Apenas algunas semanas atrás, Peter Thiel visitó el Vaticano para brindar un curso privado cuyo contenido, si bien apenas trascendió, continuaría la línea de un enfoque teológico-político que viene esbozando en entrevistas e intervenciones públicas. Aunque la controversia no se hizo esperar y este multimillonario libertario con formación filosófica, creador de Palantir, recibe críticas por izquierda, derecha, arriba y abajo, creo interesante retomar algunas de las categorías que él expone para reflexionar acerca del nuevo orden mundial que se plantea a partir de la segunda administración de Trump y la guerra entre Estados Unidos/Israel e Irán cuyo desenlace, al momento de escribir estas líneas, permanece abierto.
Hay tres elementos caros a nuestra tradición religiosa que Thiel utiliza para describir el actual escenario civilizacional. El Armagedón, el Anticristo y la idea de Katechón.
A propósito del primero, Thiel no se sube a la ola aceleracionista que entiende que hay que liberar las fuerzas de la tecnología para que solucionen todos los problemas, incluso aquellos que la propia tecnología ha creado. Más bien, entiende que allí hay una situación muy delicada y que, con la IA en el centro de los debates, pero también con la posibilidad de un conflicto nuclear, crisis climáticas y la creación de armas biológicas, no hacemos más que confirmar el escepticismo tecnológico como signo civilizacional, al menos en Occidente, desde, pongamos más o menos arbitrariamente, el lanzamiento de la bomba atómica allá por 1945.
En otras palabras, tras la ilustración y el optimismo positivista, el siglo XX mostró que la razón, la ciencia y la tecnología también podían generar monstruos y, eventualmente, la posibilidad cierta de la autodestrucción de la humanidad. En la actualidad, esos mismos temores se esparcen a través de las redes y, salvo sus principales impulsores, parecieran ser mayoritarias las voces que, apresuradamente o no, ven una catástrofe inminente y hasta el surgimiento de un mundo posthumano en el peor de los sentidos posibles.
Para Thiel, entonces, la llegada del Armagedón es uno de los desenlaces posibles. En todo caso, que éste pueda anunciarse por una red social y que pueda adoptar formas tales como “esta noche una civilización entera morirá” mientras el resto de los mortales observamos como espectadores incrédulos y continuamos con nuestras anodinas vidas intercalando videos de 15 segundos de gatos, goles y fines del mundo, es un detalle. Lamento la falta de épica, pero es muy probable que el final de nuestra existencia no nos sorprenda luchando heroicamente sino perdiendo el tiempo.

¿Qué hacer frente a este escenario? Para Thiel el remedio puede ser peor que la enfermedad a tal punto que por evitar el Armagedón es probable que le demos lugar al Anticristo. Por tal, entiende, ni más ni menos que la posibilidad de un Estado mundial que, sin oposición posible y sin un “afuera”, se caracterice por una vigilancia extrema, la regulación total de la tecnología en manos de los burócratas y la eliminación de la libertad en nombre de la seguridad. Obviamente allí las referencias son Maquiavelo, Hobbes y Schmitt, entre otros, contra la tradición universalista kantiana que bien encarnaba el recientemente fallecido Jürgen Habermas.
Para Thiel, entonces, el Anticristo del Estado total, vigilante e hiperregulatorio llegará de la mano del miedo al Armagedón y dirá que viene a salvarnos en nombre del Bien. Sí, para Thiel, el Anticristo es progresista y “woke”.
Por último, un concepto enigmático, utilizado por el ya mencionado Schmitt, y que aparece en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, atribuida a San Pablo, es el Katechón, el cual podemos interpretar como aquello que retiene al mal, lo que lo demora. Este punto es interesante porque el Katechón no elimina el final, pero lo pospone y a lo largo de la historia son muchos los que han sido candidatos a Katechón (como muchos otros los que han sido Anticristos, a decir de Thiel, por ejemplo, Alejandro Magno y Napoléon por su pretensión totalizante).
Para Thiel, “no hay nada más aceleracionista que el Katechón”, lo cual debe interpretarse como una llamada a la acción: hay que actuar para evitar el falso dilema Armagedón/Anticristo. De modo que no se trata de una perspectiva conservadora de un regreso a cierto estadio anterior en la historia de la humanidad, ni tampoco es que Thiel sea un ludita. De hecho, aquello que retiene el mal puede ser una salida hacia adelante que incluya a la tecnología, aunque, claro, no de un modo desenfrenado y peligroso como para derivar en el fin de la humanidad.
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