A propósito del apoyo de los senadores peronistas a los jueces que estarían conectados al lawfare que Cristina Kirchner viene denunciando hace más de una década, quiero ir un paso más allá del trillado, aunque no falso, drama de la crisis de representación.
Mi hipótesis es que estamos frente a representantes del campo popular que se representan a sí mismos y que para justificarlo presentan como colectivos los que son intereses personales. Sostengo también que en ese movimiento del representante hacia sí se rompe el contrato de nuestras democracias modernas, el representado pierde el derecho a exigir la rendición de cuentas y solo le resta el acompañamiento silencioso y adulador a un conductor infalible.
Al electorado le queda, así, aplaudir los aciertos de la conducción y reinterpretar los errores de la misma como una mera etapa de incomprensión que será saldada en un futuro cuando la inteligencia de la figura máxima revele la jugada maestra que los mortales no supimos descifrar. Ser sabio es aceptar con lealtad acrítica lo que viene de arriba. Discrepar es una traición o, en el mejor de los casos, una demostración de ignorancia.
Pero antes de avanzar, despejemos rápidamente el campo de las especulaciones. No abrazo una concepción purista de la política. Entiendo la rosca, la negociación, la necesidad de ser pragmático y la transa. Es parte del juego y está bien que así sea. En todo caso —y hacia allí vamos— la dificultad se plantea cuando el que rosquea, negocia, es pragmático y transa, hace todo eso mientras levanta el dedo acusador de policía moral de la política. Y las dos cosas al mismo tiempo no se pueden o no se deberían hacer.

Un segundo elemento aclaratorio: las eventuales críticas que aquí aparecerán al sector conducido por Cristina Kirchner no son parte de la interna con Axel Kicillof. Muchos comunicadores del campo popular, vamos a suponer que por convicción, aprovechan los errores del kirchnerismo duro para sumar en esa interna. Una vez más, está muy bien que así sea pues esa es precisamente la lógica de las internas.
Sin embargo les adelanto mi posición: creo que es vergonzoso el modo en que el cristinismo horada la candidatura del gobernador por razones estrictas de ambición personal, narcisismos y cargos, pero Kicillof aun con sus virtudes, que no son pocas, sigue sin hacer autocrítica de su responsabilidad en el espacio kirchnerista, digamos, en los últimos 12 años. No se le conoce una canción nueva, sus discursos son repetitivos y anacrónicos e ideológicamente su gestión repite todos los clichés progres de la gestión de Alberto Fernández.
Dicho esto, retomemos el punto de partida, esto es, la votación de los jueces en el Senado con el caso Yadarola en el centro. Todos sabrán de qué se trata: un juez que había sido señalado públicamente por CFK como parte del lawfare, acusación que parecía tener buenos fundamentos independientemente de cómo se resolvió en la justicia, es votado por los senadores que ella misma conduce. La primera conclusión es casi de manual, o CFK llegó a un acuerdo político o ya no conduce.
Con el correr de las horas, se fueron conociendo detalles y tomó fuerza la primera opción. Su gran alfil, Juliana di Tullio, llegó a hablar de “decisiones políticas institucionales del Senado” con la soberbia de quien cree estar pronunciando una fórmula inexpugnable. En ese mismo posteo señaló a dos periodistas “aliados” que están muy bien señalados pero que no pueden ser “los malos” solo cuando, por un instante de extravío, dejan de repetir el mantra de la conducción.

El episodio Di Tullio, que recibió cataratas de reclamos y mensajes de los militantes propios y de usuarios independientes, es uno más de una secuencia que se viene repitiendo con asiduidad últimamente. Wado de Pedro también reaccionó de mala manera cuando se le consultó acerca de su responsabilidad como ministro en los acuerdos con la empresa israelí Mekorot para la gestión de recursos hídricos en algunas provincias, o su foto en la puesta en escena montada por Daniel Hadad, al lado de Borinsky, otro de los jueces señalados como parte del entramado del lawfare. Más allá de las razones expuestas el argumento recae siempre en un “con mi trayectoria y mi historia personal, ¿quién tiene el derecho a dudar de mí?”.
Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o
suscríbase.