A lo largo de toda la campaña electoral y aun semanas tras haber logrado el triunfo sobre una desconcertada Kamala Harris, Donald Trump repitió como un mantra la fórmula discursiva de la guerra como nociva para los intereses del pueblo trabajador estadounidense. Trump prometió terminar con todas las guerras que entonces estaban en curso y además no iniciar ningún conflicto bélico nuevo en lo sucesivo. En la retórica trumpista, el único enemigo de los intereses nacionales de los Estados Unidos iba a ser China en el terreno de la economía, la tan mentada guerra comercial que se libra mediante la imposición de tarifas o aranceles cuya finalidad es dificultar las importaciones y así favorecer la producción industrial local. Esta retórica sonó como música a un pueblo estadounidense ya muy golpeado por la desindustrialización y además cansado de ir a morir en cada aventura del complejo industrial militar-farmacéutico sobre territorios que un yanqui promedio no sabría señalar en el mapa, razón por la que Trump ganó las elecciones con cierta comodidad.
Pero claro, el problema de los dirigentes políticos en cualquier latitud es el mismo: esa tendencia a incumplir sus compromisos de campaña una vez que llegan al poder político. Los dirigentes prometen para conseguir el voto y luego olvidan lo prometido, hacen cualquier otra cosa y el ciclo se reinicia a cada nueva elección. Eso, como se ve, ocurre en todas partes y también en los Estados Unidos. Y ocurrió con Trump pocas semanas después de asumir el cargo de presidente de los Estados Unidos. El dirigente que venía a terminar con todas las guerras y a no iniciar ninguna nueva no solo no pudo poner un punto final en la locura de Ucrania, sino que además fue a meterse otra vez en Oriente Medio a instancias de Israel. Esta es en pocas líneas la síntesis de los primeros seis meses del gobierno de Trump, quien ha logrado hasta aquí avanzar muy poco en su proyecto de reindustrialización de los Estados Unidos (el que, por otra parte, puede argumentarse como una cosa a mediano y largo plazo) y también fracasó en su propósito antibelicista.
De no tener demasiadas ganas de averiguar las razones detrás de lo visible, el atento lector podría simplemente concluir aquello que antes quedó enunciado, a saberlo, el que los dirigentes políticos prometen para ganar las elecciones y luego, una vez alcanzado ese objetivo, no cumplen lo que han prometido. Trump podría entonces caer en la vulgar categoría del demagogo que lo es porque sí y se trataría entonces de una simple estafa electoral como las que abundan en el llamado “tercer mundo” ante una sociedad que no está habituada aquí a exigirles a los dirigentes el cumplimiento de sus compromisos. Pero esa conclusión sería insuficiente y además estaría reñida con la lógica allí donde resulta difícil entender la razón del incumplimiento que es una renuncia gratuita a la gloria. ¿Por qué un dirigente como Trump, ya en el ocaso de su carrera y de su vida, habría de incumplir renunciando a escribir su nombre en el bronce de la historia? ¿Por qué?

No tiene ningún sentido. Por lógica, si a un dirigente le es dado optar entre cumplir y no cumplir lo prometido va a elegir siempre lo primero si el hacerlo no implica costo alguno, esto es, si para cumplir lo único que debe hacer es ejercer el cargo público para el que fue electo. En el caso específico de Trump el contraste es muy claro: si terminar con las guerras en curso y no iniciar ninguna nueva dependiera de una simple cuestión ejecutiva que es siempre una decisión política autorizada por el cargo político, entonces el no cumplir ese compromiso no podría explicarse de forma alguna salvo apelando a esa brujería muy utilizada por la historiografía liberal que es la psicología de los dirigentes. Dicho de otra forma, si Trump no termina con las guerras actuales y encima inicia guerras nuevas pudiendo hacer todo lo opuesto es porque está loco, tiene incorporado el mal en su personalidad, no está interesado en el bronce o todas las anteriores.
Esa es evidentemente una estupidez porque nadie procede así y tampoco hay locos en la política. La lógica indica que si Trump no hace aquello que prometió en campaña no es porque no quiere, sino porque no puede hacerlo. Y entonces la investigación empieza a ser más conducente al partir del principio ya bien conocido a esta altura de que el poder político no es ilimitado ni mucho menos y más bien todo lo contrario. La conciencia del poder fáctico de tipo económico por encima de las decisiones políticas tendrá que orientar cualquier argumentación a la hora de averiguar el porqué de ciertas decisiones que no parecen tener sentido o son directamente contradictorias respecto al discurso. De un modo general, la conclusión es que cuando un dirigente incumple sus promesas es porque algún poder superior no le permite cumplirlas.
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