¿Un Papa marxista y populista?

En el mundo posmoderno de los extremos ideológicos donde todo tiene que ser de derecha o de izquierda para caber en la comprensión general, el Papa Francisco desafió los marcos estrechos de la ideología y molestó a muchos con su reivindicación de la doctrina social de la Iglesia católica y su abrazo a los desposeídos. Y por ello fue llamado “populista” y hasta “comunista” por los que opinan velozmente sin pensar mucho en lo que dicen. ¿Pero qué hay de cierto en ello? ¿Tiene razón la nueva izquierda posmarxista en celebrar a Francisco como si se tratara de uno de los suyos?
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Días atrás se dio a conocer una nueva encíclica del Papa Francisco titulada Fratelli tutti. Si la anterior, Laudato si, fue interpretada como la encíclica “ecológica” dedicada al cuidado de “la casa común”, el núcleo del nuevo texto se posa, desde mi punto de vista, en un tema sensible para Europa: la cuestión migratoria. La ocasión parece propicia para indagar en la perspectiva de un Papa que algunos sectores han calificado de “populista” y hasta de “marxista” pero que también recibe críticas desde la nueva izquierda.

¿Por qué Francisco es acusado de populista y marxista? En principio, por su diagnóstico. Es que él entiende que el actual sistema económico apoyado en el individualismo y en ese relativismo cultural tan propio de los tiempos posmodernos deriva en lo que él denomina una “cultura del descarte”. A esto debemos sumarle el hecho de que Francisco afirma que este modelo deviene necesariamente en un globalismo que acaba imponiendo una cultura hegemónica que elimina la diversidad cultural. Bajo esta lógica globalista, la fraternidad es solo aparente y los humanos, en vez de transformarse en prójimos, se convierten en, apenas, socios.

Pero, sobre todas las cosas, Francisco considera que hay una prioridad del bien común y que la comunidad es más que una suma de individuos. En este sentido, el sujeto de la historia es el “pueblo” y en especial el “pueblo trabajador”. Sin embargo, en Fratelli tutti lanza varias advertencias a quienes intenten acusarlo de “populista”. Por un lado porque afirma que los débiles son manipulados tanto por los liberales como por los populistas; y por otro lado porque se encarga de aclarar que defender la idea de “pueblo” no lo transforma en un “populista”.

Es que para Francisco —a diferencia de lo que podría afirmar la denominada “izquierda populista neomarxista y neolacaniana” de, por ejemplo, Ernesto Laclau, para la cual el pueblo no es algo dado sino una “construcción” que se genera tras la articulación de demandas insatisfechas— el pueblo es una entidad “mítica”. En el parágrafo 158 lo indica así: “Pueblo no es una categoría lógica (…) Es una categoría mítica (…) Cuando explicas lo que es un pueblo utilizas categorías lógicas porque tienes que explicarlo: cierto, hacen falta. Pero así no explicas el sentido de pertenencia a un pueblo (…) Ser parte de un pueblo es formar parte de una identidad común, hecha de lazos sociales y culturales. Y esto no es algo automático, sino todo lo contrario: es un proceso lento, difícil, hacia un proyecto común”.

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Un católico lee en la Plaza de San Pedro la edición del 4 de octubre de 2020 del ‘Observador Romano’, en la que se anuncia la publicación de ‘Fratelli tutti’. Esta encíclica de Francisco causó mucho revuelo entre los liberales —aunque desde luego injustificadamente, puesto que la Iglesia católica siempre fue enemiga del liberalismo— por las definiciones de Francisco acerca de la propiedad privada como un derecho secundario y subordinado al bien común. El liberalismo se creyó su propia mentira de un cristianismo liberal y luego se asustó cuando vio que eso no existe.

Sin embargo, Francisco inmediatamente trata de separarse de las lecturas del “populismo de derecha” porque entiende que éstas acaban en un nacionalismo expulsivo que en vez de entender que “pueblo” es una categoría abierta, arrojada a la interacción con los otros, postulan una noción cerrada de pueblo como algo homogéneo y dado.

Este intento de evitar tanto las miradas individualistas como las colectivistas no es ninguna novedad y es parte de la que se conoce como doctrina social de la Iglesia cuyo texto fundamental es la Rerum novarum del Papa León XIII escrita allá por 1891 y la encíclica Quadragessimo anno, escrita por Pío XI en 1931. Estos textos inauguran dentro de la Iglesia Católica la cuestión social en una tradición que tuvo distintas derivaciones y que según el país y el continente adoptó ciertas particularidades y entrecruzamientos.

Por mencionar solo dos casos relativamente conocidos, en Argentina las fuentes del muchas veces inasible peronismo, tan pocas veces comprendido desde Europa, no son otras que las de la doctrina social de la iglesia; y en el viejo continente, desde mi punto de vista, podría mencionarse la corriente distributista impulsada por Hilarie Belloc y el gran G. K. Chesterton, quienes abogaban por una organización social de pequeños propietarios y acusaban tanto a capitalistas como a comunistas de acaparar la propiedad: los primeros en manos de una oligarquía y los segundos en manos de una burocracia centralizada.

Excedería el espacio de estas líneas desarrollar en profundidad todo lo que implican las enseñanzas de la doctrina social, pero a propósito de la encíclica hay un principio utilizado por Francisco que es central para su propuesta y es, justamente, uno de los más controvertidos. Me refiero a lo que se conoce como “función social de la propiedad”. Que la propiedad tenga una función social pone en tela de juicio la sacralidad de la propiedad privada individual y se basa, a su vez, en lo que se conoce como “el destino universal de los bienes”, esto es, la idea de que los bienes de la creación han sido otorgados a la humanidad en su conjunto.

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El Papa León XIII fue un prolífico escritor de cuya obra consta un impresionante total de 86 encíclicas en los 24 años que van de abril de 1878 a diciembre de 1902. Entre esta abundancia de escritos está ‘Rerum novarum’ (‘De las cosas nuevas’, en latín), documento de inestimable valor para la humanidad pues presenta en la práctica la doctrina social de la Iglesia católica, la que luego inspiraría a los más variados movimientos populares en todo el mundo como, por ejemplo, el peronismo argentino.

En el parágrafo 120 Francisco lo explica así: “Vuelvo a hacer mías y a proponer a todos unas palabras de San Juan Pablo II cuya contundencia quizás no ha sido advertida: «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». En esta línea recuerdo que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada». El principio del uso común de los bienes creados para todos es el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social», es un derecho natural, originario y prioritario (…) El derecho a la propiedad privada sólo puede ser considerado como un derecho natural secundario y derivado del principio del destino universal de los bienes creados”.

El punto es que esta función social de la propiedad no solo es pensada por Francisco para justificar eventualmente una redistribución de la tierra al interior de los países sino que la utiliza más allá de las fronteras para fundamentar el derecho de los migrantes a ser acogidos en condiciones dignas por los países receptores. En este sentido, en el parágrafo 124 se puede leer: “La convicción del destino común de los bienes de la tierra hoy requiere que se aplique también a los países, a sus territorios y a sus posibilidades. Si lo miramos no sólo desde la legitimidad de la propiedad privada y de los derechos de los ciudadanos de una determinada nación, sino también desde el primer principio del destino común de los bienes, entonces podemos decir que cada país es asimismo del extranjero, en cuanto los bienes de un territorio no deben ser negados a una persona necesitada que provenga de otro lugar”.

Más allá de estas afirmaciones que naturalmente darían lugar a críticas desde el centro y de la derecha, el Papa también intenta distanciarse de la agenda de la nueva izquierda aunque lo hace de manera sutil. Porque se mete de lleno con la agenda contra el racismo y también indica en el parágrafo 23 que todavía queda mucho por hacer en materia de igualdad entre mujeres y varones. Sin embargo, en el parágrafo 102 parece advertir que las denominadas políticas de la identidad no harían otra cosa que quitar fortaleza a la unidad del pueblo trabajador y acabarían debilitándolo en su búsqueda de mayor equidad: “¿Qué reacción podría provocar hoy esa narración, en un mundo donde aparecen constantemente, y crecen, grupos sociales que se aferran a una identidad que los separa del resto? ¿Cómo puede conmover a quienes tienden a organizarse de tal manera que se impida toda presencia extraña que pueda perturbar esa identidad y esa organización autoprotectora y autorreferencial?”.

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Francisco saluda a un grupo de inmigrantes al llegar a la isla italiana de Lampedusa para una visita histórica que puso muy nerviosa a la derecha no solo en Europa, sino en todo el mundo. Una vez más aquí aparece un extremo ideológico espantado por la posición de la Iglesia católica junto a los desposeídos —a los condenados de la tierra, en las categorías de Frantz Fanon—, fingiendo demencia para desconocer u olvidar que eso es justo lo que habría hecho e hizo Jesucristo.

Por su parte, en el parágrafo 13 pareciera meterse de lleno en una disputa teórica contra el posestructuralismo y la corriente “deconstructivista” que ampliando el campo de libertad hasta la determinación de la propia identidad estaría siendo funcional a la lógica de un mercado que derriba todo límite: “Se alienta también una pérdida del sentido de la historia que disgrega todavía más. Se advierte la penetración cultural de una especie de «deconstruccionismo», donde la libertad humana pretende construirlo todo desde cero. Deja en pie únicamente la necesidad de consumir sin límites y la acentuación de muchas formas de individualismo sin contenidos”.

Para finalizar, recuérdese que la cuestión migratoria es uno de los ejes del papado de Francisco. De hecho, su primer viaje oficial fue a la isla de Lampedusa, ejemplo trágico de la situación de los refugiados que intentan llegar a Europa como sea, empujados por la situación que padecen en Estados fallidos o lastrados por guerras, hambrunas y persecuciones étnicas, políticas y religiosas. Fratelli tutti intenta, entonces, dejar el legado teórico de Francisco sobre esta problemática y nos permite indagar en los fundamentos de una toma de posición que no logra comprenderse del todo si se la piensa en los términos simples de derechas e izquierdas.

(El presente texto fue presentado por el autor en octubre de 2020, en ocasión de la publicación de la encíclica ‘Fratelli tutti’).


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