La crisis que atraviesa Argentina no es solo económica ni institucional, sino ante todo una crisis de representación. Se trata de una ruptura profunda entre dirigencia y pueblo alimentada por el vaciamiento de la política como herramienta de transformación y por el fracaso práctico tanto de la democracia representativa liberal que opera como democracia colonial como de sus ensayos participativos degradados. La credibilidad popular como fenómeno ético-afectivo no se recuperará con reformas técnicas ni con gestos simbólicos aislados, aunque quizá lo haga con el descubrimiento intuitivo de un nuevo conductor que predique con el ejemplo, persuada desde el humanismo sin retórica y reorganice la comunidad en torno a un proyecto común, tal como lo concibe la formulación doctrinaria del justicialismo.
En general, la sociedad se muestra dispuesta a creer en un Dios al que no ve, que no habla y que muchas veces parece no cumplir. En cambio, esa misma sociedad desconfía intensamente del hombre de carne y hueso que dice representarla, aun cuando aparenta ser racional, transparente o cercano. La paradoja no es menor. Creer no es una decisión pueril ni excepcional, es una necesidad constitutiva del ser humano, una disposición inevitable a confiar en algo que otorgue sentido, dirección y esperanza. Cuando esa creencia se quiebra en el plano político, lo que entra en crisis no es solo una institución o un sistema, se desmorona una dimensión espiritual de la vida colectiva allí donde la política deja de ser núcleo articulador y se reduce a mera administración del orden vigente, un orden que ha jugado históricamente en contra del interés popular.
Descreer no equivale a negarse para siempre. En la dinámica social, el descreimiento no suele ser una determinación definitiva, se manifiesta más bien en una autoprotección frente a la reiteración del engaño, la promesa incumplida y la burla. El problema no radica en la falta de voluntad de creer, sino en una imposibilidad cultivada y sostenida en el tiempo, resultado de una verdadera ingeniería del descreimiento. Al individuo no solo se le ofrecen motivos para desconfiar, además se lo desalienta activamente cuando intenta volver a creer y se lo ridiculiza por su esperanza en estado latente. Así, la incredulidad deja de ser una elección personal y se convierte en una atmósfera permanente impuesta de manera deliberada que inmoviliza la capacidad de recomponer la confianza perdida.

Más que un fallo en la conducción política, se ha quebrado la relación ética entre el pueblo y quienes dicen hablar en su nombre. La distancia no se mide solo en discursos incumplidos, se mide en la ausencia de respuesta frente a las consecuencias materiales de las decisiones políticas. Cuando el mandato recibido se ejerce de forma sistemática en perjuicio de quienes lo otorgaron, el daño deja de ser contingente, se vuelve estructural y se instala una sensación amarga y persistente de desamparo.
Esa reiteración no produce simplemente una desilusión de tipo electoral, el resultado es algo más corrosivo: la convicción de haber sido traicionados. Es esa herida abierta la que explica el agotamiento del vínculo político mucho más que cualquier reproche que responsabilice al pueblo por su propio alejamiento de la vida pública.
Los resultados electorales de los últimos comicios legislativos no deberían leerse solo como una sumatoria de porcentajes, pues expresan un mensaje político elocuente. El aumento del abstencionismo electoral y del voto en blanco no expresa indiferencia ni ignorancia, es además una forma pasiva pero contundente de rechazo y castigo. Allí donde una parte significativa de la sociedad se retira del acto eleccionario o se niega a validar las opciones disponibles, no hay apatía sino decepción acumulada. Esa comunidad silenciosa no se ha vuelto antipolítica, ha quedado sin representación creíble. Y su recuperación no depende de campañas publicitarias ni de lecciones de civismo, se desprende de la capacidad de ofrecerle una alternativa que vuelva a merecer su confianza. De no ser así, ese alejamiento prolongado puede derivar en apatía y abrir la fase siguiente, una crisis de legitimidad del propio sistema democrático, que tanto presume de soberanía popular.
En este escenario los grandes medios de comunicación operan como eficaces disciplinadores del sentido común y pedagogos del escepticismo político. No solo desinforman, sino que moldean percepciones, emociones y límites de lo pensable. Mediante la saturación constante de opiniones sesgadas, la ironía venenosa y la rebaja intencionada de la política al escándalo, contribuyen a desacreditarla y a presentarla como una actividad irremediablemente denigrada. Toda alternativa que no encaje en el menú permitido es trivializada, caricaturizada o directamente silenciada. Los medios no se limitan a mostrar el descreimiento social: lo producen y lo reproducen, cerrando el paso a cualquier proyecto que cuestione seriamente el orden establecido.

En la tradición de la filosofía clásica la credibilidad nunca fue un asunto menor ni accesorio. Para los griegos la política no se sustentaba únicamente en sus instituciones, también en la confianza que vinculaba a los ciudadanos entre sí y con quienes conducían la polis. Sin un mínimo de pistis, de fe cívica, no había comunidad posible ni objetivo común capaz de mantenerla cohesionada. Cuando esa confianza mutua se quebraba la vida política se fragmentaba en luchas de facciones y perdía toda orientación hacia un fin compartido. En ese sentido, la crisis actual no expresa un simple desgaste institucional, es la concreción de una pérdida de principios fundantes, de la creencia en la política y en que quienes la ejercen están a la altura de conducir el destino de la nación.
En el plano psicológico, el descreimiento no aparece como un rasgo espontáneo ni como una virtud crítica, es más bien un mecanismo defensivo frente a cada nueva frustración. El sujeto que ha sido engañado una y otra vez aprende a protegerse no esperando, no comprometiéndose, no confiando. El desencanto refleja la huella duradera del agravio acumulado. Lejos de producir sujetos más libres o más conscientes el descreimiento tiende a consolidar individuos retraídos, incrédulos por cansancio y alejados de toda expectativa de cambio.
Ese repliegue individual se volverá clima colectivo. El descreimiento se socializa, se normaliza y se transmite como sentido común hasta convertirse en la forma dominante de relación con la política. La comunidad deja de pensarse como sujeto histórico solidario y se disgrega en acciones dispersas, cada vez más desconectadas entre sí. Donde ya no existe confianza compartida solo queda supervivencia individual frente al colapso del tejido social. El resultado no es una sociedad más crítica sino un cuerpo social desarticulado, fácilmente manipulable, incapaz de proyectarse en el tiempo y políticamente controlable.

Hay, sin embargo, un resto que persevera incluso en los momentos de mayor abatimiento. Cuando a fin de año se brinda y se formulan deseos, aunque se espere que algo cambie sin saber cómo, se manifiesta una necesidad profunda de volver a creer. Nadie desea desde la nada ni espera aquello que considera imposible. Ese gesto mínimo repetido casi de manera ritual revela que el resquemor no ha logrado anular del todo la perspectiva de sentido. En una sociedad golpeada subsiste una reserva íntima de esperanza que permanece en pausa a la espera de algo o de alguien que restituya la confianza perdida. Se reconoce en quienes leen estas líneas la necesidad de seguir creyendo, aun cuando el desánimo parezca haber ganado la batalla.
La irrupción del General Juan Domingo Perón en la vida política argentina no respondió a una operación de marketing ni a una construcción artificiosa del poder, respondió a un proceso de reconocimiento mutuo entre un conductor y su pueblo. No fue impuesto ni autoproclamado, fue descubierto. Su modo de conducir se basó en una regla simple y comprobable que él mismo formuló con claridad: mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar. El pueblo supo leer en sus actos una coherencia poco frecuente entre palabra y decisión, entre promesa y cumplimiento.
Esa identificación no nació de la adhesión ideológica previa, fue la materialización de una vivencia concreta de dignificación social, ampliación de derechos y organización de la comunidad. Perón no habló en nombre del pueblo como abstracción. Lo constituyó en sujeto histórico y político. En ese gesto fundacional se selló una relación política que no dependía de la coyuntura ni del humor social, sino de una verdad práctica verificable.
Se sostuvo en el tiempo esa relación porque estuvo basada en una lealtad mutua racional y espiritual, no meramente sentimental. El pueblo fue leal a Perón porque Perón fue leal al pueblo, incluso en la adversidad, el exilio y la proscripción. Cumplir no fue para él una consigna ética declamada, fue una forma de conducción. Por eso, aun en sus últimos días, cuando ya no podía ofrecer horizontes inmediatos ni soluciones simples, su palabra seguía siendo creída. No porque prometiera más, sino porque había cumplido antes. Allí radica la diferencia decisiva con el presente. Perón no fue creíble por lo que decía, su trayectoria demostró que la política podía ser un instrumento de transformación y no una gestión resignada de lo posible.

El problema del presente es que aquello que se dice “peronismo” ha perdido en gran medida esa verdad práctica que lo volvió creíble en su origen. No por un error puntual, sino por una claudicación doctrinaria y un desviacionismo de tipo progresista de su dirigencia que lo fue alejando del pueblo real para reemplazarlo por una retórica identitaria autosatisfecha, cada vez más desconectada de la vida cotidiana de las mayorías. A esas mayorías se las ignoró por completo para escucharse solo a sí mismo y a los dictados de agendas foráneas.
Cuando a la doctrina se la vacía de contenido y se la sustituye por consignas inofensivas, cuando la fidelidad se confunde con obediencia y la justicia social se diluye en asistencialismo clientelar, la credibilidad se erosiona. El que abandonó al peronismo, un falso peronismo en decadencia se apartó del pueblo y rompió la lealtad al mandato póstumo de Perón.
En esa pérdida de credibilidad se encadenaron, con estilos distintos pero efectos convergentes, las experiencias políticas de las últimas décadas. El kirchnerismo terminó por desproteger al pueblo al reemplazar la organización, el trabajo y la producción por una lógica de administración del conflicto sin resolverlo, sostenida en relatos funcionales a la dependencia. El macrismo, desde el liberalismo explícito, trató a la sociedad con cinismo, despolitizando la política mediante el gerenciamiento y la subordinación al mercado. Y con Javier Milei ese proceso mostró su rostro más brutal. Frente al hartazgo y al desengaño social, respondió con sarcasmo, crueldad y humillación pública. No se trata de fenómenos inconexos, es una secuencia nefasta en bloque que explica por qué una parte creciente del pueblo se siente expulsada de la política y descree de todo aquello que se le ofrece como opción. Una opción falsa, mera simulación electoral, distintas caras de una misma moneda.

No es cierto que no haya nadie. La escena política ha sido diseñada para que solo sea visible aquello que pueda ser controlado, neutralizado o cancelado. Todo lo que desborda ese esquema queda fuera de foco no por irrelevante sino por incómodo y peligroso. Por eso las condiciones que hoy harían creíble a un conductor junto con su proyecto nacional, rara vez encuentran pantalla o amplificación. Coherencia entre palabra y acción, sensibilidad social sin impostura, arraigo doctrinario sin obediencia ciega, decisión sin estridencia. No tiene que ver con atributos efectistas, más bien con una forma de ejercer la política que no requiere sobreactuar.
Ese tipo de figura no aparece en la superficie, pero existe. Está más cerca de lo que se cree, incluso más cerca de lo que se busca. La dificultad no es su ausencia sino el desgano social de volver a mirar después de tantas derrotas. Los medios contribuyen a ese agotamiento, tapando con ruido y caricatura cualquier propuesta alternativa, hasta volver estéril la búsqueda misma. Pero lo que no se nombra no desaparece. Permanece esperando que alguien vuelva a ejercitar una mirada menos domesticada y una voluntad no resignada, como la luz que sigue existiendo aun cuando la oscuridad la cubre o la verdad que prevalece aun cuando la mentira intenta ocultarla.
Toda época de extravío produce sus propias figuras de espera. No como ilusión profética sino como demanda de sensatez. Cuando una sociedad se cansa de las máscaras, empieza a imaginar, a veces sin advertirlo, la llegada de alguien que no encaje en los moldes conocidos, que no responda a las identidades gastadas ni a estéticas del poder. No es una expectativa mística, es política en su forma más axiológica. Es la necesidad de que aparezca una conducción disruptiva e irreverente con el poder, que prometa orden, orientación y la unión de todos los argentinos al servicio de la patria, no meramente salvación.

En el imaginario social puede leerse la llegada o el despertar de un “Hombre Gris”, no como anuncio literal ni como predicción del “Nostradamus argentino”, como símbolo que anticipa una transición inminente. Gris por síntesis, no por indefinición, matizado por el azul celeste y blanco que le da raíz en la historia y en la identidad nacional. Gris por estar entre extremos agotados, por no responder a dicotomías aparentes que ya no explican nada. ¿Acaso por representar una tercera posición nacional justicialista? Tal vez no importe el nombre ni la forma exacta. Lo decisivo es que a esa figura nadie la impone desde afuera, emerge cuando una comunidad vuelve a estar preparada para reconocerla como auténtica. Y ese momento, más que venir, suele descubrirse.
No alcanza con sobrellevar el descreimiento, hay que revertirlo hacia una conciencia crítica. Transformar la desconfianza en interpelación, el escepticismo en criterio propio, la fatiga en voluntad organizada. Solo así puede surgir un nuevo sujeto histórico capaz de reconstruir un proyecto de país sin caer en las trampas del pasado. La esperanza no es solo optimismo. Es disciplina política, método y unidad de concepción y de acción sostenida en el tiempo. El descreimiento se vence con hechos pequeños, sostenidos y verificables, no con discursos encendidos. Con una pedagogía política que vuelva a enseñar que el lazo comunitario tiene valor social y no deja lugar al engaño.
Volver a creer no es un acto ingenuo ni basta con un salto de fe, es una decisión política exigente. No implica delegar ni esperar milagros, sino animarse a buscar pese al aturdimiento que disuade y al hastío que incita a rendirse. Creer, en medio de esta desolación no es aceptar lo dado, es una forma de interrumpir la inercia y volver a moverse. Ese puede ser hoy el primer gesto verdaderamente transformador, no dejar de buscar aun cuando nadie garantice el hallazgo.
Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o
suscríbase.