Teatro de vampiros

Como una forma de diversión en un sentido bélico, el poder renueva parte del elenco de personajes y les “lava la cara” a los demás en la rosca electoral para renovar también la esperanza del público en que los problemas van a resolverse en las urnas. Pero la finalidad es la de ocultar el hecho de que el proyecto político ya está prefijado y es un proyecto neocolonial que no solo no va a resolver ningún problema, sino que tiende a profundizarlos todos a medida que vaya avanzando el saqueo impuesto por las élites globales que dirigen esta función teatral mal llamada “política”.
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De un modo más bien patético y algo lamentable a la opinión pública de las colonias en general y de la Argentina en particular se la induce a seguir cual una novela (o una serie de Netflix, que sería una descripción más adecuada para los tiempos que corren) la farsa de una política simulada. Al haberse definido de antemano y por terceros extraños el proyecto político, la lucha por el poder en el Estado quedó suspendida por tiempo indeterminado y a los dirigentes solo les queda jugar un juego sin más objeto que los cargos al que insisten en llamar “política”, aunque no lo es.

El proyecto político prefijado es un nuevo estatuto legal del coloniaje, es la administración de los recursos del territorio orientada al beneficio de quienes no viven en el territorio. Es un saqueo. Y para que el dicho saqueo tenga lugar sin resistencia por parte de los saqueados es necesario que estos estén distraídos con una ilusión muy específica: la de que podrán resolver sus problemas dentro de la misma distracción. El sistema electoral de representación mal llamado “democrático” es esa diversión, es la ilusión utilizada por el neocolonialismo para que los sujetos colonizados jamás se retoben contra la dominación que se les impone.

La diversión es un teatro de vampiros que simulan luchar los unos contra los otros, aunque en realidad son todos vampiros y no hay enfrentamiento. Los dirigentes de la política saben perfectamente lo que ocurre y ninguno de ellos se anima o cree estar en condiciones de denunciar la farsa, todos se prenden en la carrera electoral por cargos en el Estado y bancas legislativas prometiendo en su demagogia proselitista lo que ya saben que no van a poder cumplir porque el que manda tiene otros planes. He ahí el teatro y la simulación: en vez de decirle al pueblo de qué se trata, los dirigentes fingen demencia.

Pero no hay dementes, todos comprenden lo que pasa y ninguno se sale de la huella marcada por el poder fáctico neocolonial. Es una claudicación general en la que algunos trabajan directamente para el poder y otros claudican por razones de amenaza o extorsión, siguen el juego para poder seguir en el juego a falta de mejor opción. Los primeros son cipayos por vocación y los últimos lo son porque no les queda otra, pero el resultado en la práctica es siempre el mismo y es que todo el establishment ha resuelto servir a un mismo amo y en detrimento de los intereses del pueblo que los elige con el voto y les paga.

De ahí que, como en toda puesta en escena teatral o televisiva, sea necesaria la renovación de los personajes en el tiempo para que la trama siga siendo lo suficientemente verosímil. Esa renovación suele darse mediante un “lavado de cara” a los payasos ya existentes. Un dirigente de perfil conservador que un buen día aparece ponderando el aborto, la ideología de género y demás humos dichos “progresistas” hasta convertirse en “progresista” o, por el contrario, dirigentes “progresistas” que empiezan a hablar de patria, familia y Dios al agotarse la narrativa del “progresismo” moralista. Todo según la conveniencia de cada momento, por supuesto.


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