Muchos de los relatos de la ciencia ficción se han demostrado con el paso del tiempo proféticos. Sus autores, auténticos visionarios capaces de vislumbrar realidades que en su tiempo podían parecer inconcebibles, anticiparon con la imaginación lo que el desarrollo científico y tecnológico haría posible décadas más tarde.
Es el caso por ejemplo de Julio Verne, que predijo la invención de artilugios tales como la televisión, el submarino o las naves espaciales. O el de Karel Capek, que anticipó la creación de máquinas que sustituirían el trabajo del hombre, llegando incluso a usurpar su puesto en la sociedad, a las que designó con el nombre de “robots”. Y por si fuera poco, la influencia de estos relatos especulativos ha desbordado con creces el ámbito meramente científico, para invadir los ámbitos de la política y sociología, como ocurre por ejemplo con autores como George Orwell o Aldous Huxley, que anticiparon nuevas formas de tiranía, con vigilancia omnipresente, lenguaje manipulado y entretenimiento “inmersivo” e idiotizante, delicatessen sobre las que se asientan nuestros maravillosos y opíparos regímenes democráticos.
Entre todos los autores clásicos de ciencia ficción tal vez sea Herbert George Wells (1866-1946) el que haya conseguido mayor reconocimiento literario, con obras tan emblemáticas como La guerra de los mundos, La máquina del tiempo o El hombre invisible. Sin embargo, ninguna de sus anticipaciones ha llegado a realizarse. Un siglo después de que Wells las urdiese, sus novelas permanecen, en efecto, en su mundo de ficción: ni los hombres hemos viajado al futuro, ni los marcianos han invadido nuestro planeta, ni la invisibilidad ha eliminado nuestra pobre envoltura carnal.
Quizá mi favorita entre todas las novelas de Wells sea La máquina del tiempo, donde su autor todavía no se ha entregado completamente al pesimismo aciago en el que acabaría chapoteando en sus postrimerías. La novela contiene reflexiones sobre algunas de las obsesiones más recurrentes de Wells (el comunismo y el darwinismo, especialmente), mezcladas con una intención moralizante acaso demasiado subrayada, que alerta sobre la posibilidad de un futuro inhabitable.
La división de la Humanidad en dos razas contrapuestas (e igualmente deshumanizadas), una bella y blanda que habita la superficie, otra monstruosa confinada en el mundo subterráneo, constituye una alegoría del destino atroz al que nos conducen las diferencias de clases y el fin inexorable —nos alerta Wells— de una humanidad deshumanizada, sin solidaridad ni arrojo, es la mera extinción.
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