Insostenible e inviable en el mediano plazo. Estos son los calificativos utilizados más a menudo en estas páginas, desde hace ya varios años, para definir el actual ordenamiento geopolítico mundial con hegemonía unipolar de los Estados Unidos. Dicho ordenamiento había quedado herido de muerte al desintegrarse la Unión Soviética y el campo socialista oriental en 1991, sin que esto constituya contradicción alguna. En realidad, al perder a su rival en la Guerra Fría los Estados Unidos se quedaron sin Guerra Fría, sin el pretexto necesario para sostener políticamente su dominación. El momento de mayor gloria aparente para Washington fue en la práctica el del principio del fin pues sin un par antinómico todo lo que vino después fue debacle.
Esa debacle se acentuó notablemente a principios de este siglo al empezar China a recorrer el camino hacia su conversión en superpotencia y además al resurgir Rusia de sus cenizas bajo el liderazgo de Vladimir Putin. Lo que ya era para Washington una situación precaria en la que se resquebrajaba su hegemonía poco a poco se tornó una carrera por la sucesión. Mientras iban desindustrializándose, decayendo económica y también moralmente, los Estados Unidos iban perdiendo terreno ante el veloz avance de Rusia y de China, transformando aquella situación precaria en una dominación global sin consenso hegemónico, sostenida únicamente por la fuerza de las armas.
Eso es precisamente lo insostenible y lo inviable en el mediano plazo. Solo faltaba que Washington fuera superado tecnológicamente en términos de efectividad armamentística para que no quedara ni la dominación a punta de pistola. El desarrollo en Oriente de los misiles balísticos hipersónicos, que los yanquis no saben construir, trajo esa superación. Ahora la flota de una docena de portaaviones y todo el resto de la parafernalia bélica que los Estados Unidos construyeron pensando en un escenario similar al de la II Guerra Mundial es básicamente chatarra carísima: la guerra ya no se hace como en el siglo XX, no es un forcejeo clásico sobre el territorio. La guerra hoy se hace a mucha distancia mediante el lanzamiento de misiles sobre el enemigo.
Entonces la insostenible e inviable dominación estadounidense estaba a la espera de una gran contienda bélica para derrumbarse del todo, una que se entablara en los nuevos términos balísticos de la guerra. Esa guerra llegó cuando los yanquis fueron arrastrados hacia una trampa que si bien era demasiado evidente era asimismo inevitable. El actual atolladero en Irán es un lugar al que Washington entró a instancias de Israel sin comprender que su mayor aliado es, en verdad, su verdadero enemigo. Lo que hizo en la práctica Israel fue servirles en una bandeja de plata la cabeza de los yanquis a los rusos y a los chinos. Y lo hizo obligando a los Estados Unidos a enterrarse en un Irán que ya estaba preparado para concretar la superación tecnológica mediante el despliegue de misiles hipersónicos en combate.
Todo esto es muy complejo, por cierto, pero baste con comprender que los Estados Unidos habrían podido sostener precariamente el statu quo por tiempo indeterminado de no ser porque son fácticamente hoy un Estado vasallo. Al serlo, no pueden tomar decisiones orientadas a su propio interés nacional, sino que deben hacer lo que les ordenan desde la metrópoli. Esa metrópoli es Israel, por supuesto, aunque también esto es más complejo de lo que parece. “Israel” no es solo la entidad usurpadora del territorio de Palestina, es más bien una red internacional con ramificaciones en todas partes y, sobre todo, en los Estados Unidos. Los israelíes más peligrosos para los yanquis son los que están en Washington y no en Tel Aviv.
Estará claro para el atento lector, por lo tanto, que decir “israelíes” no es la mejor forma de definir la identidad del grupo que domina la política en Washington y tiene así colonizados a los Estados Unidos, mandándolos al muere para que pongan el cuerpo —y el prestigio— en guerras que no son de su interés, el de los yanquis. Hay en Washington una gran cantidad de individuos con nacionalidad estadounidense que por lógica no son israelíes e igualmente son agentes de esa colonización. Esos individuos pertenecen a un grupo que no puede señalarse todavía claramente porque utiliza con mucha astucia el ardid de identificarse con una etnia o una religión que no pueden ser señaladas.
Pero todo el mundo ya sabe de qué se trata, todos saben quiénes son los que colonizan a los Estados Unidos y utilizan su poder bélico brutal y torpe para imponer la destrucción y la muerte sobre pueblos-nación que no quieren la guerra. Todo el mundo lo sabe y pocos pueden decirlo abiertamente. En los mismísimos Estados Unidos ya empieza a hablarse de esto, allí hay ciertas garantías de libertad de expresión establecidas en la Constitución que no existen en otras partes. Aquí, por ejemplo, el señalamiento abierto de los que colonizan a los Estados Unidos y ponen al mundo al borde de una guerra mundial con potencial de ser nuclear se considera “delito de odio” y se pena incluso con años de cárcel.
Por eso hay que encontrar nuevas formas de hablar, como diría Joaquín Levinton, aunque sin dar pasos al costado. Es necesario saber señalar al que hoy es una amenaza a la existencia misma de la humanidad. Se trata de una secta cuyo proyecto es la dominación global con el fin de cumplir alguna profecía oscura en la que solo sus miembros más delirantes realmente creen, una secta que ataca como tal y se defiende como etnia y religión amparándose así bajo un paraguas legal que, a su vez, se abrió para evitar la difusión de discursos que conducen necesariamente a la guerra.
El paraguas legal terminó teniendo entonces un propósito opuesto al que supuestamente debió tener, ahora se usa para blindar a quienes promueven la guerra y, en consecuencia, trae la guerra en vez de evitarla. De todo eso es necesario hablar con nuevas formas, es preciso denunciar al mal sorteando las limitaciones que el propio mal dispuso para blindarse. Y en esta edición de nuestra Revista Hegemonía, la 96ª. de una larga serie, está el intento de hacerlo en un momento clave de la historia mundial. Alguien se paró de manos frente a la secta que nadie puede señalar, alguien está dispuesto a terminar con la farsa y es fundamental que en estas latitudes y en todo el mundo exista la comprensión integral del hecho.
Las siguientes páginas son un granito de arena aportado por este medio a esa comprensión necesaria.
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