo conocido para construir el futuro, el que por definición es desconocido. Cuando el hombre quiere escribir la historia haciendo política empieza calcando las formas de la historia que ya está escrita para apropiarse de la categoría deseada.

De ahí el que la reciente reunión cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin en Anchorage haya sido presentada tanto por los estadounidenses como por los rusos como una reedición de la Conferencia de Yalta. Lo que se busca es hacer entender a la generalidad que allí estuvieron sentados los líderes de las potencias ganadoras a repartirse el botín de una guerra que está en vías de terminar. Eso fue Yalta en febrero de 1945, semanas antes de la caída de Berlín. Y eso debería ser Anchorage hoy.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.