El último escollo

Como un elemento que puede ser decisivo en la geopolítica grande, Irán aparece como una trampa que los Estados Unidos no quieren pisar en el contexto de la actual guerra por la imposición de un nuevo orden mundial. Sus rivales en dicha pugna, China y Rusia, esperan pacientemente y en silencio que Trump no pueda resistir a la extorsión israelí y meta a los Estados Unidos en un conflicto del que probablemente no sepa salir y donde finalmente, al ser obligado a concentrar su fuerza bélica, termine por descubrir otros flancos. ¿Será Irán la tumba del imperialismo occidental?
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Aunque una vez más los medios de difusión en Occidente y en las colonias hicieron la ocultación de aquello que no les conviene a sus controladores, las élites globalistas que dominan la política en esta parte del mundo, en los primeros días de febrero tuvo lugar en Irán un muy simbólico acto de protesta. En el marco de las celebraciones por un nuevo aniversario de la revolución de 1979, en diferentes plazas del país fueron quemadas estatuas de Baal, una deidad canaanita vinculada al sacrificio de seres humanos, fundamentalmente de niños. El acto viene en clara referencia al escándalo por la revelación de parte de los archivos de Epstein y es la demostración de que en Irán se sabe sobre las élites occidentales algo más de lo que ha sido revelado hasta ahora en los 3,5 millones de documentos desclasificados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos.

De hecho, los iraníes sugieren concretamente que esos archivos son apenas la punta del iceberg y que el problema de fondo no es que unos dirigentes yanquis hayan sido documentados en situación de estupro con adolescentes unos años por debajo de la edad legal. El sentido común del pueblo-nación iraní ya sabe a ciencia cierta lo que en los Estados Unidos apenas se intuye y todavía se sigue definiendo como “conspiranoia”: las élites occidentales hacen rituales que podrían caracterizarse como satanistas y que incluyen el abuso y el sacrificio de niños muy menores, con consumo de adrenocromo mediante. Todo esto es lo que afirman saber y denuncian los iraníes con el acto simbólico de incinerar públicamente estatuas de Baal. Lo que hay aquí es un mensaje claro: “Pueden distraer a las mayorías en Occidente, pero en esta parte del mundo, aquí, en China y en Rusia, sabemos bien qué hacen y al menos nosotros estamos dispuestos a decirlo”.

Entonces la existencia de Irán constituye un serio escollo para las élites de Occidente, tanto porque los iraníes no cooperan en la implementación del plan de dominación global anhelado por dicha sinarquía como porque no tienen miedo a decir lo que saben. En Oriente de un modo general y en Irán particularmente no existen esas limitaciones legales que aquí se sistematizaron en la categoría de “discurso de odio”, es decir, no ocurre una persecución judicial contra los individuos y las entidades que tienen algo para decir respecto al comportamiento de los dueños del mundo. Irán es un escollo para la sinarquía internacional porque allí está permitido hablar de lo que aquí está prohibido al homologarse erróneamente con la difusión de odio hacia ciertos grupos étnicos y religiosos minoritarios. Y el resultado solo puede ser la sublevación generalizada puesto que el primer paso para la resolución de cualquier problema es poder hablar de la cuestión.

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Estatua de Baal —con las banderas de Estados Unidos e Israel, además de la foto de Donald Trump, a sus pies— a punto de ser incinerada como signo de protesta y denuncia en una plaza de Irán. Al no existir en Oriente ciertas limitaciones legales sobre la expresión que en Occidente y en las colonias son moneda corriente, en países como Irán se forma la conciencia acerca de la real naturaleza satanista de las élites globales. Y eso hace de Irán un gran escollo para el poder fáctico.

En Occidente y aquí en las colonias estos temas no pueden discutirse, nadie puede decir que el rey está desnudo sin ser sujeto de una denuncia penal por difusión de “discurso de odio”, aunque claramente no haya nada de eso. Lo que se hace en Irán no es decir que tal o cual minoría étnica o religiosa está en la totalidad de sus individuos afiliada al culto satánico de oscurísimas deidades antiguas, exigentes estas de sacrificios humanos. Lo que se afirma es que una muy poco numerosa élite —independiente de religiones o de etnias— está implicada en esos chanchullos y que, además, ese grupo tiene el control de los resortes del mundo. Es una simple denuncia al poder fáctico de tipo económico que en esta parte del mundo se logra insólitamente homologar en la categoría de “discurso de odio” y censurar, razón por la que del tema prácticamente no se habla.

Entre los millones de documentos desclasificados a fines del mes pasado por el Departamento de Justicia en Washington hay e-mails de cuyo contenido se desprende el hecho fáctico de que Jeffrey Epstein utilizaba el nombre “Baal” para identificar su cuenta bancaria. No es un dato menor tratándose del operador de inteligencia que construyó la red de espionaje y extorsión más grande de la historia de la humanidad, haciéndolo precisamente mediante la documentación de actos de pedofilia o, de acuerdo con los iraníes, de algo incluso más oscuro que eso. La referencia es clara, está todo a la vista como nunca, pero Epstein pertenece a una determinada etnia o religión y además estuvo al servicio de una entidad nacional que se constituyó como bastión supuesto de esa misma etnia o religión. Ahí ocurre la homologación donde una alusión al culto de Epstein a Baal se convierte aquí en “discurso de odio” contra toda una minoría étnica o religiosa. Y se prohíbe.

Con el liderazgo moral de tipo carismático de Alí Jameneí los iraníes han logrado sofocar todos y cada uno de los intentos de desestabilización impulsados por los servicios de inteligencia estadounidense e israelí desde 1979 hasta la fecha. Son casi 50 años de resistencia activa basada en la comprensión del enemigo, en saber a ciencia cierta qué podría suceder en el país si llegara a triunfar la oposición financiada por el poder fáctico de las élites occidentales. He ahí la importancia de la libre circulación de la verdad sobre el mal absoluto.

Por carácter transitivo, parecen decir. Pero se trata de un ardid que el poder aplica para blindarse ante la crítica y la denuncia, se trata de una secta muy poco numerosa de gente muy poderosa que se esconde detrás de una identidad étnica o religiosa —la que además no tiene u honra en su práctica social— para llevar a cabo un plan político a nivel global. Esta es la razón por la que en Occidente y aquí en las colonias nadie llega a la conclusión lógica sobre qué significa toda la simbología empleada por Epstein y por las élites de un modo general, todo pasa por simple metáfora de cosas que no existen más que en la imaginación de los individuos. Es “conspiranoia”, no pasa de “conspiranoia” deducir lógicamente que no es accidental el hecho de que Epstein anduviera exponiendo su culto a Baal mientras extorsionaba a los dirigentes con pruebas de abuso contra menores.

Esta es, entre otras, la razón por la que nadie aquí comprendió que el ruso Vladimir Putin no aplicaba metáfora alguna al decir que “Desde hace siglos las élites occidentales están acostumbradas a llenarse el vientre de carne humana y los bolsillos de dinero, pero deben entender que el baile de los vampiros se acaba”. Putin pudo decir todo esto abiertamente porque, al igual que en Irán, no existen en Rusia restricciones jurídicas a la crítica y la denuncia contra las élites globales. Pero acá los dichos del líder ruso fueron presentados como una vulgar metáfora política donde la “carne humana” serían las riquezas y los recursos. Putin habló sin eufemismos de un “baile de los vampiros” y casi nadie fue capaz de interpretar literalmente sus dichos, los que en su momento cayeron más o menos en saco roto al no haberse introducido previamente el asunto en el sentido común.

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El episodio del Pizzagate sigue considerándose una “conspiranoia” en los Estados Unidos y en Occidente de un modo general al no haber logrado sus impulsores demostrar la existencia de una red de trata de menores con fines muy oscuros. Pero la revelación de una parte (aunque superficial) de los archivos de Epstein podría cambiar esta situación hasta generar entre los yanquis un conato de conciencia que, como se sabe, ya existe en Irán y en Oriente sobre el proceder macabro de los poderosos.

Ahí está la diferencia actual entre Occidente y sus colonias y ese Oriente en un sentido ampliado —Rusia y China, pero también Irán, Corea del Norte y demás retobados— en términos de estado del sentido común y de calidad del debate público. Mientras aquí los medios cubren a sus propietarios distrayendo a la opinión pública para que esta no vea ni sepa de qué se trata, además porque hay consecuencias judiciales para el que se atreva a hacer algo ligeramente distinto a esto, en Oriente está permitido decirlo todo respecto a las élites globales, está permitido decirlo abiertamente como lo hizo Putin en su momento y como lo hacen los iraníes al prender fuego estatuas de Baal en referencia a Epstein, por ejemplo. Y el resultado es que la opinión pública está mejor informada, mejor preparada para asimilar la verdad cuando esta tiene la ocasión de presentarse no metafóricamente.

Eso es lo que pasa en Irán y de ahí que Irán sea un enorme escollo para las ambiciones globalistas de los vampiros occidentales. Alguien podría aducir que Oriente es como un planeta distinto y algo de razón habría en ello, lo que en esta parte del mundo constituye un tabú porque suele llenar de culpa al hombre empapado de la cultura occidental no necesariamente tiene el mismo efecto en Oriente. Pero el resultado no varía: sociedades orientales como la de Irán están por lo general mejor informadas que las nuestras y por eso son prácticamente invulnerables frente a las operaciones de cambio de régimen orquestadas por las élites globales. El iraní promedio conoce la naturaleza real del enemigo, sabe que en la oposición al régimen de los ayatolás lo que hay son vampiros. El iraní promedio sabe que la alternativa no es alternativa en absoluto y por lo tanto fracasan, uno tras otro, los intentos de desestabilización interna del régimen.

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El líder ruso Vladimir Putin advirtió abiertamente, al calor del conflicto en Ucrania, que estaba por terminarse el baile de los vampiros que se alimentan de carne humana. En esta parte del mundo no existe el nivel de conciencia suficiente para comprender que los dichos de Putin fueron y siguen siendo literales, razón por la que la advertencia cayó en saco roto al pasar por una simple metáfora. Pero en Oriente las mayorías saben que Putin no habló en sentido figurado.

El escollo entonces solo puede ser removido mediante la agresión externa, que es la guerra común y silvestre que únicamente los Estados Unidos están en condiciones materiales de hacer. De ahí la insistencia de un dirigente como Benjamín Netanyahu en exigirle todos los días a Donald Trump el compromiso de Washington en una campaña militar “a todo trapo” contra Teherán. Netanyahu apremia, amenaza con hundir a Trump activando el objeto de la extorsión que Epstein recopiló para el Mossad, prácticamente está más en los Estados Unidos haciendo lobby que en Israel gobernando. Pero Trump sigue dando pasos al costado. Un día secuestra a Maduro, al otro provoca a los daneses aliados suyos en la OTAN con el tema de incorporar a Groenlandia al territorio de los Estados Unidos. Todo eso para ganar tiempo y demorar una decisión que para él es un dilema.

¿Y por qué es un dilema? Porque Irán no solo es invulnerable a operaciones de desestabilización interna, sino que además —al parecer— es capaz de complicársela mucho a los Estados Unidos en el hipotético caso de una guerra abiertamente declarada. Es una deducción lógica la de que si Trump todavía no le dio el gusto a Netanyahu con una guerra contra Irán es porque Washington sabe que dicha guerra no es viable desde el punto de vista de los intereses estadounidenses en esta coyuntura. En otras palabras, la única razón por la que Trump sigue arriesgando con que le caiga la divulgación de la totalidad de las evidencias recopiladas por el Mossad en la isla de Epstein tiene que ser la renuencia de los propios a la temeraria idea de ir a meterse en Irán mientras Rusia y China están al acecho y a la espera de que Trump haga precisamente eso.

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Benjamín Netanyahu viajó una vez más a Washington con la exigencia a Donald Trump de una declaración de guerra contra Irán. Los yanquis saben, no obstante, que allí puede haber una trampa en la que los Estados Unidos terminen finalmente perdiendo su hegemonía unipolar al enterrarse en un conflicto en beneficio no de Irán, pero de Rusia y China, sus verdaderos rivales en la pugna de este siglo XXI. ¿Será Trump capaz de resistir a la extorsión o se meterá en el callejón sin salida donde Putin y Xi Jinping quieren que esté?

Porque, como prescribía Napoleón Bonaparte, no conviene interrumpir al enemigo cuando este está metiendo la pata. La hegemonía unipolar de los Estados Unidos pende de un hilo con Rusia avanzando sobre Europa y China expandiendo su poder por todo el resto del mundo, tanto Moscú como Beijing esperan pacientemente que Washington concentre su fuerza bélica en alguna parte para meterse justamente por las brechas y ocupar los espacios que vayan quedando descubiertos. Taiwán, por ejemplo, que China quiere reincorporar para hacerse del control de la producción de la mayor parte de los microprocesadores de alto rendimiento, podría quedar sin la protección de los yanquis si estos se vieran obligados a reorientar músculo militar hacia Irán en un contexto de dilatación del conflicto. La memoria de un Vietnam donde los yanquis estuvieron casi dos décadas enterrados y sin saber cómo salir sigue fresca en el Pentágono y también en la Casa Blanca.

Irán es un escollo y puede terminar siendo decisivo en el tránsito entre el viejo orden resultante de la II Guerra Mundial y el nuevo orden multipolar propuesto por Moscú y Beijing. Los Estados Unidos saben que no deben meterse ahí, pero tienen por otra parte a su clase dirigente extorsionada y obligada a hacerlo. Y si bien es cierto que en el proceso podrían quedar reducidos a cenizas, pues el poderío militar de los yanquis es suficiente para ello, los iraníes pueden estar actuando conscientemente como un cebo, como esa carnada por la que los Estados Unidos finalmente van a morder el anzuelo o pisar el palito. Es probable que esa vocación de ser la tumba del imperialismo esté inscrita en el ADN de los actuales iraníes, que son los persas de todos los tiempos y al serlo están destinados a ser protagonistas de la historia ayer, hoy y siempre.

La respuesta a este interrogante, en todo caso, no debe tardar en aparecer.


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