En 1974, en un escenario de fuerte y creciente conflictividad política con el peronismo nuevamente en el gobierno, Juan Domingo Perón presentaba la Doctrina para la Reconstrucción Nacional y planteaba que toda revolución debe atravesar etapas sucesivas hasta alcanzar su institucionalización. Leído hoy, ese mismo esquema obliga a una revisión y no porque haya perdido validez, sino porque las condiciones que lo hacían posible ya no existen. El problema cambia entonces de eje. Ya no se trata de identificar en qué punto de esa secuencia se encuentra la Argentina actual, sino de determinar si todavía es posible reconstruir desde cero un proceso político nacional-popular capaz de construir, organizar y ejercer el poder, o si esa posibilidad histórica ha quedado atrás.
La eficacia de un proyecto de reconstrucción nacional no depende solo de la correlación de fuerzas internas, sino también de la configuración del orden internacional y de cuánto espacio deja para actuar. La bipolaridad de la Guerra Fría disciplinó y al mismo tiempo dejó márgenes aprovechables para políticas autónomas, mientras que la unipolaridad de la globalización financiera los cerró y subordinó las decisiones nacionales. La transición actual hacia un reordenamiento multipolar no abre por sí sola un ciclo favorable, sino un campo más inestable, donde las oportunidades descansan menos en cómo se ordena el sistema que en la capacidad efectiva de intervenir y sostener esa intervención.
El adoctrinamiento es la etapa inicial y la condición de toda acción política eficaz. No se reduce a enseñar o inculcar ideas sino que construye un sentido común que produce unidad de concepción y unidad de acción en un sujeto político organizado. Su objetivo es asegurar continuidad y permanencia a la acción revolucionaria.
Con ese fin Perón organizó la Escuela Superior Peronista, las escuelas provinciales y las unidades básicas como dispositivos de formación y encuadramiento, hoy desactivados. Al conocer la doctrina el pueblo encuentra el lenguaje preciso para interpretar la realidad. Es el antídoto frente al engaño sistemático del discurso dominante y de gorilas e impostores que, aunque aparenten defenderla, terminan operando en su contra.

Las circunstancias que hacían posible el adoctrinamiento se topan ahora con un medio mucho más hostil. La fragmentación del tejido social, la mediatización de las subjetividades, el debilitamiento del sindicalismo como fuerza organizadora y la ruptura de la representación política impiden la fijación de un sentido común y la constitución de un sujeto político organizado. El adoctrinamiento, tal como fue pensado, pierde operatividad y sobrevive apenas como referencia. Lo que emerge es una crisis de hegemonía.
No hay acá un diagnóstico derrotista. Se puede acceder al gobierno sin haber resuelto la etapa anterior, pero sin cohesión las decisiones no logran proyectarse en resultados, la dirección se vuelve errática y el poder pierde eficacia. El punto crítico no es llegar, sino la distancia entre gobernar y ejercer poder.
La toma del poder es la segunda etapa en la que se conquista y controla el aparato estatal. Es pasar de la idea a la capacidad de decisión real como condición para transformar la realidad. No equivale a hacer la revolución, es apenas abrir la posibilidad de realizarla y evitar que se derive en mera administración. Más que ganar elecciones significa poder orientar el proceso político en una dirección definida y evitar que se desvíe. En su desarrollo concurren al menos tres dimensiones que permiten comprender sus límites y posibilidades reales.
La primera de esas dimensiones es la estructural. No es un terreno vacío, sino un campo ya dado que hay que enfrentar. Cada decisión se inscribe en un entramado de relaciones preexistentes que limita, orienta y condiciona su alcance. Intereses económicos, equilibrios institucionales, actores organizados y capacidades técnicas y organizativas configuran un campo de fuerzas que ningún gobierno puede disolver por simple voluntad.

Tomar el poder implica, por lo tanto, actuar dentro de una estructura que no se controla de manera inmediata, donde cada avance exige negociación, conflicto o reacomodamiento. El poder no opera como atributo de quien gobierna, sino como relación que se construye y se disputa en un escenario atravesado por resistencias permanentes.
Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o
suscríbase.