El desconocimiento, la desvirtuación o el ocultamiento deliberado de la doctrina nacional justicialista por quienes deberían esgrimirla como arma inseparable de su praxis política, enseñarla e inculcarla a sus cuadros dirigentes y al pueblo pone en evidencia graves desvíos de larga data. Esos desvíos explican por qué toda propuesta electoral que se autoproclama peronista termina siendo una estafa que, al avanzar en sentido opuesto a la línea doctrinaria, se vacía de contenido y se vuelve funcional al enemigo, lo que equivale lisa y llanamente a traicionar al pueblo cuyos intereses dice representar.
El impacto de estas distorsiones se refleja en la pérdida de coherencia política, porque sin doctrina como referencia las propuestas se tuercen hacia cualquier ventajismo. También se manifiesta en la disolución del sujeto político peronista al diluirse la identidad del movimiento y debilitarse la construcción de poder. Y en la manipulación interesada cuando la dirigencia invoca el nombre del peronismo para justificar políticas contrarias a sus principios.
En este escenario se está a un paso de caer en la subordinación a agendas ajenas y dejar espacio para que primen las recetas liberales o progresistas, sobre las cuales el justicialismo debía situarse. Solo queda ser espectadores de la ruptura entre dirigencia y pueblo, porque si la doctrina no se transmite se fractura la continuidad política entre cuadros y bases. Las semejanzas con el presente claudicante del peronismo no son casuales.
Desde 1943, Juan Domingo Perón fue desarrollando una doctrina que se enmarca en la tercera posición, concebida como síntesis superadora del capitalismo y del comunismo. Su enfoque estratégico rechaza la explotación del hombre por el hombre y la del hombre por el Estado, así como el abandono del hombre al individualismo y la anulación de toda autonomía individual y social. Como afirmaba Perón, ambos sistemas “insectifican” a la persona humana.
La doctrina está integrada por un cuerpo sistemático de principios y de normas de acción fundado en las tres banderas del peronismo —soberanía política, independencia económica y justicia social— y propone un modelo de gobierno que, con el auxilio del Estado, conduce a la comunidad organizada. Reconoce la función social de la propiedad, considera al trabajo como núcleo de la vida social y tiene como finalidad suprema la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Integra los valores materiales y espirituales junto con los derechos individuales y sociales. No surge como un simple programa de gobierno, sino como una filosofía política que ofrece una respuesta autóctona a los problemas fundamentales del país.
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