El peronismo y la ideología de género

Bien instalada en el campo popular de la política como una verdad que no admite cuestionamientos, la ideología de género es hegemónica hoy entre la militancia y los simpatizantes de la causa de los pueblos. ¿Pero cuáles son las implicaciones de esa hegemonía en la formación de una comunidad organizada como la que describe la doctrina peronista? Las contradicciones entre el gusto ideológico de las minorías biempensantes y el sentido común de las mayorías populares en la encrucijada.
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La ideología de género forma parte de la cosmovisión neoliberal, entendida esta necesariamente como un discurso o una ideología con aspiraciones hegemónicas tendiente a colocar al mercado por sobre todas las cosas y a mercantilizar las relaciones sociales a través de los criterios de compraventa, de eficiencia, costo-beneficio y productividad propios de las ciencias económicas en general y de la teoría liberal del mercado en particular, en detrimento de los valores de solidaridad y comunidad propios de la comunidad organizada, modelo de la sociedad peronista.

La ideología de género se enmarca entonces en la concepción neoliberal del hombre, individualista y mercantil, que ve en el ser humano más un consumidor pasivo, un cliente y no un sujeto activo de derechos ni de poder ni de su propio destino. Neoliberalismo, entiéndase bien, no es una escuela económica sino propiamente una doctrina filosófica con pretensiones hegemónicas, pensada y diseñada para regular las relaciones humanas en todos los aspectos de la vida.

En sus lineamientos filosóficos el neoliberalismo es diametralmente opuesto a la noción peronista de comunidad organizada que resulta a su vez en fundamento de la doctrina justicialista. Mientras el peronismo como doctrina persigue la justicia social bajo la forma ideal de la organización de la sociedad en una comunidad organizada, el neoliberalismo pretende deshumanizar las relaciones humanas para otorgarles un cariz económico de costo, beneficio, balances positivos, ganancias o pérdidas.

La comunidad organizada es una comunidad de hombres y mujeres libres en la que cada uno de los individuos posee una función social y un rol específico, dentro de la que el individuo se distingue de la comunidad, pero a la vez este no se puede realizar plenamente si no es bajo el abrigo de su entorno. La comunidad es plena en su desarrollo cuando cada uno de los individuos que la componen alcanza la plenitud, pero al mismo tiempo los individuos no pueden ser felices y realizarse plenamente si la comunidad no se desarrolla y crece en plenitud. Porque en la comunidad organizada, de raigambre profundamente humanista y cristiana, nadie puede ser feliz si a su lado sus hermanos sufren.

La doctrina es justicialista porque coloca en el centro de su reflexión al hombre en todas sus facetas: física, mental y espiritual. El neoliberalismo, en cambio, coloca en el centro de su cosmovisión al mercado. Y la ideología de género, en tanto que pata ideológica del neoliberalismo contribuye a transpolar la lógica del mercado a las relaciones interpersonales.

El llamado capitalismo progresista, la combinación entre ideología liberal en lo económico y en lo social que comúnmente se define como socialdemocracia en este siglo XXI. En ese contexto, la ideología de género —al igual que la ideología racial— es parte del neoliberalismo “con cara humana” que las corporaciones crearon en la posmodernidad para canalizar la rebeldía bien lejos del lugar de la crítica al sistema. Así, la llamada izquierda puede existir tranquilamente en el mundo sin pelear contra el poder fáctico económico, lavando sus culpas ideológicas en causas sociales de minorías por género, orientación sexual, raza, religión, etc. El mejor truco del diablo, como se sabe, es hacerles creer a los demás que el propio diablo no existe.

Esta no se centra en el hombre como un miembro necesario de su comunidad, con un rol específico e inmerso en sus relaciones sociales, sino que se ocupa del individuo, un individuo sin contexto y sin comunidad, arrojado al mundo para ser apropiado como un cliente, como un número deshumanizado en el contexto de una sociedad de mercado donde todo se oferta y se regatea, se compra, se vende y se maneja por criterios de oferta y de demanda. Por estar enmarcada dentro de la cosmovisión neoliberal, la ideología de género tiende a privilegiar el deseo por sobre la necesidad, lo dispensable por sobre lo durable y al individuo por sobre la comunidad.

Pero el problema de privilegiar al individuo por sobre el mundo que lo circunda es que finalmente la ideología de género termina subordinando la realidad material, física y tangible, a cuestiones subjetivas como la autopercepción, que además bien pueden ser cambiantes puesto que el individuo no posee en cada momento de su vida la misma imagen de sí mismo. Así, la ideología de género tiende a etiquetar al hombre en categorías endebles, subordinando la realidad biológica a cuestiones identitarias meramente subjetivas, cambiantes y propias del papel sociocultural del sexo, no de su función biológica como medio de reproducción de la especie.

Si como individuo puedo hoy ser hombre, mañana ser mujer y pasado mañana volver a ser varón, entonces jamás termino de definirme a mí mismo y en ese mismo sentido jamás termino de definir mi rol en mi comunidad. El enorme abanico de infinitas etiquetas que a menudo de manera caprichosa clasifican a las personas de acuerdo con su identidad autopercibida provoca un estado de confusión generalizada que tiende a desorganizar a la comunidad favoreciendo un proceso de disolución social o bien llamado, de tribalización de las relaciones interpersonales.

Pero ese proceso de disolución se exacerba cuando la ideología de género se cuela al interior de los organismos del Estado para proponer una matriz de pensamiento único, totalitario, por fuera de la que no está permitido pensar sin que al individuo le quepa la condena social y la acusación de “fascista”, “retrógrado” u “odiador”. Esto es particularmente grave cuando esa matriz de pensamiento único totalitario y hegemonizante penetra en el sistema de educación de los niños, entrando a menudo en colisión con las creencias de los padres, cuya función como tales es primordialmente la educación en valores para las nuevas generaciones.


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