Con la II Guerra Mundial ya prácticamente resuelta y a punto de finalizar en el campo de batalla, los líderes de las dos naciones que habrían de emerger del conflicto como superpotencias globales habrían de reunirse en Yalta en los primeros días de abril de 1945 con el objetivo de establecer el nuevo ordenamiento jurídico a nivel global para la posguerra, el que perduraría hasta el presente. Los Estados Unidos y la Unión Soviética, aliados durante el conflicto contra la tercera posición nacionalsocialista, llegaban a Crimea con la firme resolución de instalar en la mayor cantidad posible de territorio el liberalismo o el socialismo, sus respectivas ideologías, proyectos políticos o cosmovisiones. Era el amanecer del orden mundial comúnmente llamado bipolar que iba a manifestarse en la Guerra Fría inmediatamente posterior a la derrota nazi. Aunque finalmente y en la práctica Washington habría de imponer la unipolaridad, es innegable que el socialismo soviético ocupó el lugar de superpotencia global después de 1945 y hasta la última década del siglo XX.
Esa es la importancia histórica de la Conferencia de Yalta, a la que también acuden los británicos gracias a la buena voluntad de los estadounidenses. Franklin Roosevelt, José Stalin y Winston Churchill, por lo tanto, estuvieron sentados alrededor de esa mesa chica de las decisiones en febrero de 1945. Meses antes de hacerse efectiva la rendición alemana al caer Berlín en manos del Ejército Rojo, el liberalismo occidental y el socialismo oriental ya negociaban el reparto del botín de guerra pues la derrota del Eje se veía venir y, de hecho, antes de Yalta se realizaron sendos ensayos de entendimiento entre los aliados en Casablanca, en El Cairo y en Teherán, aquí ya con la presencia de los soviéticos. Pero a diferencia de Yalta y de Potsdam, que fue la cumbre postrera y última entre los ganadores en 1945, todas esas conferencias se dieron en el marco de un conflicto en curso y con el fin de establecer estrategias para el esfuerzo de guerra común. En Yalta y después más claramente en Potsdam —ya semanas después de la caída efectiva de Berlín— la discusión será directa y abiertamente sobre la forma que habría de tener el nuevo orden mundial.

Ya para el invierno boreal de 1945, al desembarcar Roosevelt y Churchill en una Crimea previamente devastada por los bombardeos alemanes, la Unión Soviética había ocupado la totalidad del territorio de Polonia y estaba a punto de lanzar su contraofensiva sobre Alemania teniendo en el terreno tres veces más tropas que todos sus aliados combinados. Con el diario del lunes es fácil comprender que Stalin había organizado la conferencia de local, con una enorme ventaja sobre sus socios y que tenía pretensiones territoriales sobre Alemania o, en última instancia, sobre la totalidad del subcontinente europeo. Stalin quería realizar el proyecto euroasiático tan anhelado por los rusos desde tiempos inmemoriales y la clave para esa realización estaba en la sofisticada industria alemana: la combinación de los virtualmente ilimitados recursos naturales (minerales, combustibles, tierras raras o fértiles para la producción de alimentos, etc.) de la Unión Soviética con la industria de Alemania solo podía resultar en la constitución de la primera potencia global por lejos. Stalin lo sabía y por eso llegó a Yalta con la firme resolución de meterse el territorio alemán en el bolsillo.
Es probable que si hubiera dependido de Roosevelt eso efectivamente es lo que habría pasado. Al parecer, el estadounidense tenía conciencia de que los soviéticos habían ganado o estaban a punto de ganar la guerra poniendo el cuerpo en el campo de batalla. Se estima que la Unión Soviética ofreció en sacrificio a unos 30 millones de los suyos para derrotar a Hitler y se sabe que sufrió mucha devastación en su propio territorio. Los Estados Unidos habían provisto los recursos para hacer la guerra, pero no fueron golpeados en su territorio más allá del sospechoso incidente de Pearl Harbor, bien lejos del continente, tuvieron que lamentar una fracción de las bajas padecidas por sus socios soviéticos y verdaderamente solo se metieron en la guerra cuando la tendencia fue favorable y por presión de un complejo industrial-militar que quería hacer negocios. Roosevelt sabía lo que la historiografía liberal con su enorme aparato propagandístico se encargó luego de ocultar y es que la victoria contra el nacionalsocialismo de Hitler fue la obra de Stalin, que los soviéticos ganaron la II Guerra Mundial.

A diferencia de Stalin, que se mostraba vigoroso, Roosevelt llegó a Yalta ya muy cansado y enfermo, aunque a sus 63 años era más joven que su par soviético. Después de cumplir tres mandatos presidenciales consecutivos y haber empezado un cuarto —fue en la historia de los Estados Unidos el único presidente reelecto más de una vez—, Roosevelt había acumulado el desgaste que lo hacía ver mucho más anciano de lo que realmente era. En estas condiciones debió negociar en Yalta el reparto del mundo frente a un Stalin al que él y todos sus contemporáneos consideraban el gran ganador de la guerra. Eso conspiraba lógicamente a favor de que el soviético se saliera con la suya en buena parte de sus reivindicaciones. Con Roosevelt del otro lado del mostrador la Conferencia de Yalta sería para los soviéticos el inicio del proceso de oficialización de su triunfo concreto en el campo de batalla, o al menos el reconocimiento del hecho por parte de los Estados Unidos mediante la moderación de sus propias pretensiones territoriales en Europa.
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