La Revista Hegemonía llega con esta entrega a la última edición de su cuarto año de existencia. Inicialmente fundada como un proyecto modesto y con la sola pretensión de ser un medio alternativo de análisis político, al llegar a su primer lustro Hegemonía tiene hoy un importante número de suscriptores y es la única revista de su clase en la Argentina que mete el dedo en la llaga cuestionando aquello que —por compromisos comerciales, políticos, de pauta publicitaria o todo eso a la vez— otros medios no pueden cuestionar.
Esa es la verdadera independencia de los medios, una cosa inviable en estos tiempos de grupos y corporaciones mediáticas que se quedan con la propiedad de cada diario o revista, de cada canal de televisión y de cada radio no solo en nuestro país, sino en todo el mundo. El poder de los ricos del mundo es total y esas élites son, por lo tanto, omnipotentes. Si un medio quiere mantener una plantilla estable de comunicadores y tener una difusión razonable, debe necesariamente claudicar frente a la extorsión de quienes tienen el dinero: las élites globales con sus voraces fondos buitre de inversión, a los que denunciamos sistemáticamente en estas páginas. No hay medio de difusión que haya quedado sin cooptar, salvo los alternativos sin fines empresariales como Hegemonía.
Entonces optamos por no crecer más en un sentido de tener mayor difusión en el llamado “mainstream”, elegimos seguir siendo un refugio para el atento lector que busca el análisis no contaminado por los intereses particulares de quienes poseen el mundo entero en carácter de propiedad privada. El mundo entero, no solo los medios. Los dueños de todo poseen las corporaciones mediáticas, los grandes laboratorios de la industria farmacéutica, los gigantes de la producción de contenidos de entretenimiento, la industria automotriz y aeronáutica y hasta las fábricas de juguetes, todo. Entre seis y ocho familias son dueñas de la mitad de la riqueza del planeta, o tienen más que unos 3.500 millones de seres humanos combinados.
Todo eso se desprende de los informes de Oxfam International, que es una oenegé inglesa insospechada de tener sesgo ideológico populista. Y también se desprende del rápido análisis de la composición accionaria de las grandes corporaciones en la bolsa de valores, una información que es pública y está disponible en tiempo real en la web para quien quiera consultarla. Cuando Ud., atento lector, hace el ejercicio de analizar esos datos, Ud. inmediatamente se da cuenta de que este mundo tiene dueño.
Pero falta algo más en esa comprensión, falta entender aquello que ya es una verdad en el sentido común popular: que el ojo del amo engorda el ganado, esto es, que si el mundo tiene dueño lo que se sigue es que ese dueño lo está administrando. Esas seis u ocho familias cuya fortuna hace mucho dejó de ser calculable incluso para sus contadores no poseen el mundo y lo dejan ser, eso no es así. Poseen el mundo y lo dirigen como el patrón dirige la estancia y gestiona el ganado.
Es así como llegamos a la conclusión de que al mundo le hacen falta más “conspiranoicos”, de que estamos precisando gente con la voluntad de sospechar, de dudar y de cuestionar. Necesitamos “conspiranoicos” como Michel Foucault, por ejemplo, el filósofo francés que acuñó las categorías de biopolítica y biopoder utilizadas por nosotros en esta edición para dar cuenta de la estrategia de los dueños del mundo para gestionar lo que les pertenece en propiedad privada. En una palabra, necesitamos gente hambrienta y sedienta de la verdad, puesto que solo la verdad hará libre al hombre.
Los dueños del mundo son los amos de la riqueza material existente, pero eso no les alcanza. Quieren más, quieren hacerse del alma de los pueblos y tenerla en propiedad privada. Y para eso corrompen a los que gestionan la palabra, compran voluntades para que estas formen la opinión de las mayorías. He ahí el porqué de nuestra renuencia en esta revista y en La Batalla Cultural a “profesionalizarnos” (en un sentido empresarial, por supuesto) como medio de comunicación. No vamos a vender nuestra voluntad para que el dueño del mundo también lo sea del alma del hombre.
Probablemente el resultado de esta lucha sea una derrota a manos de un enemigo que es demasiado poderoso, que es omnipotente, como veíamos. Pero eso es irrelevante. En esta guerra por el alma de los pueblos como en toda guerra y en todas las cosas de la vida, la última libertad del individuo humano es la libertad de elegir qué lugar va a ocupar en la escala universal de la dignidad.
Y en consecuencia los individuos que hacemos todos los meses esta Revista Hegemonía haremos uso de esa prerrogativa última, seremos “conspiranoicos” como Michel Foucault, como el atento lector que sabe cuestionar la narrativa oficial y como todos y cada uno de los “conspiranoicos” que hubo, que hay y que habrá. En la escala de la dignidad vamos a estar en el nivel del que cuestiona, simplemente porque la peor batalla es la que nunca se libra. Y que el 2022 nos encuentre, como siempre, en la trinchera.
Erico Valadares
Revista Hegemonía
La Batalla Cultural
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