El primero de mayo siempre ha sido un día de felicidad y celebración para todos los peronistas. El día del trabajador es, sin lugar a dudas y junto al día de la lealtad, la efeméride por excelencia que el pueblo trabajador festeja con más algarabía, pues es sabido que para el hombre no existe mayor satisfacción moral que la de ganarse el pan con el sudor de la propia frente. Este es un día de reafirmación de todos los derechos conquistados y de la dignidad misma de saberse trabajador, de ser parte de la comunidad y servir a esta a través de ese ordenador social por excelencia que constituye el trabajo.
La visión negativa del día del trabajador —propia de la izquierda gorila que reivindica la fecha como una jornada de luto por unos mártires importados de Chicago— no casa con el ideario del peronismo. El pueblo peronista siempre ha vivido el primero de mayo como una auténtica fiesta del trabajo en la que las familias argentinas nos reunimos a agasajar al trabajador entendido como agente de la transformación social, plenamente consciente de su propio potencial revolucionario.
Pero más allá del inobjetable carácter festivo del primero de mayo en el imaginario del pueblo argentino, ningún observador atento podría soslayar la evidencia de que es el día del trabajador un termómetro para medir el humor social, unas veces más caldeado que otras. Están los primero de mayo populares, en los que lo festivo se respira en el aire y luego están esas otras ocasiones en las que el día del trabajador se entremezcla con la protesta social, justificada sin dudas, y no se ven tantas parrillas llenas, humeantes, en los barrios populares. Son esos días agridulces, melancólicos, que invitan a la reflexión acerca del estado de la situación laboral de millones de nuestros compatriotas.

En la actualidad el mercado de trabajo formal se está contrayendo. Casi cuatro de cada diez trabajadores argentinos permanecen en la informalidad y eso significa que sus actividades les permiten reunir un ingreso, aunque este no es fijo ni es suficiente en la mayoría de los casos para cubrir las necesidades básicas del trabajador y su familia. Mucho menos implican no el mero reconocimiento sino el pleno ejercicio de derechos laborales elementales que ya a partir de la primera década peronista habían pasado a tomar carácter de ley.
Millones de argentinos no acceden en la actualidad a una jornada laboral de ocho horas, a un salario anual complementario, a las vacaciones pagas, al salario familiar, a la cobertura de salud, a los aportes previsionales, a las horas extras pagas, a sindicalizarse o a la licencia por enfermedad, maternidad o paternidad, por ejemplo. Eso constituye una flagrante violación de facto en la legislación laboral y un retroceso en los derechos adquiridos por todo el pueblo argentino, pues es bien sabido que la merma en la calidad del trabajo repercute en la totalidad del sistema laboral.
A peores condiciones generales del mercado de trabajo, mayor flexibilización fáctica de los contratos, mayor informalidad y mayor caída en la calidad de vida de los argentinos. Hablaba el sociólogo Gino Germani, intelectual orgánico por excelencia del gorilismo histórico, de una “masa en disponibilidad” para ser adoctrinada, allí por la década de 1950 cuando pretendía explicar a través de su sesgo marcadamente antipopular el fenómeno peronista.
Forzando apenas el concepto, podríamos hablar también de una “masa en disponibilidad” para ser empleada por el mercado de trabajo, un ejército de desocupados que funge en un esquema de contracción de la actividad económica como disciplinador social, cuya finalidad termina siendo la de coaccionar a los trabajadores para que acepten la flexibilización laboral sin chistar.

Pero allí no termina la cosa: el nivel de inflación generalizada en los precios de la economía, pero en particular en lo que refiere a los bienes de consumo y los alimentos en específico, pulveriza el valor del salario incluso en el trabajo registrado y no parecería encontrar techo. El salario mínimo apenas cubre la mitad de la canasta básica de una familia, la jubilación mínima está peleando por no empatar con una canasta de indigencia y los alimentos resultan impagables, sobre todo los que son de calidad.
En ese esquema, la epidemia de coronavirus tras la que el gobierno de Alberto Fernández se escudó por dos años para justificar su propia inacción y hacer macrismo sin Macri solo vino a exacerbar la reforma laboral y previsional de facto, aunque el interregno massista y el actual régimen mileísta no hicieron a continuación más que apretar el acelerador. Así, un trabajador asalariado fue más pobre en 2019 de lo que era en 2015, mientras que claramente será mucho más pobre en 2027 de lo que era en 2023.
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