Las brutales escenas de vandalismo y destrucción que fueron presentadas por los medios en Occidente y en las colonias para dar cuenta de lo que fue una rebelión en Nepal hicieron volar la imaginación de los que en Argentina, por ejemplo, sueñan con incendiar la Casa Rosada, linchar a Milei en plaza pública y empujar a patadas a Caputo al Río de la Plata. Casi como en un acto reflejo, todos los comentaristas de los medios tradicionales y de las redes sociales homologaron esos hechos con la realidad argentina, imaginándose qué pasaría si una rebelión como aquella tuviera lugar en estas latitudes. Un argentino promedio puede pasarse una vida entera sin recordar que Nepal existe y aun así, al menos durante algunos días, Nepal fue para muchos el desiderátum de lo que debería pasar aquí para hacer tronar el escarmiento sobre una política que no representa la voluntad popular y solo se mira el propio ombligo.
Ya va a quedar claro por qué eso es inviable. Por el momento, baste con decir que Nepal es un pequeño país escarpado y sin salida al mar, apretujado entre China y la India, con una población de alrededor de 30 millones de habitantes —escasamente habitado en el contexto de su región— y con una economía que no mueve el amperímetro a nivel global. Nepal es un país invisible que solo suele aparecer en la crónica cuando ocurre un desastre natural o alguna desgracia en el ascenso del Monte Everest. Esto equivale a decir que Nepal no es modelo para nadie en el mundo y lo que allí pase o deje de pasar no tiende, por lo tanto, a impactar en ninguna otra parte más que en las regiones fronterizas de la India y de China, o quizá ni eso.
Las escenas dantescas de destrucción en la ciudad capital Katmandú fueron por cierto espectaculares, incluso el hotel Hilton ardió en llamas. Desde la izquierda progresista alguno gritó “revolución” mientras otros veían en los hechos la mano negra de George Soros, en lo que podría ser otra “revolución de colores” de esas que las corporaciones financian para destruir regímenes de orientación popular y meter liberalismo. Pero lo más probable es que no haya nada de eso y la razón es la que ya quedó presentada: Nepal no tiene virtualmente relevancia en la geopolítica. Con una extensión territorial que equivale a la de nuestra provincia de Santiago del Estero y escasa capacidad productiva en lo que sea, el destino de Nepal es una cosa que apenas puede interesarles —además de a los propios nepalíes— a los chinos y a los indios en diferendos limítrofes muy puntuales.

Entonces a menos que Soros estuviera interesado en invertir algunos de sus muchos miles de millones de dólares en Nepal para hacer de ese país una base para futuras operaciones contra China, lo más probable es que la rebelión en Katmandú haya sido una cosa autóctona o un auténtico quilombo doméstico. Al parecer, siempre según la crónica occidental, que suele ser muy imprecisa cuando hace la narrativa de las culturas orientales, el estallido se dio cuando hizo crisis el nivel de insatisfacción general al prohibirse por el régimen el uso de las redes sociales en el país. En una palabra, los nepalíes ya venían viviendo como perros desde siempre y una decisión gubernamental antipática habría sido esa gota que finalmente rebalsó el vaso.
¿Puede ser? Puede ser, tanto la una como la otra. Los nepalíes efectivamente viven como los perros y los jóvenes emigran en masa, sobre todo a los países ricos del Golfo Pérsico y a Malasia, porque la economía primarizada de Nepal no genera los puestos de trabajo suficientes para contenerlos. Para que se tenga una idea de la magnitud de esa migración es bueno observar que las remesas de los nepalíes expatriados a sus familiares ascienden hoy a más de 10 mil millones de dólares anuales, lo que corresponde a un cuarto de todo el producto bruto interno nacional y es 13 veces más de lo que ingresa por el turismo, la principal actividad económica del país. Tampoco es que haya más nepalíes fuera que dentro de Nepal, aunque sí es cierto que la economía del país depende básicamente de las remesas.

Por eso puede ser cierto que las condiciones precarias de existencia en Nepal hayan motivado la rebelión y también que la prohibición del uso de las redes sociales haya sido el disparador de la revuelta. La cuenta es sencilla: si tantos nepalíes están expatriados, lo más probable es que las redes sociales sean la única forma que tienen para estar en contacto con sus familiares que quedaron en el país y la prohibición de las redes puede haber prendido la mecha al interpretarse como una prohibición de las comunicaciones entre los que se fueron y los que no. Todo eso es factible si se descarta la injerencia del extranjero y, bien mirada la cosa, es factible en cualquier caso porque aún en la eventualidad de tal injerencia estos pueden haber sido los pretextos usados por los ingenieros del caos para echar a rodar la bola.
Lo único que podría agregarse a todo eso y como un detalle que merecería un poco más de investigación es la hipótesis no descabellada de que al no poder despotricar en las redes sociales los nepalíes hayan salido a hacerlo en las calles y de ahí la revuelta, esto es, que sin la posibilidad de hacer la revolución en Twitter fue necesario abandonar la comodidad de la pantalla del teléfono celular. Este es el dato de la realidad que los sociólogos deberán estudiar para falsar o corroborar otra hipótesis, la de que lejos de incentivar la participación política las redes sociales la anulan limitando toda la discusión al terreno de lo virtual. Si eso fuera así, es probable que los nepalíes hayan decidido tomar las calles simplemente por no tener ya la virtualidad como instancia exclusiva de expresión política. Estaban aburridos y salieron a romper todo.

Hasta ahí la síntesis de las motivaciones del quilombo nepalí en base a lo que puede saberse desde aquí a través de la crónica de los medios occidentales. El asunto en sí reviste de muy poca relevancia para los que estamos de este lado del mundo, no pasa de un dato de color el saber si la razón de la indignación general en Nepal es la ostentación de riqueza que hacían en TikTok los hijos de los funcionarios, las precarias condiciones de existencia, la prohibición de las redes sociales o la suma de todo eso. Buscar en eso la fórmula mágica para determinar como una generalización qué palito no debe pisar un régimen o tendrá una rebelión popular entre manos es inviable porque las cosas que ocurren en Nepal solo ocurren en Nepal, es decir, esa realidad no puede ser homologada a otros países donde la realidad es distinta.
Claro que esa es una verdad de Perogrullo, las revoluciones no se exportan y eso se sabe hace mucho. Pero en este caso hay una explicación un poco menos generalista, una categoría de la ciencia política que permite entender por qué en Nepal los de a pie incendian tres edificios y el gobierno corre, mientras que en otras partes eso no pasa: la sociedad civil. A diferencia de las naciones de Occidente y de sus semicolonias en América —nosotros incluidos—, en Nepal la sociedad civil es gelatinosa, sus instituciones no son sólidas y no sirven para contener la furia popular cuando esta se dirige contra la política en el Estado. En otras palabras, en Nepal está el gobierno y está el pueblo sin nada mediante, de modo que cuando este se mueve aquel tiembla y se derrumba sin atenuantes.
Nepal es todavía un país premoderno en un sentido de inexistencia de las instituciones de la sociedad civil, una nación donde la única forma estable de gobierno posible es la monarquía absoluta —la que los nepalíes abolieron en 2008, dando inicio al ciclo de inestabilidad, precisamente— o la dictadura militar común y corriente. No hay forma de establecer allí una república burguesa moderna de estilo europeo porque, justamente, no hay burguesía moderna expresada en instituciones sólidas de la sociedad civil. Nepal es, en un sentido político y social, lo que fue Rusia en 1917 o Cuba en 1959, es uno de los pocos lugares por donde la revolución burguesa de 1789 todavía no pasó. Y en esas condiciones literalmente cualquier cosa puede ocurrir porque el sistema occidental de control republicano (mal llamado “democrático”) de masas no está instalado.

Pero a los nepalíes les pareció bien abolir la monarquía absoluta en 2008 para reemplazarla con una república de estilo europeo con sus parlamentos, sus primeros ministros y su sistema electoral de representación. Desde entonces el país ha tenido la impresionante cantidad de 13 ciclos de gobierno en menos de 17 años. Cada primer ministro “democráticamente” elegido ha durado en el cargo en promedio 451 días y ninguno estuvo ni cerca de cumplir los 5 años de mandato establecidos por la constitución nepalí. ¿Es posible concluir que el lío político en Nepal empezó ayer al incendiarse la casa de gobierno y el hotel Hilton? Claramente no. En las últimas dos décadas los nepalíes han estado tratando de hacer entrar un modelo republicano francés en un país que tiene excluida o desterrada a su población en más de un 90%.
Un sistema republicano dicho “democrático” de representación electoral no puede funcionar con tantos excluidos pues el propio sistema necesita cierto nivel de consenso y el excluido, por definición, no tiene compromisos ni nada que perder. No tiene instituciones que lo contengan frente al Estado. Puede y va a rebelarse una y otra vez, dando como resultado lógico una inestabilidad política permanente, 13 primeros ministros en 17 años y un buen día fuego en las calles. Esa es toda la explicación sobre los hechos de Nepal que el lector de Occidente y de las semicolonias americanas necesita para comprender que aquí eso no es posible, no va a pasar. Acá hay instituciones de la sociedad civil y como mucho habrá marchas y protestas, después de las que los individuos contenidos volverán a sus casas a seguir con sus rutinas al día siguiente.

Nadie va a prender fuego la Casa Rosada ni el hotel Hilton, no habrá contra los Milei y los Caputo ningún escarmiento en la forma de linchamiento popular, defenestración o paseítos a patadas por el lecho del río. Entre el Estado y el pueblo existe todo un entramado de instituciones de la sociedad civil que garantizan el funcionamiento del sistema estableciendo compromisos con los individuos y, por lo tanto, conteniéndolos en un sentido de sujeción en la conducta. Tanto en Occidente como aquí en las semicolonias décadas y siglos de modernidad dieron como resultado un sujeto social integrado al orden moderno e incapaz de pensar siquiera en atentar violentamente contra dicho orden.
Algún trotskista ciertamente se agarrará de todo esto para argumentar que “cuanto peor, mejor” y concluir que el nepalí es un privilegiado porque, al no tener compromisos con el sistema, puede en consecuencia cambiarlo todo de la noche a la mañana. Eso también es relativo porque el costo de esa libertad para modificar la realidad a golpes, como se ve en el análisis de la historia de Nepal en el corto plazo, es no modificarla en absoluto. Los nepalíes cambian de primer ministro prácticamente todos los años tan solo para estar igual o peor que antes en términos de representación política y siempre excluidos, no ganan realmente nada con esa libertad de ser premodernos. La respuesta a una modernidad ya consagrada no puede ser la reivindicación de una etapa histórica superada.
Nepal es la prueba de que el escarmiento a una política que no representa al pueblo no puede venir por el lado del caos anárquico, sino con la comunidad organizada desde el pie para arrebatarle al poder fáctico la conducción de las instituciones de la sociedad civil. De ahí la famosa batalla cultural, usada y manoseada en los tiempos que corren por el propagandístico deshonesto de derecha y de izquierda. La verdadera batalla cultural es la lucha por el control popular de las instituciones de la sociedad civil para que estas dejen de sujetar y sirvan finalmente para organizar políticamente al pueblo y hacer de eso el poder popular que es la verdadera democracia. Tal vez de Nepal podamos aprender que para lograrlo va a ser necesario un poco menos de redes sociales y un poco más de verse las caras en las bases. Pero eso es todo.