Don Arturo Jauretche, intelectual mordaz y profundo conocedor de la idiosincrasia argentina fue una de las voces más lúcidas y combativas del pensamiento nacional. En su Manual de zonceras argentinas desenmascaró y desmontó una serie de falsas verdades disfrazadas de sentido común que impedían el pensamiento crítico y servían a intereses antinacionales producto de la colonización pedagógica impulsada por la derecha liberal. A más de medio siglo, aquellas zonceras han mutado de forma pero no de función. Hoy adoptan otros nombres y lenguajes. Y hasta es posible reconocer algunas de ellas bajo la impostura nacional y popular del falso peronismo que hace del eslogan un opio ideológico que adormece la razón y un placebo político que encubre la orfandad de un proyecto de país. Reconocerlas será un ejercicio imprescindible para pensar sin espejismos.
Podría decirse que las zonceras jauretcheanas son al pueblo argentino lo que las zonceras kirchneristas son a su militancia, una fábrica de certezas que los acostumbra a no pensar. No se trata de sofismas que introducen una premisa falsa para manipular la conclusión sino de conclusiones ya cristalizadas de esos sofismas, convertidas en sentencias incuestionables con la apariencia de axiomas que no requieren comprobación y que ponen anteojeras al momento de mirar la realidad como bien lo explicaba el maestro Jauretche. No son un error lógico sino un dispositivo cultural que anula la capacidad de pensar o, peor aún, hace que se piense desde ellas.
El kirchnerismo tardío instaló a lo largo de su trayectoria un repertorio de frases hechas, consignas y verdades reveladas que acólitos y seguidores repitieron mecánicamente sin reflexión ni revisión crítica. Todas ellas son zonceras de autoridad cuya validez reposa en la figura de quien las emite y garantiza la lealtad grupal más allá del criterio práctico y la convicción personal. Saber reconocer estas zonceras es un paso necesario para salir del autoengaño y recuperar la libertad de pensar y elegir por cuenta propia. Dejar el azonzamiento para venirse grandes que es lo que precisamente Jauretche proponía entre líneas.
Una de las primeras frases utilizadas hasta el cansancio por el kirchnerismo cuando todavía aparentaba enfrentar al poder fue la potente y eficaz “Clarín miente”. La consigna nació como épica de resistencia política pero se transformó rápidamente en una fórmula automática, un reflejo pavloviano que bastaba pronunciar para clausurar todo debate o desautorizar cualquier cuestionamiento. No caben dudas de que el principal grupo mediático del país es un mentiroso serial y un enemigo del pueblo que actúa como operador político y todo su contenido comunicacional debe ser desechado a priori porque responde a fines ajenos al interés nacional.

Entonces, ¿por qué se convirtió en una zoncerización del sentido común? El punto no es que Clarín no mienta sino que la frase fue convertida en dogma y de allí en mecanismo de anulación del espíritu crítico. Se consolidó una visión maniquea de la realidad con la verdad del pueblo de un lado —el relato oficial— y la mentira mediática del otro, que es todo discurso opositor o disidente. La trampa aparece cuando esa verdad parcial se absolutiza. La consigna pasa de ser un juicio empírico a una afirmación teológica: “Si Clarín lo dice, es mentira. Si el gobierno lo niega, es verdad.” Pero ni Clarín dice toda la verdad ni el gobierno la tiene por el solo hecho de oponerse. Pensar de manera independiente implica desconfiar también del relato propio, no solo del ajeno.
La fuerza de esta adhesión incondicional no proviene de la evidencia sino de la fidelidad identitaria. Quien la repite reafirma su pertenencia al grupo. Por eso tiene una eficacia emocional enorme pero un valor cognitivo casi nulo. Lo que nació como pensamiento crítico termina funcionando como pensamiento reflejo, incapaz de revisarse y repetido como signo de fe política. La cruzada contra Clarín tuvo su ironía final cuando Cristina Fernández designa candidato a presidente a quien ella misma mucho antes había acusado de ser el vocero y lobista de la corporación mediática más allá de las oscuras razones que habrá tenido para hacerlo.
La gravísima polarización e ingeniería de fragmentación social que padece la Argentina, producto de la acción corrosiva de la hegemonía cultural y mediática, no tuvo otra finalidad que partir al pueblo por la mitad e impedir la unión nacional y con ella la reconstrucción de un proyecto histórico soberano. Ese antagonismo orquestado entre kirchnerismo y antikirchnerismo se dio en llamar la “grieta”, ficción que sirvió para ocultar quiénes son realmente los verdaderos enemigos de la nación y distraer al pueblo con el ruido de falsas antinomias.

Aquí se da la particularidad de que esta es una zoncera bilateral al repartir beneficios simétricos entre los enemigos aparentes. La grieta garantiza la supervivencia de ambos relatos porque cada uno necesita al otro para justificar su existencia. Así, el conflicto político deja de ser una disputa por el poder nacional y se convierte en un espectáculo moral donde nadie toca los resortes estructurales de la dependencia. La grieta no es una herida sino el negocio del orden establecido. Su rentabilidad se mide en la docilidad de un pueblo que derrocha energías discutiendo todo aquello que no pone en riesgo el modelo neocolonial.
El falso peronismo adoptó la grieta como su única forma de identidad. No se reconocía en la doctrina ni en un proyecto común sino en la negación del otro. La grieta le sirvió para mantener la cohesión del aparato político y justificar sus fracasos como resultado del odio ajeno. Esa lógica convertía a la propia base social en enemiga de sí misma y desplazaba el conflicto real hacia un enfrentamiento doméstico. Así se promovió una pelea entre compatriotas en la que ambos dominados terminaron pensando como el dominador necesita que piensen y reproduciendo el mismo mecanismo que los subordina creyendo combatir al enemigo correcto.
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