¿Patria o colonia?

Con serios problemas en Europa por el avance de Rusia y desplazados ya de África por China, los Estados Unidos tienden ahora a aumentar la presión sobre lo que consideran su “patio trasero” o los demás países de América que son técnicamente independientes, pero no en la práctica. Varias señales diplomáticas e incluso militares llegan desde Washington a través de enviados y ahora tocará a los argentinos decidir: luchar por la segunda y definitiva independencia o permitir que el águila yanqui vuelva a instalarse en estas tierras.
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El General Perón lo supo bien y lo expresó con claridad meridiana: la verdadera política es la política internacional. Todo lo demás, aquello que los dirigentes de la política nacional manejan en el cotidiano, es la resultante de la interacción entre las relaciones internacionales de un país y las decisiones que en el plano local la inserción en el esquema mundial le permite a un gobierno en cada momento.

Esto es cierto en todas partes del mundo y lo es aún más en países como el nuestro, donde la independencia todavía no es definitiva y el alto grado de endeudamiento externo impacta decisivamente sobre una soberanía política comprometida por la influencia o la intervención directa de actores externos que buscan restaurar el estatus neocolonial en estas latitudes.

Es así, la verdadera política es la política internacional. Y es por ello que en esta Tribuna hemos seguido de cerca el curso de los acontecimientos en Ucrania, donde la mirada del observador adiestrado en las cuestiones de la guerra percibe ya un estado de virtual posguerra en el que el ejército ruso triunfante debe proceder a la normalización de la situación mientras por fuera del territorio ucraniano, a nivel global, ya puede vislumbrarse la reconfiguración de los liderazgos políticos en el plano de las relaciones internacionales.

Parecería en ese contexto verificarse la tendencia a mostrarse de manera cada vez más evidente un recrudecimiento de las políticas injerencistas por parte de los Estados Unidos sobre lo que estos consideran que es su “patio trasero”, es decir, nuestros países de América del Sur donde los estadounidenses tienen pretensiones neocoloniales, la Argentina incluida.

Algo de eso se vio ya a partir del año pasado cuando la designación del histriónico y carismático Marc Stanley como embajador norteamericano en nuestro país fue largamente comentada. Se trata del mismo Marc Stanley que en su discurso de asunción decía que la Argentina era un hermoso colectivo turístico al que no le funcionaban las ruedas. Pero en las últimas semanas la presión por parte de los Estados Unidos hacia nuestro país ha ido en aumento y eso no puede ser gratuito ni azaroso.

La pregunta es por qué, o a qué se debe este repentino interés por garantizarse para sí el dominio del pretendido “patio trasero” aquí en el Sur del mundo que si bien no es novedoso —viene del siglo XIX a propósito de la Doctrina Monroe que establece la “América para los americanos”— parecería no obstante haber reverdecido en los últimos meses.

La presidenta de la Cámara de Diputados de los Estados Unidos Nancy Pelosi, una peso pesado en el gobierno demócrata de Joe Biden, visita a Volodimir Zelenski en Kiev. Los estadounidenses lanzan el manotazo de ahogado en Ucrania frente a una situación que parecería ser irremontable: una guerra convencional entre potencias nucleares no es una posibilidad y Rusia no da señales de que vaya a aflojar con su operación militar, de modo que en el mediano plazo los Estados Unidos van a perder terreno en Europa. Como consecuencia, arrecia la injerencia yanqui en el continente americano reflotándose la Doctrina Monroe de siempre.

La respuesta surge de la presunción lógica de la victoria rusa no solo en Ucrania, sino del posicionamiento de Rusia como centro político necesario de la vasta región euroasiática a consecuencia misma de la guerra y del manejo que el líder ruso Vladímir Putin supo hacer de la situación de crisis para que el país cayera bien parado y se beneficiara de las sanciones que Europa y los Estados Unidos le pretendieron imponer.

A pesar de los denodados esfuerzos de Europa por sostener la subordinación a los Estados Unidos, una subordinación cuyos orígenes se remontan a la implementación Plan Marshall posterior a la II Guerra Mundial, el derrotero de los hechos demostró que Europa depende más de Rusia de lo que los europeos tienen ganas de admitir.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) cae por su propio peso al fracasar el intento de Zelenski de plegarse a ella, mientras aparece Moscú en el horizonte de posibilidades de la vieja Europa occidental como un centro de poder evidente, mucho más accesible al continente europeo que unos Estados Unidos separados de él nada menos que por un océano de distancia.

En un esquema así, con Europa cada vez más naturalmente integrada al proyecto geopolítico de Rusia, lo más lógico sería que Washington se apresurara a asegurar el control en América, donde la centralidad natural la tienen los Estados Unidos. Y es por eso que en las últimas semanas y los últimos meses en los medios de difusión se ha publicitado una multiplicidad de reuniones entre los representantes de los Estados Unidos y los principales referentes de la política a nivel local.

Sendas reuniones entre los enviados de los Estados Unidos y los dirigentes de nuestra política, tanto del actual oficialismo en un sentido ampliado —cada una de las facciones del Frente de Todos por separado— como de la oposición, en lo que parecería constituir una reedición de las “relaciones carnales” que nuestro país sostuvo con el gigante del norte a partir de la década de 1970 con la llegada del autodenominado Proceso de Reorganización nacional y aún más intensamente durante los diez años de gobierno de Carlos Menem.

Pero esta serie de encuentros no ha sido del todo bien analizada por el periodismo, o por lo menos no se la ha presentado desde el ángulo fundamental, a saberlo: por qué este interés por parte de los diplomáticos estadounidenses en difundir sus reuniones con los referentes de la política nacional y por qué, de un tiempo a esta parte, se les ha dado por incrementar esa exposición, primero que nada.

Imagen improvisada —probablemente tomada con un teléfono celular para denotar casualidad— de la reunión entre Cristina Fernández, el embajador estadounidense Marc Stanley y la nueva jefa del Comando Sur, Laura Richardson. Es la segunda vez en pocos días que CFK se reúne con Stanley y, en esta ocasión, se vio además las caras con el brazo armado estadounidense. Todo esto es simbólico de los tiempos actuales: tanto Néstor Kirchner como Cristina Fernández siempre se negaron a normalizar relaciones con la embajada estadounidense, pero al parecer el contexto hoy es muy distinto y las ideologías no resisten al poder fáctico cuando este apremia.

Tal fue el caso del encuentro que sostuvo como representante del gobierno nacional la vicepresidenta de la Nación Cristina Fernández con la general del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos Laura Richardson, en una de sus reuniones con el embajador Marc Stanley. La noticia de la charla fue replicada por todos los medios de comunicación de mayor tirada, pero haciendo foco en una diversión que no hace a lo importante del caso: el hecho de que el Comando Sur ahora tiene como jefa a una mujer.

Mientras los medios masivos hacían énfasis en el hecho innegable de que Richardson es la primera mujer militar en ocupar el alto puesto que ella ostenta, pocos o más precisamente ninguno se preocupó en cuestionar ese anacronismo que supone la existencia de un Comando Sur cuya finalidad es la presencia militar de los Estados Unidos en nuestra región de países independientes.

El carácter neocolonial del Comando Sur no se discute y ahora el hecho singular del género de su comandante se emplea como cortina de humo justamente para evitar otra vez ese debate. Mientras se celebra el quién, un velo nos cubre el qué y en definitiva el árbol nos tapa el bosque.

Por supuesto, sin demérito de una mujer que seguramente se ha preparado largamente y ciertamente ha de ser idónea para el cargo que ocupa sin perjuicio de su sexo, lo que aquí no nos estamos preguntando es lo siguiente: ¿Qué es el Comando Sur, para qué sirve? ¿Cuál es la finalidad de la presencia militar constante de una potencia global en el territorio de países independientes como el nuestro?

La respuesta es sencilla a quien quiera verla: ante la perspectiva de ser desplazados de otras regiones del mundo, es natural que los estadounidenses refuercen su presencia en la región que consideran como propia por continuum territorial. Y por eso sacan a relucir más que nunca la omnipresencia de sus embajadores y militares entre los dirigentes de nuestra política local.  

Un capítulo aparte lo constituye Gran Bretaña, también a la vanguardia en la narrativa de la inclusión de la mujer y las minorías sexuales en puestos de poder, con una embajadora carismática que invita a notorias figuras de la farándula local a festejar el cumpleaños y el jubileo de la reina Isabel II, celebrados en un megaevento exclusivo llevado a cabo en la embajada del Reino Unido en la ciudad de Buenos Aires.

A cuatro décadas de la gesta de Malvinas, esas manifestaciones de un modo genérico deberían ofender a la opinión pública y, no obstante, nos son comunicadas en tono de reivindicación, siendo utilizada la identidad de género de la diplomática y la de muchos de los invitados a la fiesta como argumentos a favor de la obscenidad de una demostración de opulencia y falta de respeto por los caídos en un conflicto que involucró y sigue involucrando a argentinos y británicos.

Una caricatura de fines del siglo XIX retratando las idas y venidas de la aplicación de la Doctrina Monroe de los Estados Unidos sobre el resto del continente americano. En 1898, año de publicación de esta verdadera obra de arte, los estadounidenses derrotaban a los españoles en la Guerra de Cuba (o Guerra hispano-estadounidense), arrebatándole a una España ya decadente el control de varios territorios.

Separada de la Unión Europea a partir del Brexit y con la OTAN perdiendo fuerza, Gran Bretaña también empieza a mover fichas al ver la decadencia de la hegemonía global de los Estados Unidos y la perspectiva de reemplazarse esta en el mediano plazo por una hegemonía multipolar en la que los tres ejes de poder serán Moscú, Beijing y Washington, cada uno de ellos como potencias regionales y en control exclusivo de sus respectivos “patios traseros”.

Mientras tanto resta ver qué postura van a tener en Argentina los dirigentes de la política nacional, de qué modo van a plantarse ante la evidencia de que nuestro país debe insertarse en el mundo del futuro como aliado de los Estados Unidos, o por lo menos en buena relación con esa potencia.

Nos encontramos ante una encrucijada, en la que podríamos resultar siendo para los Estados Unidos como Ucrania ha sido para Rusia en el caso de querer intensificar las relaciones con alguno de los otros polos de poder antagónicos al que tenemos más cerca. O bien podríamos someternos de buen grado en obsecuencia con los mandatos emanados con fuerza de ley desde Washington.

Sea como fuere, lo que los Estados Unidos quieren instalar es que el resultado sería, de manera pacífica o por la fuerza, más o menos el mismo: la aceptación final e irreversible de un estatus neocolonial, cesión de soberanía, renuncia a la independencia económica y entrega de territorio para que la metrópoli disponga de las riquezas existentes como mejor le parezca. El perfil alto de los diplomáticos y militares estadounidenses no es ningún cholulismo ni mucho menos, no vienen por la foto con nuestros dirigentes porque sí. Vienen a instalar la vigencia de la Doctrina Monroe en la conciencia de los argentinos como una fatalidad, como lo inevitable.

Pero también podría existir una tercera opción, que sería la de pararse soberanamente exigiendo relaciones que sean beneficiosas para ambas partes, no solo para una de las dos. Si la dirigencia política cae en cuenta de que estamos sentados sobre uno de los suelos más ricamente provistos de recursos naturales, humanos y económicos de todo el mundo, quizá consideraría oportuno proponer un modelo de país productivo, con crecimiento, justicia social y capacidad de negociación en tiempos de posguerra. Quizá entonces nos sería posible como país insertarnos en el mundo que se avecina no en un estatus semicolonial, sino como un país con la capacidad de meterse en la discusión a nivel regional.

El mundo ya ha cambiado, somos testigos vivos de un cambio de era que podría significar para la Argentina una puerta abierta para sellar de manera definitiva su destino, ya sea como un apéndice de un poder foráneo que se dedica al saqueo, la expoliación y la dominación o como un polo de poder propio que negocie de manera justa, independiente y soberana los términos de intercambio con el mundo.

El final permanece abierto y la decisión, en manos de la política. ¿Patria o colonia? He ahí la cuestión.


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