Un perro llamado León

En medio a un ambiente de profunda despolitización —disimulada esta en un identitarismo estéril— el peronismo como partido político da inicio a la interna cuyo resultado será la designación del sucesor de Milei. La doctrina peronista, por otra parte, queda olvidada en el catálogo histórico al no ser representada por ninguno de los pretendientes al trono. Y la síntesis de esto que parecería ser una contradicción y no obstante es la norma actual solo puede ser un nuevo ciclo de gobierno “peronista” con proyecto político liberal por derecha o por izquierda. El identitarismo se dispone a hacer un nuevo menemismo y/o un nuevo albertismo para la consolidación del estatus neocolonial.
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Desde mediados del siglo pasado y hasta el presente la política argentina se ha reducido, sin excepciones, a dos identidades fuertes: el peronismo y el antiperonismo. Sin cuidado de las particularidades de cada avatar de época y de las características individuales de los dirigentes implicados, en 80 años las únicas posiciones identitarias posibles para nuestra política han sido la del peronista y la del gorila en una polarización permanente cuyo efecto más deletéreo es la inviabilidad del debate sobre los proyectos políticos en pugna. La política identitaria, como siempre, funciona como una especie de antipolítica sin que los individuos se percaten del error o la manipulación a la que son sometidos.

Esto es lo que vuelve a pasar una vez más en los días de hoy. Ante la debacle de un régimen construido sobre la perorata antiperonista —el de Milei— para llevar a cabo una destrucción pocas veces vista en nuestra historia, los dirigentes que se identifican como “peronistas” empiezan a luchar en internas sangrientas por el derecho de representar electoralmente esa identidad. Es aquello de “el peronismo es como el tiburón que huele la sangre en el agua” y en realidad no es otra cosa que el oportunismo característico de los dirigentes políticos en cualquier tiempo y lugar. Milei llegó como gorila y se cae, razón por la que la sucesión de Milei tiene que llegar con un peronista y ahora todos quieren serlo.

Todos los dirigentes argentinos entienden que el sucesor de Milei va a ser un “peronista”, es decir, uno que se autodenomine así sin tener necesariamente peronismo en sangre. Eso no tiene importancia, el peronómetro no se usa cuando de la interna resulta un ganador y dicho ganador es coronado, nadie se pone a preguntar si ese ganador ganó porque es el que representa mejor la doctrina del peronismo. El ganador de la interna es el conductor y si viene con la intención de usar esa conducción para imponer un proyecto político radicalmente opuesto a la doctrina del General Perón, pues mala suerte. El que gana conduce y el que pierde acompaña. Fin.

Esa sería la descripción, sin ir mucho más lejos, del menemismo en los años 1990. Menem triunfó en la interna sobre Cafiero, se ganó el derecho a ser la única opción ante la caída en desgracia de un régimen gorila —el del radical Alfonsín— y luego fue electo presidente, tan solo para ejecutar en lo sucesivo un programa de gobierno liberal y, por lo tanto, diametralmente opuesto a lo prescrito en la doctrina. No solo nadie hizo preguntas, sino que hasta bien entrado el segundo mandato de Menem cualquier crítica al programa de gobierno menemista se tildaba de “traición” y de “hacerle el juego al enemigo”, etc. Por identidad, los peronistas de los años 1990 blindaron un proyecto liberal y profundamente antiperonista.

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Pese a que formó su gabinete con dirigentes que alguna vez se identificaron con el peronismo, Milei debió construir una retórica antiperonista para ocupar uno de los dos espacios identitarios posibles en la política argentina. Al venir como sucesor de un régimen dicho peronista, el mileísmo fue obligado a asumir la identidad del gorila para captar la voluntad de los identitarios del otro bando y poder existir. Pero Milei es solo un cipayo liberal que en el sorteo de posiciones pudo haber caído en cualquiera de los extremos existentes. Y al haber caído del lado gorila será reemplazado por un “peronista” identitario.

Claro que al quedar expuestas las consecuencias nefastas del menemato los peronistas identitarios fingieron demencia y le dieron la espalda a un Menem al que habían defendido a capa y espada mientras este desguazaba la Nación. Acá no pasó nada, vamos con un ciclo antiperonista que fracase y de nuevo hagamos borrón y cuenta nueva con la sucesión. Los diez años de destrucción menemista no tienen quienes los reivindiquen hoy entre los peronistas, nada de eso fue peronismo. Y efectivamente aquello fue liberalismo a ultranza, pero la pregunta que no quiere callar es la siguiente: ¿Por qué los peronistas identitarios defendieron ese ultraliberalismo en su momento?

Algo así, salvando todas las distancias, volvió a ocurrir años más tarde con el advenimiento de un Alberto Fernández que ni siquiera necesitó imponerse en las internas. Con el solo “dedazo” de la conducción consagrada, Fernández se presentó como candidato del peronismo en un contexto de debacle de un régimen gorila —el de Macri— y naturalmente ganó las elecciones. ¿Para qué? Para imponer un proyecto político que el propio Fernández calificaba como “liberal de izquierda”, chocar la nave y dejar otra vez a los peronistas pegados con un pasivo enorme. Mientras fue presidente en cuatro años, Fernández estuvo blindado a la crítica por los peronistas identitarios y así pudo hacer tranquilamente toda la destrucción que había venido a hacer.

El error solo puede estar en lo identitario, en consagrar como candidato a cualquiera sin miramientos sobre el proyecto político que ese cualquiera viene a imponer. El cualquiera se hace llamar peronista, canta la marchita, pone los deditos en V y ya está, con eso alcanza para que los peronistas identitarios vean en el cualquiera poco menos que la reencarnación de Perón. No hay un escrutinio del proyecto político, no se contrasta ese proyecto con el contenido programático de la doctrina del General Perón. Al identitario no le interesan esos detalles que son la propia política y entonces la conclusión necesaria es la que se vio anteriormente, a saberla, que el identitarismo es una forma sutil de antipolítica.

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Pese a que no ocultó su cipayismo e incluso confraternizó abiertamente con Bush en lo que llamó “relaciones carnales” con el imperialismo yanqui, Menem fue defendido con pasión por los peronistas identitarios, quienes pusieron en el lugar del traidor a los que se atrevieron en ese momento a plantear que el menemismo se estaba llevando puestas al menos dos banderas del peronismo: la soberanía política y la independencia económica. Y así, blindado por los peronistas sin doctrina, Menem pudo estar una década en la presidencia haciendo un desastre del que el país jamás pudo recomponerse.

Es antipolítica disfrazada de politización, de militancia, de lealtad peronista y todo lo que ya se sabe. A mayor locura identitaria, menor ponderación del contenido político de los dirigentes. “Menem es peronista y ningún peronista debe cuestionarlo”, se decía en los 1990. “Alberto Fernández es peronista y el que lo cuestione es un gorila y un traidor”, gritaban los identitarios con furia del 2019 al 2023. Y así tanto Menem como Fernández pudieron hacer con mucha comodidad, cada cual en su momento, la destrucción de la soberanía política, de la independencia económica y la justicia social que son las tres banderas y son la base de la doctrina peronista. Todo esto con el blindaje de los peronistas identitarios.

La explicación para semejante comportamiento no es difícil de hacer, con una mirada superficial sobre la naturaleza misma del identitarismo alcanza para entender de qué se trata. El identitario no desea el triunfo político de un proyecto determinado y ni siquiera sabe que existen los proyectos políticos. El identitario desea el triunfo como el hincha que va al estadio los domingos a ver jugar a su equipo. El peronista identitario, en consecuencia, no quiere el triunfo del peronismo para que se materialice la doctrina de Perón en un programa de gobierno en el Estado. El identitario peronista solo quiere decir “ganamos”, festejar la victoria y burlarse de quienes considera que son sus antagonistas. Lo que hagan los dirigentes con el país después no es asunto suyo.

Ahora un régimen gorila pende de un hilo y nuevamente dirigentes políticos de dudosa extracción ideológica luchan en una interna por el derecho a ser ungidos como el candidato del peronismo que sucederá naturalmente a un Milei en caída libre. Con el criterio de la simpatía personal e incluso con criterios aún más ridículos, los identitarios eligen a su favorito en la interna sin cuestionar jamás la fidelidad del elegido a la doctrina de Perón. De eso no se habla, nadie pasa a los pretendientes al trono por el tamiz de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social antes de ponerse a defenderlo a capa y espada con un fanatismo propio de los talibanes.

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En primer plano, Axel Kicillof, Sergio Massa y Eduardo de Pedro, los actuales pretendientes al trono que dividen la opinión del peronismo identitario. Cada uno de ellos tiene un proyecto político más a la izquierda o más a la derecha, aunque en común tienen la lejanía respecto a la doctrina peronista. El peronismo hoy está proscrito de la política argentina pues no tiene un dirigente que lo represente con fidelidad en su doctrina y es un cascarón, un significante vacío que permite la aplicación de proyectos políticos de naturaleza liberal por derecha o por izquierda.

Por lo tanto, el próximo gobierno “peronista” podrá ser el de un Sergio Massa con su liberalismo renovador, el de un Axel Kicillof con su progresismo de colores y muy buenas intenciones o incluso el de un Eduardo de Pedro con un poco de cada cosa y una dosis de sionismo como frutilla del postre. Podrá ser cualquiera, realmente, al peronista identitario no le importa el contenido programático, no le interesa la fidelidad a la doctrina del peronismo. Y entonces está claro que después de Milei vendrá un gobierno “peronista” como lo fueron los de Menem y Alberto Fernández, esto es, uno con la identidad del peronismo y un proyecto político en frontal contradicción respecto a lo que prescribía Perón.

Como las unidades básicas están cerradas y no se les imparte a los militantes la formación política, la militancia no está en condiciones de exigir que en la interna se imponga un dirigente comprometido con una doctrina peronista que los mismísimos militantes simplemente desconocen. No saben ni saben que no lo saben. Y entonces el próximo conductor del “peronismo” será ese perro al que Perón llamaba “León” y venía, pero no era un león sino un perro. La doctrina peronista no orienta la praxis de los dirigentes y esto equivale a decir, con profundo pesar, que el peronismo no existe en la política argentina más que como un cascarón vacío al que cualquiera usa para implementar proyectos políticos de gorilas, tanto por derecha como por izquierda.

El peronismo es hoy una doctrina de soberanía nacional y justicia social que ningún dirigente está en condiciones de representar, tal vez porque el estatus neocolonial de la Argentina ya ha sido decidido por el poder fáctico que está por encima de todos los dirigentes. O quizá simplemente porque nadie tiene ganas de jugarse la vida por el pueblo como se la jugó en su momento Perón. Sea como fuere, la doctrina peronista ha pasado al catálogo histórico aunque sus símbolos se sigan utilizando para hacer cualquier otra cosa. Y en estas circunstancias la condición neocolonial es una fija porque es del interés de todos los gorilas, de los que lo son abiertamente y también de los que la van de “peronistas” para engrupir a los identitarios sin doctrina.


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