El nacionalismo no constituye un fenómeno único ni homogéneo. Es una categoría histórica y política cuyos contenidos varían según la sociedad, la época y el proyecto de nación que expresa. El nacionalismo europeo del siglo XIX, los nacionalismos fascista y nazi y el nacionalismo criollo argentino surgieron de circunstancias diferentes y desde proyectos políticos que no responden a la misma lógica. El peronismo, lejos de ser una versión argentina del nacionalismo europeo, desarrolló una concepción nacional-popular fundada en la soberanía política, la independencia económica, la justicia social, la integración territorial y el continentalismo americano. Confundir estas tradiciones no es apenas un error de clasificación. Es borrar sus diferencias de origen, sustancia y finalidad para terminar atribuyendo al pensamiento nacional argentino categorías que le son ajenas. Es necesario restituir las diferencias intrínsecas que el uso indiscriminado del término tiende a ocultar y establecer con precisión cada forma de nacionalismo.
¿De qué hablamos cuando hablamos de nacionalismo? No alcanza con definirlo como el sentimiento de pertenencia a una nación o defensa de los intereses nacionales frente a otros pueblos. El nacionalismo es una concepción política acerca de quiénes integran la comunidad nacional, qué intereses deben prevalecer, qué relación debe existir entre nación y Estado y qué lugar ocupan el territorio, la soberanía y la cultura en un proyecto colectivo. No existe un único nacionalismo históricamente posible. Su sentido depende de las condiciones en que cada nación se constituye, de las fuerzas sociales que impulsan ese proceso y del proyecto político que procura expresarlo.
Para comprender esas diferencias es necesario distinguir, en primer lugar, entre nación, nacionalismo y Estado-nación. La nación es una comunidad histórica construida a partir de vínculos compartidos a lo largo del tiempo. El nacionalismo es la concepción política que convierte esa comunidad en sujeto de un proyecto colectivo. Y el Estado-nación es la forma política en la que un Estado pretende organizar y representar a una determinada comunidad nacional. Aunque estos conceptos pueden coincidir históricamente, no son equivalentes ni surgen necesariamente al mismo tiempo. Esta distinción permite analizar cada nacionalismo sin proyectar sobre experiencias históricas diversas una misma definición.
El nacionalismo europeo del siglo XIX surgió en un contexto de transformación profunda del orden político. La revolución francesa había puesto en crisis la legitimidad de las monarquías dinásticas y de los privilegios estamentales, mientras la expansión de las ideas de soberanía popular y ciudadanía desplazaban progresivamente el fundamento del poder desde el monarca hacia la comunidad política. La nación pasó entonces de ser una referencia cultural o histórica a convertirse en un sujeto político que reclamaba soberanía, unidad territorial y un Estado propio.
En Italia el nacionalismo se vinculó al proceso del Risorgimento, que buscó superar la fragmentación política de la península y constituir un Estado nacional unificado. Convivieron concepciones republicanas y democráticas como la de Giuseppe Mazzini, con estrategias políticas y estatales de distinto carácter, o las impulsadas por el Reino de Piamonte-Cerdeña bajo la conducción de Cavour. La unificación culminó en 1870 como resultado de la convergencia y también de la tensión entre distintos proyectos políticos que encontraron en la nación un principio de unidad.

El caso alemán fue diferente. La unificación se produjo en torno a la creciente primacía de Prusia y bajo la conducción de un Otto von Bismarck que combinó la diplomacia, la guerra y el fortalecimiento estatal para reunir bajo una misma estructura política a numerosos Estados alemanes. La construcción de la unidad nacional estuvo menos asociada a un movimiento popular homogéneo que a la acción decisiva de un Estado preexistente y de sus estructuras de poder. El nacionalismo alemán se articuló así con un proceso de concentración del poder político y militar que encontró su consagración en la creación del Imperio alemán en 1871.
Ambos procesos permiten ver que el nacionalismo europeo del siglo XIX compartió la afirmación de la nación como sujeto político, la búsqueda de unidad territorial y la construcción de un Estado capaz de representarla, pero no constituyó una experiencia uniforme. Su significado histórico no estaba dado de antemano por la idea de nación sino que dependía de las circunstancias, los actores y el proyecto político que lograra imponerse.
En términos generales, el nacionalismo europeo del siglo XIX colocó la soberanía nacional en el centro de la legitimidad política y fortaleció una identidad común mediante la educación, la lengua, los símbolos, las instituciones y la memoria histórica, aunque sin implicar necesariamente expansión territorial. Mientras algunos nacionalismos se orientaron a la unificación y afirmación de sus propios territorios, otros evolucionaron hacia el imperialismo, el militarismo y, más tarde, concepciones raciales de la nación.

Las transformaciones provocadas por la industrialización, las rivalidades entre las potencias, la expansión imperialista y la Primera Guerra Mundial modificaron sustancialmente el escenario europeo. En el período de entreguerras, la crisis económica, la conflictividad social y la inestabilidad política favorecieron corrientes nacionalistas que incorporaron el militarismo, la exaltación de la fuerza, concepciones excluyentes de la comunidad nacional y la expansión del poder estatal. El nacionalismo pasó así a convertirse, en determinadas experiencias, en un instrumento de movilización de masas, confrontación social y expansión del Estado.
El fascismo italiano llevó varios de esos elementos a una formulación política nueva. Surgido en la crisis de la posguerra, colocó al Estado y a la nación por encima del individuo y exaltó la disciplina, la jerarquía, la movilización permanente y la fuerza. Rechazó el liberalismo y el socialismo adoptando una concepción expansionista orientada a proyectar el poder italiano y recuperar simbólicamente la grandeza imperial de Roma. Su nacionalismo adquirió así un sentido radicalmente distinto del que había acompañado los procesos de construcción nacional del siglo XIX.
En Alemania, estas tendencias adquirieron una forma todavía más extrema. El nazismo definió la nación en términos esencialmente raciales y biológicos. La pertenencia dejó de depender de una ciudadanía común para quedar determinada por criterios de sangre y origen. De allí surgió una concepción excluyente de la nación en la que determinados grupos eran considerados ajenos o enemigos de la comunidad y sometidos a persecución y exterminio. El antijudaísmo formó parte de una visión del mundo basada en la jerarquización racial, el supremacismo y la identificación de enemigos internos y externos.
A esta concepción racial se sumó una política de expansión territorial basada en el Lebensraum o “espacio vital”. La guerra pasó a ser un instrumento central del proyecto nacional y la sociedad, la economía y el Estado fueron subordinados a esa movilización. La propaganda, la organización política y la represión eliminaron toda forma de oposición. El nacionalismo nazi adquiría así una dimensión totalizante. Ya no se trataba solamente de afirmar la existencia de una nación sino de determinar quién tenía derecho a pertenecer a ella, quién debía ser excluido y hasta dónde podía extenderse su poder.

Fascismo y nazismo, pese a sus diferencias sustanciales, compartieron una concepción de la política en la que la nación dejó de ser solamente un principio de identidad y soberanía para convertirse en fundamento de una movilización integral de la sociedad. El Estado fuerte, la subordinación de las libertades individuales al proyecto colectivo, la exaltación de la disciplina y la fuerza, la identificación de enemigos internos, la eliminación de la oposición y, en distinto grado, la expansión del poder nacional hacia el exterior formaron parte de estas experiencias. En el nazismo, además, estos elementos quedaron atravesados por una concepción racial que condujo en última instancia al exterminio. Estos rasgos pertenecen a experiencias históricas concretas y no pueden atribuirse al nacionalismo en general por el solo hecho de reivindicar la nación, el Estado o la soberanía.
La experiencia argentina responde a una trayectoria histórica diferente. La nación no surgió de la fragmentación de un Estado en múltiples nacionalidades que buscaran reunirse bajo una misma autoridad, sino de la ruptura con el orden colonial y de la construcción de una soberanía propia sobre un territorio atravesado desde temprano por intereses económicos, comerciales y estratégicos de potencias extranjeras. El problema nacional argentino no consistía solamente en alcanzar la unidad política, sino en afirmar la capacidad efectiva de decidir sobre el territorio, los recursos y el destino propio. Todo eso sin quedar subordinada a intereses o poderes foráneos.
El denominado nacionalismo criollo se formó en ese proceso. Su punto de partida no fue una concepción racial de la nación ni la búsqueda de una superioridad sobre otros pueblos, sino la afirmación de una comunidad política soberana frente a poderes externos coloniales y, al mismo tiempo, la organización de una sociedad internamente fragmentada por intereses, regiones y grupos sociales diversos. La cuestión nacional quedó así estrechamente vinculada con la independencia, la soberanía territorial, el control de los recursos y la construcción de un Estado capaz de defender los intereses propios. Dicho sin demasiadas vueltas, las dicotomías autóctonas terminarían siendo patria y antipatria, pueblo y antipueblo.

Esa preocupación por la soberanía no desapareció con la declaración formal de la independencia. Atravesó buena parte de la historia argentina y se expresó desde las luchas por la independencia hasta la defensa frente a las intervenciones y bloqueos británicos y franceses y, más tarde, en distintas expresiones del nacionalismo popular. La cuestión de fondo era siempre la misma, que la Argentina no debía limitarse a ser un país jurídicamente independiente, sino capaz de decidir sobre sus propios asuntos. Porque, en definitiva, de poco sirve tener la bandera en el mástil si las decisiones importantes se toman en otra parte.
A lo largo de esa historia se desarrolló un pensamiento nacional diverso. Desde José de San Martín, Juan Manuel de Rosas e Hipólito Yrigoyen hasta figuras del siglo XX como Manuel Ugarte, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos pueden reconocerse distintas expresiones de una misma defensa de la soberanía, la independencia y los intereses nacionales. Con diferentes énfasis, cuestionaron las formas de subordinación económica, política y cultural que limitaban la capacidad argentina de decisión. El nacionalismo argentino, por lo tanto, no nació con el peronismo ni puede reducirse a él.
Sobre ese trasfondo aparece el peronismo. La experiencia política iniciada en 1943 y consolidada desde 1945 recogió buena parte de las ideas del pensamiento nacional argentino, pero las incorporó a una concepción política propia, en la que la cuestión nacional quedó estrechamente vinculada con la cuestión social. Perón no se limitó a reivindicar la nación como identidad histórica ni la soberanía como principio jurídico. Buscó convertirlas en realidades concretas de gobierno, vinculándolas con la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Allí comienza a delinearse una concepción del nacionalismo sustancialmente diferente de las experiencias europeas analizadas con anterioridad. La nación pasó a ser una comunidad políticamente organizada, económicamente independiente y socialmente integrada.
La nación en el peronismo no es una abstracción separada del hombre concreto que la integra y la comunidad nacional tiene sentido porque permite que quienes la componen puedan realizarse en ella y que el pueblo tome las riendas de su propio destino. De allí la idea de comunidad organizada, en la que la persona, organizaciones libres del pueblo, Estado y gobierno cumplen funciones diferenciadas dentro de una finalidad común. Por eso resulta significativa la crítica de Perón a la “insectificación” del hombre. Ni el individuo reducido a una pieza anónima de la maquinaria colectiva ni abandonado a la ley del más fuerte bajo la ficción de una libertad puramente individual.

Esta concepción explica también el lugar del Estado en la doctrina peronista. El Estado no es el fin de la comunidad nacional ni una entidad destinada a absorber la vida de la sociedad. Es un instrumento de gobierno al servicio del bien común y de los objetivos de la nación. Gobierno, Estado y pueblo forman parte de una misma comunidad organizada. El Estado debe conducir, ordenar, proteger y garantizar las condiciones para que la comunidad pueda desarrollarse. Cuando cumple esa función es una herramienta de la nación, no su dueño. Para Perón el Estado no es objeto de culto para que la sociedad viva para él, sino para que la nación pueda vivir y realizarse.
De esta concepción se desprenden los rasgos fundamentales del nacionalismo peronista. Es nacional-popular porque coloca al pueblo como sujeto de la comunidad política. Es soberanista porque entiende que no existe verdadera independencia sin capacidad efectiva de decisión. Es social porque vincula la cuestión nacional con la dignidad, los derechos y el bienestar de los trabajadores y es americano porque concibe la soberanía argentina dentro de una comunidad histórica más amplia de pueblos que comparten una condición y un destino comunes. No es, por lo tanto, un nacionalismo fundado en la superioridad de una nación sobre otras, ni orientado a la expansión territorial o a la dominación de pueblos ajenos.
Aquí aparece una diferencia que no es menor. El fascismo hizo del Estado un principio de subordinación de la vida individual y social, mientras que el peronismo lo concibió como instrumento para la realización de la comunidad nacional. Confundir ambas concepciones porque las dos reconocen la necesidad de un Estado fuerte es quedarse en la superficie del problema. La cuestión es para qué existe ese Estado, a quién sirve y qué finalidad persigue. En la doctrina nacional justicialista, no existe para la grandeza abstracta del Estado, sino para la grandeza de la nación y el bienestar de su pueblo. Aquí es donde la comparación con el fascismo empieza a hacer agua.

La política exterior peronista y su concepción continentalista tampoco deben confundirse con el expansionismo europeo ni con un nacionalismo cerrado sobre sí mismo o lo que Marcelo Gullo llamaría un nacionalismo “de campanario”. La unidad americana no respondía a una voluntad de conquista o predominio, sino a una estrategia de integración y emancipación común bajo la convicción de que para alcanzar la liberación nacional las naciones hermanas debían superar su fragmentación y actuar como una comunidad de destino.
Y aquí conviene detenerse porque para el fascismo la vida individual y social queda subordinada al Estado y para el nazismo la pertenencia a la comunidad nacional puede quedar determinada por criterios raciales. Entonces debe preguntarse qué sentido tiene llamar fascista o nazi a una doctrina que afirma la comunidad nacional desde la dignidad de la persona, rechaza la superioridad racial, no postula la conquista de otros pueblos y entiende al Estado como instrumento de realización nacional y social. No alcanza con encontrar palabras parecidas. A esta altura, llamar fascista o nazi al peronismo porque reivindica la nación y un Estado fuerte no es una interpretación histórica, es una etiqueta descalificatoria que reemplaza el análisis serio y argumentativo.
La otra gran “confusión” aparece cuando se identifica nacionalismo con estatismo y se supone que todo Estado que interviene decididamente en la economía constituye una amenaza para la libertad. Desde esa mirada la soberanía puede quedar reducida a una declaración formal aunque las decisiones económicas fundamentales dependan de intereses externos. Para el peronismo, en cambio, la soberanía no se agota en tener una bandera, un gobierno y un territorio: exige capacidad efectiva para decidir sobre los recursos, la energía, la infraestructura, la producción, el comercio exterior, el crédito y las condiciones de vida de la comunidad. La independencia económica es la condición de la soberanía política. La soberanía no termina en las urnas. Empieza cuando un país puede decidir sobre lo que produce y sobre lo que es suyo.
La Guerra de la Triple Alianza constituye uno de los episodios más dramáticos para comprender los límites históricos de la soberanía sudamericana. El Paraguay había alcanzado un grado de autonomía poco común en la región y terminó enfrentando a una alianza integrada por Brasil, Argentina y Uruguay en una guerra que produjo una devastación demográfica, económica y territorial extraordinaria. Sin convertir el conflicto en una explicación simplista de buenos y malos, en ella puede no obstante reconocerse una cuestión de fondo. Durante el siglo XIX, la disputa por recursos, mercados y posibilidades de desarrollo estuvo íntimamente ligada a los intereses de las grandes potencias y de las propias élites regionales. La experiencia paraguaya dejó una enseñanza central para el nacionalismo criollo y es que la soberanía no consiste solamente en defender las fronteras, sino también en conservar la capacidad de un pueblo para decidir sobre su riqueza, su producción y su destino.

Una prueba elocuente de esta concepción puede encontrarse en la relación de Perón con Paraguay. En 1954, durante su visita a Asunción, el gobierno argentino devolvió a los paraguayos los trofeos de guerra tomados por las fuerzas argentinas durante la Guerra de la Triple Alianza. El gesto no fue meramente protocolar. En el marco de la política de confraternidad sudamericana impulsada por Perón, significó reemplazar la lógica del vencedor y el vencido por la de la solidaridad entre naciones fraternas. Es difícil imaginar una expresión más alejada del nacionalismo expansionista europeo pues Perón no reivindicó la victoria argentina sobre Paraguay como una gloria nacional ni convirtió aquella guerra en motivo de orgullo imperial. Hizo lo contrario, devolvió los trofeos. Ahí es donde el nacionalismo criollo se separa del nacionalismo imperialista europeo. No busca que la Nación mande sobre otros pueblos, sino que pueda mandar sobre sí misma.
Más compleja es la cuestión del kirchnerismo, porque la disputa no proviene de quienes atacaron históricamente al peronismo desde afuera, sino de quienes reivindicaron su nombre y su simbología mientras avanzaban hacia una claudicación doctrinaria y desviacionismo progresista que tornó irreconocible al justicialismo como doctrina nacional hasta convertirlo en un falso peronismo. Cuando la soberanía queda subordinada a una agenda ideológica, cuando la cuestión nacional pierde centralidad frente a categorías ajenas a esa tradición, cuando el Estado deja de ser instrumento de conducción para convertirse en administrador de demandas sectoriales y cuando la política continental se transforma en alineamiento partidario el nombre de Perón termina funcionando como la máscara de aquello contra lo que su doctrina nació para combatir.
Por eso tampoco alcanza con proclamarse heredero de Perón para serlo y menos aun cuando el único heredero válido es el pueblo, que no delegó ese título en nadie. El peronismo no se define por una estética, una liturgia, un apellido ni por la ocupación de determinadas estructuras partidarias. Se define por una concepción política, económica y social con principios claros. La soberanía política, la independencia económica, la justicia social y el nacionalismo cultural no son adornos históricos que cada época puede acomodar a su gusto. Si se conserva el nombre abandonándose el contenido, queda la etiqueta y se pierde la doctrina. Y eso no es una cuestión de ortodoxia sentimental, es una cuestión bastante más sencilla y bastante más incómoda. Si se pretende conducir una nación primero hay que saber qué nación se quiere conducir y para quién.

El problema se vuelve todavía más evidente en el presente. En el reciente debate legislativo sobre la extranjerización de tierras, el canciller Pablo Quirno llegó a calificar la soberanía como un concepto anticuado y sostuvo que, bajo las reglas de la propiedad privada y el mercado, un extranjero podría incluso comprar una provincia entera. La distancia respecto de la concepción peronista no podría ser mayor porque justamente aquello que Quirno presenta como una idea superada constituye para el nacionalismo criollo el punto de partida de cualquier proyecto nacional.
La discusión deja finalmente de ser histórica, ya no se trata de saber si Perón fue fascista, liberal o marxista, sino de algo bastante más elemental, casi de sentido común. Si una doctrina considera que la nación debe poder gobernarse a sí misma y otra considera anacrónico el propio concepto de soberanía, habrá que preguntarse seriamente de qué lado está el nacionalismo y de qué lado está su negación.
El recorrido permite volver a la pregunta inicial. No todo nacionalismo es igual ni toda reivindicación de la nación conduce al nazifascismo, ni todo Estado fuerte implica totalitarismo. El nacionalismo europeo tuvo su propia historia. El fascismo y el nazismo llevaron determinadas tendencias hacia formas expansionistas y raciales. El nacionalismo criollo argentino nació de otra experiencia histórica de raigambre hispanoamericana. El peronismo fue la expresión política más acabada de esa tradición en el siglo XX porque vinculó la nación con el pueblo, la soberanía con la independencia económica y la grandeza nacional con la justicia social. Reducirlo al fascismo o al nazismo no es un error histórico inocente, sino una operación de deslegitimación política.
Cuando en estas latitudes se llama fascista o nazi a todo aquel que reivindica la nación, la soberanía y la defensa de los intereses propios, no se está combatiendo al fascismo ni al nazismo. Se está intentando que la Argentina tenga miedo de ser soberana. Al final, la cuestión es bastante más sencilla de lo que algunas discusiones pretenden hacer creer. Una nación es verdaderamente soberana cuando puede decidir sobre sí misma. Todo lo demás son palabras, engaños y cipayismo.