Perón tiene que volver

En la hora crucial de Argentina, con el país debatiéndose entre una débil soberanía y el estatus neocolonial que avanza a gran velocidad, la doctrina nacional justicialista aparece como el instrumento de organización política que podría sacar al pueblo-nación del brete dándole las armas para luchar detrás de una conducción fiel a los preceptos de Perón. Pero la doctrina fue olvidada en el tiempo por una militancia que ya no sabe qué exigirles a sus dirigentes y estos, en consecuencia, son incapaces de conducir al no tener la brújula o por guiarse por mapas que no se corresponden con el territorio. Perón tiene que volver de modo doctrinario para retomar la senda de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social en un país amenazado en su propia constitución política.
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El desconocimiento, la desvirtuación o el ocultamiento deliberado de la doctrina nacional justicialista por quienes deberían esgrimirla como arma inseparable de su praxis política, enseñarla e inculcarla a sus cuadros dirigentes y al pueblo pone en evidencia graves desvíos de larga data. Esos desvíos explican por qué toda propuesta electoral que se autoproclama peronista termina siendo una estafa que, al avanzar en sentido opuesto a la línea doctrinaria, se vacía de contenido y se vuelve funcional al enemigo, lo que equivale lisa y llanamente a traicionar al pueblo cuyos intereses dice representar.

El impacto de estas distorsiones se refleja en la pérdida de coherencia política, porque sin doctrina como referencia las propuestas se tuercen hacia cualquier ventajismo. También se manifiesta en la disolución del sujeto político peronista al diluirse la identidad del movimiento y debilitarse la construcción de poder. Y en la manipulación interesada cuando la dirigencia invoca el nombre del peronismo para justificar políticas contrarias a sus principios.

En este escenario se está a un paso de caer en la subordinación a agendas ajenas y dejar espacio para que primen las recetas liberales o progresistas, sobre las cuales el justicialismo debía situarse. Solo queda ser espectadores de la ruptura entre dirigencia y pueblo, porque si la doctrina no se transmite se fractura la continuidad política entre cuadros y bases. Las semejanzas con el presente claudicante del peronismo no son casuales.

Desde 1943, Juan Domingo Perón fue desarrollando una doctrina que se enmarca en la tercera posición, concebida como síntesis superadora del capitalismo y del comunismo. Su enfoque estratégico rechaza la explotación del hombre por el hombre y la del hombre por el Estado, así como el abandono del hombre al individualismo y la anulación de toda autonomía individual y social. Como afirmaba Perón, ambos sistemas “insectifican” a la persona humana.

La doctrina está integrada por un cuerpo sistemático de principios y de normas de acción fundado en las tres banderas del peronismo —soberanía política, independencia económica y justicia social— y propone un modelo de gobierno que, con el auxilio del Estado, conduce a la comunidad organizada. Reconoce la función social de la propiedad, considera al trabajo como núcleo de la vida social y tiene como finalidad suprema la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Integra los valores materiales y espirituales junto con los derechos individuales y sociales. No surge como un simple programa de gobierno, sino como una filosofía política que ofrece una respuesta autóctona a los problemas fundamentales del país.

Aniversario Muerte Nestor Kirchner
Al ser consultado sobre este aspecto, Néstor Kirchner solía decir que la categoría de kirchnerismo era una forma de bajarles el precio a los peronistas. Kirchner fue una suerte de bombero después del incendio que supuso la megacrisis del 2001 y es probable que se haya dedicado más bien a apagar incendios que a restituir el imperio de la doctrina en el peronismo, pero lo cierto es que en sus cuatro años y luego en los ocho del cristinismo solo hubo momentos espasmódicos de peronismo en una gestión orientada hacia la izquierda y el progresismo.

Esta doctrina nacional justicialista no se limita a interpretar la realidad como haría una ideología ni a describirla como haría una teoría, sino que prescribe un modo concreto de organizar la nación y orientar al pueblo en la realización de su destino histórico, manteniendo como columna vertebral sus tres postulados básicos y adaptando sus formas a las exigencias de cada época. Plantea los múltiples desafíos que la comunidad nacional tiene por delante y, a la vez, funciona como una guía general que indica qué se debe hacer y cómo.

Ignorar la doctrina no admite excusas, a menos que las causas sean “otras”. Está al alcance de cualquiera y solo requiere voluntad de leerla y ponerla en práctica. Sus fuentes abarcan desde la obra escrita por Perón, sus discursos, conferencias, entrevistas y cartas desde el exilio, hasta documentos oficiales, la Constitución Justicialista de 1949 e incluso manuales de adoctrinamiento que el propio movimiento impulsó y publicó para que nadie pudiera alegar desconocimiento.

Una de las 20 verdades peronistas establece que “Un gobierno sin doctrina es un cuerpo sin alma”. Por ende, la doctrina —que es el alma del gobierno surgido del pueblo y la que orienta su acción—debe traducir la voz del alma popular. Sin ella, el gobierno se reduce a un mero aparato administrativo, a una gestión burocrática improvisada o extraviada en intereses circunstanciales, fácilmente confundible con cualquier otro gobierno. Y deja de ser peronista. Puede presentarse como popular, pero en la práctica queda subsumido en lógicas importadas y contradictorias. Si la doctrina fue brújula, en la historia reciente hubo quienes prefirieron navegar con mapas de otro puerto.

En consecuencia, se quebranta también otra de las 20 verdades peronistas, la que afirma que “La verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo”. La adopción de un demoliberalismo por izquierda —esquema ya superado, como señalaba Perón en La hora de los pueblos— condujo al fracaso de los pretendidos gobiernos “nacionales y populares” de la etapa reciente. En nombre del pueblo terminaron haciendo lo que el poder quería.


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