Perón y el mito del no retorno

Al regresar del exilio el 17 de noviembre de 1972 para triunfar con una avalancha de votos en las elecciones del año siguiente, el General Perón rompió el mito del no retorno del caudillo y renovó la fe del pueblo-nación argentino en que un proyecto nacional-popular puede ser indestructible en el tiempo. Muy arraigada en la cultura del hombre hispano, la figura del conductor es la clave de la organización de las mayorías populares en su lucha contra la fuerza brutal de la antipatria y Perón fue quien representó más cabalmente esa figura en nuestro país.
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De cara a la celebración del Día de la Militancia el próximo 17 de noviembre, fecha de importancia capital para el imaginario del pueblo peronista pues conmemora el regreso de Perón de su exilio en España, vale la pena que analicemos a la figura de Juan Perón no en su individualidad sino inmersa en la continuidad de toda una línea histórica que la tiene como corolario de una lucha antiquísima entre la nación hispana y el imperio británico. Mientras la historia se nos cuente a medias poco podremos hacer como pueblo por concretar el destino de potencia que nos debería caber por mandato divino.

Es precisamente por eso que se nos incita a conmemorar a Agustín Tosco antes que a José Ignacio Rucci, por ejemplo, uno de los grandes artífices de nada menos que del retorno de Perón a la Argentina. Se exalta la etapa de un Perón proscripto por sobre el retorno porque el caos resulta más funcional al enemigo que el orden y porque es necesario que el pueblo no tome conciencia ni dimensión de la importancia de la vuelta del líder, pues esta significa nada menos que la ruptura por primera vez en nuestra historia del mito del no retorno.

¿Pero a qué nos referimos cuando hablamos del mito del no retorno? Para responder a esa pregunta resulta fundamental en primer lugar hacer la aclaración de que todos los momentos en los que la patria vio emerger un movimiento nacional este fue desbaratado convenientemente por el enemigo histórico no solo de nuestro pueblo-nación en sentido acotado como pueblo argentino, sino de todo el pueblo-continente hispano en sentido ampliado.

El imperialismo británico que derrotó a los grandes conductores del movimiento nacional —José Gervasio Artigas, José de San Martín, Juan Manuel de Rosas— también estuvo detrás de la Revolución Fusiladora de 1955 operando abiertamente en contra de Perón para derrocarlo y enviarlo al exilio. Sin embargo, a diferencia de sus antecesores Perón no murió en el exterior ni en la pobreza, sino que regresó al país para ser investido una vez más por la voluntad popular, demostrando que la muerte de un líder no significa necesariamente la muerte de las ideas ni del movimiento nacional. Ese es el legado revolucionario de Perón y en ese sentido el conductor logró romper con el mito del no retorno.

José Ignacio Rucci, el heredero “natural” de Juan Domingo Perón y artífice su retorno luego de 18 años de exilio, a quien el propio Perón tenía por hijo. Las balas que mataron a Rucci estaban destinadas al General. Aquí se lo ve a Rucci junto a sus hijos, Claudia y Aníbal.

La sumisión de la élite porteña a la corona británica a través de la subordinación ideológica cultural pudo a lo largo de todo el siglo XIX, en especial luego de 1810 por el accionar de las logias masónicas, lo que la espada no había logrado ni en 1806 ni en 1807 cuando las expediciones militares en Buenos Aires por parte de Gran Bretaña fracasaron flagrantemente: someter a la Argentina al estatus de semicolonia británica a pesar de que formalmente se nos habla de una independencia política a partir de 1816.

En ese contexto apareció un hombre que comprendió los mecanismos de la estrategia británica de subordinación ideológica y los rechazó mientras pudo antes de ser derrotado por los traidores de dentro. José Artigas tuvo el coraje de organizar al pueblo para enfrentar al enemigo imperialista. Artigas fue el primer conductor con las agallas suficientes, la inteligencia suficiente y la voluntad suficiente para jugarse por su pueblo y el pueblo lo respaldó en esa relación de confianza mutua que constituye la conducción.

Así, la Banda Oriental fue el primer territorio a partir de la Asamblea del año XIII en elegir a sus diputados por voto popular. Diputados que por entonces ya afirmaban que el país debía organizarse en un sistema republicano y federal con una capital diferente de Buenos Aires, comprendiendo prematuramente los vínculos entre las élites de esa ciudad y el enemigo británico. Además, Artigas propuso a través de sus representantes incluso antes de la declaración de la independencia formal la necesidad de rechazar los postulados del libre comercio entendiendo que este impediría el desarrollo económico del incipiente país.

Pero el aporte más revolucionario del caudillo oriental fue su rechazo a la subordinación cultural. Artigas se opuso al iluminismo, a la masonería y practicó la fe católica entendiéndola también como un elemento cohesivo de la hispanidad e impulsando así la noción de patria grande heredada de la tradición española.

José Gervasio Artigas, el primer conductor de hecho del movimiento nacional-popular en nuestra América hispana, puso en jaque al poder cipayo de los porteños anglófilos en un momento, pero terminó siendo derrotado y murió en el exilio, dando inicio al mito del no retorno del caudillo.

El primer conductor del movimiento nacional fue un hombre capaz de comprender las tres contradicciones de la época o bien los tres ejes del esquema de la dominación británica —patria chica contra patria grande, libre comercio contra proteccionismo, iluminismo contra fe fundante de los pueblos— y por eso fue traicionado por la élite porteña aliada de los británicos teniendo que retirarse hacia el norte luego de la traición del primer Judas de nuestra historia, Pancho Ramírez, quien tras la promesa de Sarratea en el campamento del Pilar de recibir en pago por la traición todos los bienes de la ciudad de Buenos Aires se dio vuelta contra Artigas y lo obligó a retroceder.

Y en esa retirada Artigas intentó convencer al jefe del Paraguay de la necesidad de aliarse y unir fuerzas contra la élite angloporteña antes de que fuera demasiado tarde. Pero Gaspar Francia no entendió la advertencia de Artigas, apresó y mantuvo al líder oriental cautivo en el Paraguay donde Artigas murió pobre y en el olvido, siendo catequista de los indios guaraníes.

Esa derrota constituyó la génesis del mito del no retorno. El imperio británico ha derrotado a Artigas, pero no solo lo ha derrotado militarmente. Lo ha derrotado psicológicamente y con él ha derrotado al pueblo, quien vio que su líder y conductor era reducido a polvo por las intrigas de los enemigos de fuera y las armas de los traidores de dentro. El mito de no retorno es eso, es la casi certeza por parte del pueblo de que un conductor derrotado no logra recomponerse ni regresar a la batalla y que toda lucha, todo sacrificio por la causa nacional resultan al final inconducentes pues los líderes mueren y con ellos caen los proyectos de liberación nacional.

Algo similar le sucedió a San Martín, traicionado por ese segundo Judas de nuestra historia, Bernardino Rivadavia, quien precipitó la derrota militar del Libertador, su caída en desgracia y el exilio. Pero a diferencia de Artigas, San Martín a pesar de sostener una postura nacional no llegó a encarnar un movimiento nacional pues no logró hacerse con el apoyo del pueblo más allá de las tropas que comandó.

Fue necesario esperar hasta el advenimiento de Juan Manuel de Rosas para que el movimiento nacional fuera encabezado por un conductor con capacidad de movilización y que comprendiera las tres antinomias de la época, posicionándose del lado de una cultura nacional, tradicional y proteccionista en el plano del comercio.

Juan Manuel de Rosas, el restaurador del espíritu nacional-popular que también siguió el camino del exilio, donde habría de morir en la más absoluta pobreza, luego de haber sido víctima de la traición. Rosas es una de las expresiones más puras de nacionalidad argentina e hispana y con mucha justicia forma parte de la línea histórica del nacional justicialismo desde San Martín hasta Perón.

Por eso decimos de Rosas que fue el Restaurador. Rosas restauró la fe de los pueblos barriendo con el ateísmo, la anglofilia y el liberalismo del traidor Rivadavia y de sus herederos políticos. En diciembre de 1835 Rosas sancionó la Ley de Aduanas luego de veinticinco años de aplicación de un liberalismo feroz, en un intento por aplicar el proteccionismo económico que inexorablemente hubiera conducido al país a convertirse en una potencia industrial.

Se ganó así el odio del enemigo, quien puso en marcha el plan para eliminarlo justo cuando Rosas planeaba recomponer las relaciones con la Banda Oriental, retomando la idea de patria grande y a sabiendas de que en un conflicto entre la Confederación y el imperio del Brasil, las tropas nacionales tendrían todas las probabilidades a su favor.

Sin embargo, no contaba Rosas con la emergencia de un tercer Judas, el traidor Justo José de Urquiza, quien siendo uno de los más hábiles comandantes de la Confederación marchó hacia Buenos Aires en lugar de marchar sobre Río de Janeiro, pagado por el dinero de la oligarquía brasileña para derrotar a Rosas y enviarlo también al exilio en Inglaterra.

Juan Manuel de Rosas, quien fuera el hombre más rico y poderoso de su tierra, murió en territorio enemigo en una pobreza tal que lo obligó en alguna oportunidad a escribir a su hija cartas en las que rogaba esta no fuese a visitarlo porque el pudor y la vergüenza le impedían verla debido a que ni ropas para el invierno le era permitido adquirir.

Y así recobraba fuerza el mito del no retorno: el pueblo entendió que había volcado su confianza y su sacrificio en Artigas, que había acompañado a Rosas y a San Martín, que les legó a sus líderes el poder de conducirlo y comandarlo pero que una vez caído el líder el retroceso era cada vez más evidente y la colonización de la patria avanzaba.

La caída de Rosas hirió tan brutalmente el alma colectiva del pueblo que hasta la llegada de Hipólito Yrigoyen no volvió a recomponerse una posición nacional, sin llegar a cristalizar esta plenamente en un movimiento de liberación. Pero Yrigoyen cayó, no por impericia como lo dicta la historia oficial ni por haber estado “gagá” como se nos quiere hacer creer. Yrigoyen fue volteado por la antipatria justo cuando se encontraba en su etapa de mayor lucidez, a punto de nacionalizar el petróleo y garantizar la soberanía energética y el desarrollo productivo para el país.

En su momento de mayor lucidez, cuando estuvo a punto de recuperar para los pueblos la soberanía sobre las riquezas del territorio soberano, Hipólito Yrigoyen fue derrocado por el golpe que dio inicio a la década infame, la que a su vez duraría trece años y solo encontraría su límite en la gesta del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) en 1943. Aquí, de un modo indirecto, empezaba en la práctica la epopeya peronista al participar Perón de dicha gesta y al sintetizar dos años más tarde los resultados de esa revolución.

La caída de Yrigoyen significó el inicio de una noche de más de una década hasta el amanecer glorioso de junio de 1943. Juan Perón fue el hombre designado por el pueblo como conductor de esa que en los términos de Marcelo Gullo fue la segunda insubordinación fundante de la patria, heredera de la que más de un siglo atrás había emprendido Juan Manuel de Rosas.

Por eso el 17 de octubre fue bautizado Día de la Lealtad y no Día de la Liberación. A pesar de marchar para exigir la libertad de ese coronel al que habían apresado e iban a matar, el pueblo se jugó por su conductor comprendiendo subconscientemente que estaba demostrando su lealtad no ya a una persona sino a una causa nacional y siendo leal a quien había ungido como su conductor se volcó a las calles en un acto de insubordinación fundante.

Pero Perón recogió el guante y se jugó también, afirmando desde el balcón de la Casa Rosada: “Ahora soy el coronel del pueblo” y dando paso a la década más gloriosa de nuestra historia como país. Perón hubiera podido ese día enviar a la masa movilizada a sus casas, pero en cambio recogió el bastón de mando que esta le ofrecía y asumió la enorme responsabilidad de ser la cara visible de un proceso de liberación de todo un pueblo.

El General Perón encabezó la reconstrucción de la patria tal como un siglo antes Rosas la restaurara, alcanzando el país avances políticos, sociales, económicos y tecnológicos impensados para la época en un recóndito lugar del hemisferio sur. Pero el principal aporte de la década peronista fue la reconstrucción espiritual de la patria. Por eso decía Perón que el justicialismo es una filosofía de vida profundamente humanista y cristiana. El peronismo es revolucionario en un plano material, pero sobre todo en el plano inmaterial y trascendente, pues recupera el sentido de la existencia recuperando a Dios como fundamento de la justicia social.

En ese sentido Perón fue el último gran evangelizador de la patria y por eso una vez más el imperio británico atentó en contra suya para derrotarlo en 1955 valiéndose de los traidores locales, como había hecho con Artigas en 1820 y con Rosas en 1852. Pero Perón era un atento lector de la historia y logró ver que permitirle al enemigo la derrota espiritual era sinónimo de dejar al pueblo una vez más en la orfandad del mito del no retorno.

El regreso de Perón desde el exilio el 17 de noviembre de 1972, el primer paso hacia la ruptura del mito del no retorno que iba a confirmarse con la obtención de la tercera presidencia peronista al año siguiente. En la foto pueden verse a María Estela Martínez de Perón y a José Ignacio Rucci sosteniendo el famoso paraguas. A partir de este hecho se celebra los 17 de noviembre el Día del Militante.

Perón también estaba quebrado en su espíritu como antes lo habían estado Rosas o San Martín. Demasiadas habían sido las intrigas, las traiciones. Pero a diferencia de sus antecesores, Perón fue capaz de recomponerse a sí mismo incluso en el exilio, para recomponer así el movimiento nacional.

Por eso Perón regresó al país a pesar de saber que le quedaban pocos meses de vida, porque el regreso físico del líder significaba mucho más en el imaginario colectivo del pueblo: era la ruptura del mito del no retorno, la demostración de que la lucha no había sido en vano y en el mismo sentido la proyección a futuro de la doctrina de la justicia social.

El último acto de heroísmo de Juan Perón fue regresar a un país herido por las luchas fratricidas a conducir un movimiento infiltrado por mercenarios pagados por el extranjero, aquellos imberbes que un día el conductor echó de la plaza, los mismos que dispararon contra Rucci veintitrés balas que iban dirigidas a Perón, precipitando así su muerte. Muerto Rucci, el heredero de Perón y su hijo político, el más fiel de sus colaboradores, Perón sintió que le habían cortado las piernas y la angustia adelantó su propia muerte.

Aquellos otros Judas odiaron a Perón y atentaron en su contra, pero no lograron que el pueblo dejara de amarlo. Perón rompió el mito del no retorno, dejando como su único heredero al pueblo y como testamento su doctrina, plasmada en el Modelo argentino para el proyecto nacional. Así nos habilitó a todos los peronistas para que nosotros llevemos su doctrina a la victoria.

Gracias a que Perón rompió el mito del no retorno la doctrina peronista no se hundió en el pasado. La doctrina es peronista pues en esta doctrina se encuentran las claves para reconstruir la patria grande y para volver a hacer de este pueblo un pueblo feliz, libre, justo y soberano.


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