Sagasti, Moyano, CFK: tu representante también es la casta

En un inesperado (o quizá no tanto) giro de la narrativa los dirigentes del mal llamado “campo nacional y popular” empiezan a percibirse por los propios como miembros de una casta llena de privilegios, vanidades y lujos inaccesibles para la mayoría de los mortales. Esta nueva percepción de la realidad que empieza a introducirse puede tener consecuencias nefastas para la organización política o puede, por el contrario, terminar siendo el golpe necesario para que vuelva a haber entre los cuadros dirigentes una decencia que se ha perdido hace mucho y sin la que es inviable cualquier autoridad moral para conducir.
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Durante la primera semana de agosto ocurrieron tres episodios distintos que muestran un fenómeno político profundo: el discurso anticasta dejó de ser patrimonio del mileísmo y empezó a operar también entre los propios votantes opositores.

El primer caso es el de la senadora por Mendoza Anabel Fernández Sagasti. En lo personal, creo que su pedido era sensato: estaba en riesgo la vida de su bebé y parecía razonable el pedido de excepcionalidad. También era atendible el argumento de quienes le espetaron que debió haber previsto esta situación, que primero la patria, que podría haber renunciado, etc.

Con todo, sigo creyendo que la senadora tenía ahí una razón de peso. ¿Por qué la reacción en su contra de parte de los propios militantes, si el pedido era razonable? Descartando las rencillas personales y las intencionalidades, hubo gente que genuinamente salió con fuerza a criticarla. Mi hipótesis es que mucha gente vio en esa acción y en su argumentación (“me discriminan por mujer, por embarazada, por vivir lejos de Capital”) la búsqueda de un privilegio y la Argentina es un país con un imaginario profundamente igualitario que, además, vive una enorme crisis de representatividad.

De ahí la sobrerreacción también, por cierto, más que razonable y atendible. Seguramente algún tarado la habrá atacado por no poder controlar su misoginia, pero reducir la crítica a estos exabruptos es un error. Se la atacó porque muchos militantes observaron que otras mujeres embarazadas no tienen los privilegios que tiene la senadora.

El razonamiento del ciudadano y militante de a pie sería más o menos así: “Tenés razón, pero andate a la mierda. Resolvelo como lo tengo que resolver yo porque si no lo hago me echan del trabajo en negro que tengo por el 10% de lo que vos ganás. Porque cobrás 8000 dólares, cobrás extra por vivir en el interior, tenés asesores, vas a cobrar cuando pidas licencia porque laburás en blanco. ¿Y cuando están por vender el país estás ausente y la vas de víctima por ser mujer embarazada y del interior?”.

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Por su perfil juvenil en la militancia camporista, la senadora mendocina Anabel Fernández Sagasti fue objeto de un pase de factura que más allá de ojerizas particulares e intencionalidades partisanas tiene un sentido moral. Desde un lugar de superioridad pretendida los camporistas acostumbran a señalar con el dedo a cualquier díscolo, lo que evidentemente genera en el mediano plazo resentimiento. “Calavera no chilla”, dirían los antiguos. Hay que bancarse la pelusa cuando se tiene gusto por el durazno.

Es cierto que seguramente en este caso puntual puede haber habido una devolución de gentilezas contra el sector camporista que Fernández Sagasti representa. Ese pase de factura también es atendible porque La Cámpora heredó el discurso sacrificial de los ‘70 sin asumir poner el cuerpo como lo pusieron los guerrilleros. Entonces es natural que alguien piense: “Ustedes, los que hacen su ‘perfo’ y señalan con el dedo desde el pedestal derramando toda su moralina sacrificial para una causa donde los que siempre se benefician son ustedes mismos y que ha servido para perseguir, cancelar y ‘depurar’ a todo aquel que no diga sí a lo que indica a la conducción, ¿son los que ahora vienen a pedir clemencia?”.

Probablemente la indignación fue mayor porque en el discurso de Fernández Sagasti y en el de otros dirigentes que salieron a apoyarla se vieron iguales cuotas de arrogancia y victimismo. En este sentido, se puede aplicar una máxima que se suele esgrimir contra el feminismo y que es una paráfrasis del histórico dirigente radical “Chacho” Jaroslavsky: atacan como empoderadas, pero se defienden como víctimas.

Pero esto no es todo. El debate de los últimos días quedó en el aire cuando los propios senadores peronistas, incluyendo a los de La Cámpora, votaron en contra de darle el voto a la senadora mendocina. El argumento es que esto marcaría un antecedente que favorecería al oficialismo en el futuro y la forma en que la militancia filocamporista quedó pedaleando en el aire después de acusar de misóginos y traidores filomileístas a todos los que criticaron a Fernández Sagasti fue para alquilar balcones.

Pero no es para celebrar porque son estos giros pragmáticos de la política los que quiebran el vínculo con el representante. Se dirá que la política es pragmatismo y realpolitik y eso es cierto. Pero los que dicen eso son los mismos dirigentes que venden épica principista mientras acuerdan carguitos y contratos.


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