No saber que no se sabe

En un mundo cada vez más gobernado por élites invisibles la política visible funciona como un teatro que entretiene y divierte en un sentido de táctica militar mientras el verdadero poder actúa sin dar la cara. La democracia se vacía cuando los dirigentes obedecen pliegos de condiciones dictados desde afuera en vez de representar a las mayorías y el resultado es un pueblo cada vez más empobrecido, frustrado y confundido, que no solo ignora las causas de su malestar, sino que ni siquiera sabe que no las conoce. No es la ignorancia en sí la que está en la raíz del mal, es la ignorancia de la propia ignorancia. Y mientras esa ceguera persista toda posibilidad de transformación será un espejismo. La primera chispa de cualquier revolución empieza al sospechar que las sombras no son la verdad.
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A lo largo de todo el análisis de la realidad que el atento lector encontrará en las páginas de esta 88ª. edición de Hegemonía la imagen de la caverna platónica aparecerá, aunque tácitamente, todo el tiempo. Y es imposible que así no sea: la idea de una multitud observando sombras proyectadas en una pared y creyendo que eso es la realidad es muy poderosa y sintetiza como una totalización lo que se quiere explicar. Es la magia de los griegos, los que lo crearon todo y todo lo explican de una manera magistral.

Milenios han pasado desde Platón y alguien podría argumentar que las alegorías griegas ya han quedado algo desfasadas, que no son útiles después de tanto tiempo para representar la actividad humana. Pero en ello habría un error de base y sería el de pasar por alto el hecho de que más allá de cualquier avance tecnológico el hombre en su naturaleza sigue siendo básicamente el mismo. Lo que en la Grecia antigua funcionaba para la organización social tiende a seguir funcionando mientras la humanidad exista.

Eso es lo que ocurre. Las sombras proyectadas en una pared por una minoría de individuos que tienen el control sobre la mayoría es la metáfora de la dominación mental con la que hoy una élite globalista manipula a miles de millones de individuos para que estos acepten la imposición de un orden e incluso —porque esto es la hegemonía— colaboren en su instalación y en su mantenimiento. En la hegemonía el oprimido sostiene sobre sí mismo el orden de la opresión, está convencido por la narrativa de que debe hacerlo. Si eso no pasa, entonces no hay hegemonía.

La hegemonía existe y las élites que forman la sinarquía internacional no imponen realmente nada por la fuerza, sino más bien por el engaño. Y para que dicho engaño sea efectivo es necesario que las mayorías no sepan que no saben de qué se trata. Esto reviste de gran profundidad porque no es una simple cuestión de que los muchos sean ignorantes. La cuestión es que las mayorías sean ignorantes de su propia ignorancia.

En el caso particular de la Argentina el proceso es bien evidente para quienes lo saben observar. Las sombras proyectadas son la rosca política visible que tiene lugar mientras en segundo plano y por fuera de la vista del pueblo grandes modificaciones a la realidad social son impuestas por una minoría de individuos a los que nadie conoce las caras ni los apellidos. Se simula una lucha por un poder que no es poder mientras el poder fáctico, real, actúa en las sombras sin ser cuestionado por nadie.


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