Escuchar a los mayores

Una forma de empezar a explicar la decadencia generalizada de esta modernidad tardía devenida en posmodernidad es por la importancia social que se les da a los mayores. Actualmente la vejez es un valor negativo, los ancianos suelen ser marginados y la consecuencia es la no transmisión de sus conocimientos a las nuevas generaciones. Privados entonces de esta fuente inagotable de sabiduría, los jóvenes no se desarrollan correctamente y tienden a permanecer en un estado de vulnerabilidad frente al poder. Escuchar a los mayores podría ser la solución para buena parte de la problemática actual.
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Uno de los peores vicios de la sociedad occidental es el culto a la juventud entendida como un valor en sí misma y en consecuencia, el desprecio hacia los mayores. Cada vez es más frecuente ver cómo los ancianos en Occidente permanecen en el abandono y la soledad mientras los jóvenes se aíslan de ellos, lanzándose a la vida sin haber recibido el consejo o la sabiduría de quienes llegaron antes al mundo.

Es una pérdida para ambos: los ancianos dejan de sentir que su vida tiene un propósito y los jóvenes desaprovechan la oportunidad de acceder a una fuente de conocimiento práctico mucho más rico que la Wikipedia o las redes sociales, un conocimiento que hunde sus raíces en la cultura de cada sociedad en un momento dado de la historia y que por lo tanto no prescribe.

Así, la juventud en la sociedad occidental descarta arrogantemente a los ancianos considerándolos casi como una reliquia del pasado sin la mayor utilidad, un artefacto obsoleto por falta de actualizaciones. En el medio, se pierde además una dimensión humana fundamental para el aprendizaje de las habilidades sociales: la comunicación con seres humanos de carne y hueso, no mediada por la tecnología. Privilegiando la velocidad y la eficiencia se resigna la riqueza de la humanidad.

Los jóvenes prefieren ignorar el pasado o a lo sumo investigar sobre él consultando fuentes electrónicas antes que abrevar en los conocimientos prácticos de sus mayores. Y los mayores, por su parte, hacen lo imposible por imitar la inmadurez y la impulsividad de la juventud para no sentirse obsoletos y en ese sentido se dejan llevar por la estupidización generalizada.

Group of teenagers using mobile phones in hallway at high school.
La relación de los jóvenes en Occidente y en las semicolonias con los teléfonos celulares dichos inteligentes ha llegado a una etapa en la que esos aparatos conectados a internet son la fuente de básicamente todo el conocimiento. Allí está el problema expuesto, ya que los contenidos que los jóvenes consumen son producidos por una élite interesada únicamente en estupidizarlos para dominarlos. La comunicación con los mayores podría ser la solución, pero ese no es un valor positivo en la actual cultura occidental.

La sociedad occidental ha perdido dimensión del activo que constituyen los ancianos en una comunidad, en tanto que banco vivo de la memoria de los pueblos. Muchas de las problemáticas que en la actualidad aquejan a la sociedad posmoderna occidental fueron previstas por líderes de hace cincuenta o sesenta años, hombres y mujeres de quienes se afirmaba en su momento que estaban adelantados a su tiempo.

Pero no lo estaban, sencillamente los líderes de antaño tuvieron en su momento la precaución de escuchar a sus mayores y revisar la historia sobre la base del compendio del conocimiento previo a su época. Hoy en día eso no existe, la investigación por parte de las nuevas generaciones acerca de la realidad de generaciones previas consiste en pedir resúmenes a las llamadas herramientas de inteligencia artificial, a las que alguien, alguna inteligencia real y seguramente interesada, las programa para que respondan en un determinado sentido.

Claro que los mayores suelen analizar la realidad respondiendo a un determinado interés, pero mayormente este interés coincide con el bien común al grupo social al que esos individuos pertenecen, no a las corporaciones privadas propiedad de los tiburones del mundo. La política actual de presionar “seleccionar todo” y “suprimir” el conocimiento previo significa en la práctica que cada generación se atasca y debe reaprender lo que los mayores ya sabían, pero nadie les preguntó.

Así, cada generación se encuentra en la paradoja de verse obligada a investigar desde cero lo que, de haber consultado a los ancianos desde el inicio ya hubiera incorporado y naturalizado como parte de su experiencia social, conociendo lo que aquellos vivieron sin haber tenido que vivir lo mismo. Los mayores son descartados por “estúpidos” tan solo por no ser capaces de dominar los algoritmos y las redes sociales, por no comunicarse a través de memes o aplicaciones de mensajería, mientras que los jóvenes no saben del mundo más que aquello que aprenden a través de las redes sociales y los memes.

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La mitología griega designaba a Hebe como la diosa de la eterna juventud, dando al asunto un claro carácter de quimera, esto es, una cosa propia de los dioses y no de los hombres. La posmodernidad le dio vida a Hebe en el sentido muy negativo de una juventud eterna no del cuerpo y del espíritu, sino del intelecto: la eterna juventud hoy es no llegar a la adultez necesaria, es permanecer en una inmadurez que resulta en vulnerabilidad frente al poder.

Eso es lo contrario a lo que las sociedades tradicionales siempre han practicado, por haber entendido estas que el desarrollo de las comunidades viene de la mano de la continuidad en el conocimiento. Lo paradójico del caso es también que esa operación consistente en aplicar “Control+T” y “Suprimir” a todo lo referido al pasado es fruto de una ingeniería social, tan solo a las masas sometidas se les enseña a renegar de su pasado.


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