Con el advenimiento de Abelardo de la Espriella y su ascenso a la presidencia de Colombia se cierra al fin el ciclo de avance de lo que los militantes de la justicia universal en abstracto y los analistas perezosos llaman la “derecha” en nuestra América hispana. Luego de Argentina en 2015 con Mauricio Macri y más decididamente en 2023 con Javier Milei, fueron cayendo uno a uno los demás países de la región como por efecto de simpatía. Ecuador, Bolivia, Chile y Colombia, además de Perú y Paraguay, estos dos últimos desde luego en circunstancias muy particulares que no facilitan la homologación. De una manera o de otra, después de Argentina la mayoría de los países hispanos de Sudamérica se dieron alguna versión más o menos similar al macrismo o al mileísmo con regímenes neoliberales y abiertamente cipayos comúnmente dichos “de derecha” en las categorías de la vagancia intelectual de las bocas que hablan y presumen de pensar.
La correcta observación de la naturaleza de cada uno de ellos arrojará como resultado el que ninguno de esos regímenes es de derecha, de izquierda y tampoco de centro. Hace muchísimo que estas categorías clásicas legadas por la revolución burguesa de Francia a partir de fines del siglo XVIII están perimidas y son insuficientes para explicar la realidad de la política en la posmodernidad a dos siglos y medio de la caída de la Bastilla en París, razón por la que su uso revela un síntoma inequívoco de indigencia o de pereza intelectual —o bien de ambas— por parte de quien lo hace. Lo que tienen en común los regímenes que hoy parecerían haber alcanzado la cresta de una ola a nivel regional y en un sentido pendular no es una filiación ideológica a las categorías clásicas de la política, sino tan solo una clara voluntad de llevar a cabo en estas latitudes un proyecto político ajeno cuya finalidad es un desguace de América hispana.
En una palabra, el ascenso de Abelardo de la Espriella en Colombia marca el triunfo electoral de una fuerza de ocupación neocolonial sin cuidado de si dicha fuerza tiene algún contenido ideológico de derecha y mucho menos conservador. Bien mirada la cosa, desde Javier Milei hasta Abelardo de la Espriella, pasando por José Antonio Kast y la inefable Keiko Fujimori, todos estos referentes de la “nueva derecha” en América hispana tienen ciertas características que hace poco más de medio siglo los habrían ubicado en la izquierda liberal dicha “progresista”. Esto ocurre básicamente porque las categorías son fijas y, en cambio, la cultura política es dinámica, muta en el tiempo más allá de que la quieran encorsetar. Hablar hoy de izquierdas, de derechas y de centros es, por lo tanto, decir nada en absoluto acerca del sujeto que se quiere describir. Aquí hace falta una observación mucho más refinada para acercarse a alguna comprensión.
Entonces el denominador común de los componentes de lo que parecería ser un bloque continental del que únicamente quedaría excluida ahora mismo Venezuela (y solo porque en Venezuela pasa algo demasiado raro, fuera de cualquier presupuesto) no puede ser el que sus máximos referentes son “de derecha”. Eso no existe, o más bien ya no existe. El hilo que políticamente enhebra las cabezas de las serpientes desde Buenos Aires hasta Bogotá es un hilo multicolor cuyo contenido esencial es el cipayismo, lo que ya en sí también sirve para descartar cualquier tesis acerca del “derechismo” de los Milei, los Kast, los Espriella y demás personajes. Para ser de derecha en los términos propios de este ordenamiento horizontal creado por los franceses al calor de su revolución burguesa primero hay que ser profundamente nacionalista y ninguno de los supuestos “fachos” actuales, como se sabe, lo es ni por asomo.

Más bien todo lo opuesto. Lo que conecta los regímenes actualmente vigentes es un desprecio proverbial por todo lo nacional, disimulado dicho desprecio con una sobreactuación de patrioterismo en lo simbólico. No es difícil verlo pues el propio sentido común del hombre enseña que uno presume de aquello que carece: mientras más se abrazan locamente a la bandera y gritan vivas a la patria, personajes como Javier Milei exponen su triste condición de cipayos frente a los ojos de quien lo sepa observar mediante el análisis de sus políticas concretas. El hombre y mucho más aún el dirigente político no es lo que dice de sí mismo, sino lo que hace en su praxis política tomando decisiones. Y las decisiones del “patriota modelo” Javier Milei en dos años y medio han sido todas sin excepción orientadas a joder a los argentinos, la nación argentina entera, en beneficio de terceros que son foráneos.
Lo mismo puede y podrá decirse de todos los demás, los que hoy anuncian la existencia de este bloque continental “de derecha patriótica” mientras juran lealtad a Israel y a los Estados Unidos y toman decisiones políticas que ciertamente tendrán consecuencias nefastas para la construcción política de sus respectivos países. ¿Cuál podría ser el patriotismo de un Abelardo de la Espriella con triple nacionalidad y cuyas primeras medidas de gobierno fueron, en medio de un terremoto que arrasaba su país, en el sentido de reafirmar la hegemonía de Israel en Medio Oriente? Abelardo de la Espriella tiene nacionalidad estadounidense, pero el poder judicial colombiano no vio en ello impedimento alguno para que asuma la presidencia del país. Y mientras una cantidad indeterminada de colombianos yacía bajo los escombros de un sismo brutal, ese flamante presidente con pasaporte yanqui se apresuraba en dictar una nueva orientación diplomática para el país, sometiéndolo a la voluntad de Tel Aviv.

De Israel, un país que le es tan extraño al pueblo-nación colombiano como al argentino y al sudamericano en general. Nada, ni relaciones comerciales significativas, ni lazos culturales, nada en absoluto hay entre las naciones de Sudamérica y el Estado de Israel como para que sus dirigentes políticos vayan corriendo a postrarse diplomáticamente allí. ¿Cuál sería el apuro en hacerlo? ¿Cuántos de los colombianos que padecían las consecuencias del terremoto saben dónde quedan los Altos del Golán o comprenden que el establecimiento allí de una autoridad política israelí modifica de alguna manera la realidad social en Colombia? Estas son evidentemente preguntas retóricas y bastante estúpidas, a decir verdad, que solo sirven al propósito de exponer lo que a todas luces es un escándalo de cipayismo sin precedentes. Israel no tiene nada que ver con Colombia y ningún impacto puede tener sobre las condiciones objetivas de existencia del pueblo-nación colombiano.
Pero Abelardo de la Espriella no quiso saber nada de eso y ordenó que sus diplomáticos comunicaran rápidamente el alineamiento de Colombia con Israel. Lo mismo hizo a su manera Javier Milei y hacen los demás muñecos que quieren afirmar un bloque continental “de derecha patriótica”. Algunos en mayor y otros en menor medida, es cierto, aunque todos tienen en común el haberse pronunciado favorables a la política exterior de Israel sin que sus pueblos les hayan pedido nada al respecto, ni eso ni lo otro. La idea de un avance de la “derecha” en la región es por lo tanto una cosa descabellada que solo sirve para confundir o más bien para desviar la atención pública hacia bien lejos de la verdadera naturaleza cipaya de los nuevos regímenes de gobierno que vienen como fuerzas de ocupación neocolonial en las que el proyecto se determina en la metrópoli y la ejecución del plan queda en manos de los cipayos locales.

Entonces no hay ningún avance de la “derecha”, lo que hay es un proceso de recolonización que muchos no logran ver precisamente por seguir bajo el encanto del discurso cuya narrativa insiste en una lucha en horizontal entre zurdos y diestros. Nada está en horizontal. Hoy por hoy en nuestra América hispana lo único que hay en términos de organización política es una fuerza compuesta básicamente por todo el establishment que desde arriba, en vertical, oprime a los de abajo para que acepten sin chistar las condiciones impuestas por el poder fáctico neocolonial. Un Javier Milei o un Abelardo de la Espriella no vienen a discutir ideológicamente con el que tiene ideas distintas a las suyas en lo económico y en lo social, ni siquiera tienen ideas propias. Todos los referentes de esta nueva ola neocolonial son cipayos que vienen a ejecutar un plan encargado por terceros y en perjuicio de los países donde nacieron y donde supuestamente estarían sus lealtades.
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