La farsa del multiculturalismo en los Estados Unidos

Pese al discurso ideológico de carácter “progresista” que se construye y se difunde para lavar culpas y deslindar responsabilidades, en los Estados Unidos no existe y probablemente jamás existirá la multiculturalidad. En la realidad fáctica, lo que existe es una mimetización de las razas consideradas inferiores a la cultura hegemónica. Por otra parte, al no tener lugar el mestizaje— pues la cultura anglosajona considera negativa la mezcla al basarse en la teoría de la pureza racial— el país es la suma de grupos aislados como compartimientos estancos y siempre en mutua tensión. Como sociedad los Estados Unidos son inviables y solo se sostienen gracias al poder de la propaganda ideológica falsificada.
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Episodios como la elección de Zohan Mamdani para alcalde en la ciudad de Nueva York —y años atrás, la elección de Barack Obama a la presidencia de la Nación— han suscitado toda clase de lecturas incorrectas de parte de la izquierda bienintencionada, que suele resaltar como un hecho a destacar la supuesta evolución de la sociedad estadounidense, desde el segregacionismo fundacional que se remonta a la Guerra Civil hacia un presunto “multiculturalismo” que supuestamente estaría en vigencia en la actualidad. Sin embargo, como ya ha sido expresado en este espacio con anterioridad, la elección de un negro o de un individuo de origen árabe para que ocupen espacios de relativo poder en la administración del Estado está lejos de significar un avance en materia de integración social. Más bien, es un síntoma de lo contrario.

Porque en los Estados Unidos no coexisten diversas culturas, no existe una multiplicidad de comunidades conviviendo en armonía y perfectamente integradas las unas con las otras. Lo que existe son personas de diverso origen étnico cohabitando el espacio físico bajo el estricto imperio del supremacismo blanco, entendiendo por “blanco” un estilo de vida occidental en un sentido cultural más que étnico. En rigor, en los Estados Unidos hay que ser occidentales a como dé lugar para aspirar a integrarse a la sociedad (y tan solo aspirar, como se verá más adelante), independientemente del color de la piel o el origen de los antepasados.

Esto es exactamente lo opuesto al multiculturalismo pregonado desde el sector izquierdo y denunciado por el sector derecho de la grieta ideológica. En los Estados Unidos se puede ser árabe, se puede ser indio, se puede ser negro, se puede ser marrón, se puede ser chino, se puede ser de cualquier color o de cualquier país, lo que no está permitido bajo ningún punto de vista es que cada uno conserve precisamente los fundamentos de su cultura. Eso es exactamente lo opuesto al multiculturalismo, es el paroxismo del supremacismo occidental, “blanco” en un sentido ampliado.

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Al igual que Zohran Mamdani en los días de hoy y básicamente por ser negro, Barack Obama confundió a la izquierda bienintencionada con expectativas que claramente eran y siguen siendo falsas. La idea de que los Estados Unidos pueden ser mejores si en el sillón de la Casa Blanca no está sentado un hombre blanco no solo no hace que esa potencia imperialista sea más humana, sino que además tampoco es evidencia de que exista algún multiculturalismo en esa sociedad puertas adentro.

En los Estados Unidos no importa tanto ser ciento por ciento caucásico en tanto y en cuanto el individuo sea blanco en su mente, en su corazón, en su alma, en sus aspiraciones, en sus valores, en su ética y en sus prioridades. Los musulmanes pueden serlo siempre y cuando emulen el estilo de vida occidental y practiquen el laicismo en la esfera pública, los negros son necesarios en todos los ámbitos para sostener la pantomima de la inclusión y otro tanto puede decirse de los hispanos, los hindúes, los chinos o cualesquiera otras minorías étnicas que hoy se ven sobrerrepresentadas en las películas de superhéroes y los canales de entretenimiento.

La única condición que se les impone a esas minorías para lograr la sobrerrepresentación es que se autoperciban “blancas” en su fuero interno: sus miembros deben hablar como estadounidenses, vestirse como estadounidenses, sentirse estadounidenses, abrazar la cultura occidental como una panacea y sobre todo, deben pensar como estadounidenses. Un poquito de exotismo está bien, está permitido probar algún que otro manjar proveniente de esos recónditos lugares del mundo que el estadounidense promedio imagina en tonos sepia, influenciado por los filtros cinematográficos.


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