Mileístas de izquierda

A más de un año de haber asumido la presidencia, Javier Milei ha logrado imponer un proyecto neocolonial de penurias para el pueblo sin pagar un verdadero costo político. Con el respaldo de un establishment que lo apoya, su régimen avanza sin oposición efectiva y lejos de debilitarse sigue consolidando su poder, sumando legisladores a su causa y asegurando la viabilidad de sus reformas. Mientras tanto, la polarización extrema y el enfoque en debates de moral sexual sirven como distracción, desviando la atención de la crisis económica y la entrega del país. La “oposición” no cuestiona el desmantelamiento de derechos sociales, sino que refuerza el juego del mileísmo con enfrentamientos ideológicos que fortalecen su base. En este contexto, el análisis político ha sido reemplazado por consignas y la disidencia real se encuentra ausente. Milei y sus opositores, lejos de ser adversarios, responden a un mismo esquema que perpetúa la dominación del poder fáctico sobre el pueblo.
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Después de un año largo de imposición del proyecto neocolonial a ultranza con la necesaria destrucción de lo poco que quedaba de calidad de vida entre las clases trabajadoras medias y populares, el régimen de Javier Milei sigue vigente como si ni un solo día hubiera pasado desde el 10 de diciembre de 2023. En estos casi 14 meses desde entonces mucho se ha especulado sobre una hipotética caída en la valoración positiva del presidente y del régimen mileísta como un todo, aunque eso no se verifica en la práctica. Con una velocidad inusitada que ni Mauricio Macri ni Alberto Fernández pudieron imponer cuando les tocó el turno para hacer la demolición, Milei transformó a la Argentina en un país cuesta arriba para el pueblo sin que dicha transformación revirtiera para él en costo político alguno. La verdad objetiva es que, en términos políticos concretos, Milei está hoy aún más fuerte que al asumir la presidencia.

Lo está porque además pudo en este tiempo hacer la construcción política que no tuvo ni necesitó tener para ganar las elecciones. Habiendo asumido en diciembre de 2023 con un discurso pronunciado de espaldas al Congreso, con el fin de simbolizar que no tenía ilusiones de dominar el parlamento y pensaba en consecuencia gobernar por decreto, en un año Milei descubrió que dejando la cuestión de la cooptación de voluntades en manos de sus operadores la trama podía tejerse. Ahora Milei tiene el apoyo suficiente en ambas cámaras para avanzar con prácticamente cualquier reforma y, por lo tanto, está políticamente más fuerte que hace un año. Milei tiene más o menos el mismo nivel de apoyo popular que en 2023 —mal que les pese a quienes le pronosticaron una vida corta— y además tiene en su bolsillo a esos mismos diputados y senadores que en un principio prometían serle hostiles.

Esa es la realidad efectiva más allá de las expresiones de deseo de quienes no saben analizar la política y piensan que la opinión militante ideologizada mueve el amperímetro. Es lamentable, sin lugar a duda, que esté tan fuerte un régimen cuyo objetivo primario o directamente único es el desguace de la Argentina para su posterior remate en una mesa de saldos, pero no por triste deja de ser cierto. Y los “analistas” que no saben analizar, en vez de observar la realidad para sacar las conclusiones del caso, intentan adaptar esa realidad a sus hipótesis insistiendo en que el régimen de Milei es débil, que solo se sostiene mediáticamente y que en cualquier momento va a derrumbarse solito, como por arte de magia. Pero nada de eso va a ocurrir mientras Milei tenga la bendición de un establishment político que lo sentó en el sillón para que haga precisamente lo que está haciendo.

Argentina's President Milei's Swearing In Ceremony, In Buenos Aires
Javier Milei y su famoso discurso de asunción dándole simbólicamente la espalda al Congreso. En el calor del triunfo electoral y viendo que ciertos legisladores prometían resistir, Milei pensó gobernar por decreto e ignorar al parlamento. Pero pronto aparecieron los operadores expertos en cooptar la voluntad de diputados y senadores y el régimen mileísta comprendió que hacerse del control del poder legislativo era mucho más fácil de lo que parecía. Hoy, a poco más de un año de aquella asunción, los lobistas hicieron entender a los legisladores que no conviene quedar por fuera de una hegemonía y Milei avanza a gran velocidad con la totalidad de su agenda de reformas, legitimado siempre por el Congreso.

Lo que los “analistas” no ven es eso, es el pacto hegemónico que la política argentina suscribió con el fin de imponer las reformas exigidas por el poder fáctico en el marco de un reordenamiento geopolítico a escala mundial. Nuestros “analistas” de las expresiones de deseo se agarran de la opinión de la militancia sobreideologizada para concluir que Milei pende de un hilo, pero ignoran aquello que es verdaderamente decisivo: la voluntad de los dirigentes. Nadie se ocupa de indagar en el reverso de la trama para saber por qué tantos intendentes, gobernadores, diputados, senadores y demás jefes políticos se han plegado a un régimen mileísta al que habían jurado combatir y que ahora sostienen apasionadamente por cuenta y orden de un poder fáctico global que está por encima de todos ellos y parecería ser invisible.

Estas son las razones por las que nadie entiende cómo un régimen cipayo y autoritario como el de Milei puede sostenerse con tanta fortaleza política, sin ningún cuidado del estrago que está causando y que seguramente va a repercutir con efectos muy deletéreos en el mediano y en el largo plazo. Nadie entiende cómo puede ser eso, la opinión pública está absolutamente confundida y la responsabilidad la tienen los intelectuales que no saben, no pueden o no quieren hacer un correcto análisis de la realidad política para que el pueblo esté mejor informado. La intelectualidad argentina en su casi totalidad fue tragada por la grieta y lo único que hace es gritar aquellas consignas ideológicas que mejor se ajusten al extremo al que se afilia cada intelectual “analista” del momento. Dicho de otro modo, el análisis político ya no existe, fue reemplazado por la opinión subjetiva.

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La caída en desgracia del senador Edgardo Kueider, arrestado en Paraguay al intentar contrabandear unos 200.000 dólares y alguna suma menor en pesos, mostró la punta del iceberg que permite deducir cómo funciona el esquema de cooptación de voluntades en el legislativo por parte del ejecutivo. Electo por el Frente de Todos, Kueider dio su aprobación a la ley de bases del mileísmo y en ese momento todos hablaron de traición, aunque nunca hubo ninguna. Lo que hubo fue un soborno simple y directo, el mismo que debió pagarse a tantos otros diputados y senadores cuyo chanchullo todavía no fue y probablemente jamás será descubierto.

Toda la cuestión pasa por el pacto hegemónico, por esa acordada inmoral entre los dirigentes políticos alrededor de un proyecto muy desfavorable para el pueblo. Hace años que el atento lector viene encontrando en las páginas de esta Revista Hegemonía la categoría pacto hegemónico como recurso lingüístico para describir la concertación entre quienes deberían oponerse recíprocamente, pero nunca los contenidos de dicha categoría se habían visto con tanta claridad en los hechos como ahora. Muerto ya el viejo kirchnerismo por desgaste natural, porque lo coyuntural no puede durar indefinidamente, no queda nada sobre el escenario para impedir la comprensión de esa obviedad ululante que es el pacto hegemónico. Hasta el más despistado entiende hoy que el régimen mileísta no tiene oposición alguna entre los dirigentes y que estos están todos muy cómodos ya sea apoyando activamente a Milei, haciendo la plancha para que la claudicación no se note tanto o distrayendo la atención con otros temas.

Esto último es lo más interesante, por cierto, pues es el clásico método de la diversión en el sentido militar del término. En la jerga de la guerra, el verbo “divertir” se utiliza para describir el movimiento táctico de crearle una distracción al enemigo y que este concentre allí sus fuerzas, dejando algún otro flanco descubierto. Esto mismo puede decirse en criollo con la expresión “hacer la del tero”, que es poner los huevos en una parte y cantar en otra, bien lejos del nido. Sea como fuere, el movimiento tiene siempre una misma finalidad y es la de distraer con alguna nimiedad al enemigo para que este pierda atención sobre lo realmente importante. Así se ganan y se pierden las guerras bélicas y también las no bélicas que son las de la política entendida en los términos propios de un von Clausewitz.

El enemigo de los dirigentes que se venden al poder fáctico lógicamente no son los demás dirigentes ideológicamente opuestos, sino el pueblo en su conjunto. Cuando un dirigente se corrompe y deja de representar los deseos de sus electores para defender los intereses de unas minorías privilegiadas que no tienen votos, automáticamente ese dirigente pasa a ser enemigo del pueblo sin cuidado de su discurso ideológico. Un dirigente puede ser muy “de izquierda” o “populista” al hablar, puede gritar con pasión el carácter sagrado de los derechos de los trabajadores, de la causa popular, etc., pero si en su praxis concreta lo que hace es perjudicar a quienes en el marco de un sistema electoral lo elevaron a la calidad de dirigente, entonces se trata de un enemigo del pueblo a secas, sin atenuantes. Y la política argentina, como se ve, está infestada de enemigos del pueblo por doquier.

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La imagen de una Cristina Fernández muy sonriente junto a Javier Milei en la asunción de este les dio la llamada “mala espina” a muchos en su momento y luego se confirmó tratarse de un presagio. Con el kirchnerismo extinto por desgaste natural —murió de viejo y por causas naturales, como suele decirse—, ya no quedó en la política ningún núcleo con cierta conducción carismática para resistir a los embates del neocolonialismo. Y entonces el establishment se plegó del todo a la hegemonía, dándole definitivamente la espalda al pueblo y abrazando con decisión la representación de los intereses de la fuerza brutal de la antipatria. Hoy todos los dirigentes políticos con cierta relevancia están mínimamente sospechados de haber pactado y de ser, por lo tanto, enemigos de un pueblo que está solo.

Son desde luego enemigos del pueblo los dirigentes “diestros” que en esta etapa se hacen llamar “libertarios” y venden como si fueran la panacea universal las “bondades” del libertinaje de mercado, pero también lo son los dirigentes “zurdos” que en teoría proponen lo radicalmente opuesto mientras hacen, por fuera de la vista de la opinión pública, el juego de los poderes fácticos concentrados. Podría decirse que los primeros, en todo caso, al menos son honestos con lo que piensan y representan en la política: son operadores de los intereses de las minorías privilegiadas y endulzan dicho discurso con falacias y mentiras, pero no lo ocultan. El problema está en los dirigentes “zurdos” que hipócritamente dicen representar la voluntad popular y hacen todo lo opuesto cuando nadie los mira. El régimen mileísta hoy es estable mucho más por estos que por aquellos, dicho sea de paso.


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