Después de una breve introducción en la que se desarrolla el argumento de la máquina del tiempo, el espectador es invitado a viajar junto a un Marty McFly adolescente (Michael J. Fox) que se ve arrojado en 1955 para modificar el pasado e impactar dramáticamente en el curso natural de la historia. Esta es, en una apretadísima síntesis, la comedia de ciencia ficción presentada en Volver al futuro (Estados Unidos, 1985. 117 min.), un verdadero clásico del cine de Hollywood que ha marcado a toda una generación y que además constituye un documento de época por la gran cantidad de alusiones a hechos y costumbres típicos de distintos momentos de la cultura occidental. El que haga hoy una relectura de este film y de la trilogía integral con atención a los detalles se sorprenderá con la precisa descripción sociológica hecha por el guionista Robert Zemeckis en cada escena. Volver al futuro es un clásico porque logra captar la esencia de la sociedad, de la economía y de la política estadounidense en tres distintos momentos para luego sintetizar con ocurrencia ese relato de un modo espectacular, dando como resultado una obra icónica.
El caso es que, depositado instantáneamente en 1955, 30 años antes de sus días presentes e incluso 13 años antes de haber nacido, lo primero que se le ocurre al personaje de Marty McFly es meterse en una cabina telefónica a buscar en una guía o directorio el número y la dirección del doctor Emmett Brown (Christopher Lloyd), el delirante científico que en 1985 había creado aquella máquina del tiempo. McFly se encontraba tres décadas antes de su tiempo presente y para comunicarse halló el mismo teléfono y la misma guía telefónica que se usaban en 1985, esto es, pudo homologar sin mayores problemas la realidad material y tecnológica de su tiempo a la de un pasado que para él era remotísimo. McFly se mete entonces en la cabina, busca el número de Brown en la guía y lo llama por teléfono. Al no recibir respuesta, quita la página de la guía y se la mete en el bolsillo para tener consigo la dirección e ir a buscar a su amigo científico a su casa. McFly hace en 1955, en una palabra, lo mismo que habría hecho en 1985 para encontrar a alguien.

Arrójese ahora hipotéticamente a un joven de 17 años de los tiempos que corren al año 1996, que son 30 años desde nuestro presente, en una situación similar y proyéctense los resultados. Lo más probable es que el argumento de Volver al futuro aquí quede simplemente trunco por la simple incapacidad de dicho joven para todo lo que sea utilizar la tecnología con el fin de encontrar a alguien. No es verosímil que a un adolescente de nuestros días se le ocurra buscar un número de teléfono y una dirección en una guía y menos aún que sepa utilizar un teléfono fijo. Y esto es así porque el salto tecnológico que trajo el siglo XXI es desproporcionado y sin precedentes, queda hoy poco de lo que había en 1996 en términos de tecnología y cultura material. Hoy los individuos están hiperconectados entre sí de un modo virtual y todos ellos a lo que podría describirse, para seguir en el rubro de una ciencia ficción ya no tan cómica, como una Matrix. El mundo cambió tanto en los últimos 30 años que ya no es homologable a lo que solía ser entonces.
Todo esto podría tener la importancia de una hipótesis de ciencia ficción, es decir, ninguna en absoluto, si no fuera por el hecho fácticamente verificable y observable de que la capacidad de comprensión humana de la realidad ya no avanza a la par del desarrollo tecnológico. De un modo si se quiere brutal, solemos entender el mundo hoy más o menos como en 1996, que es como decir en cualquier momento del siglo XX con la cantidad correspondiente de avance paulatino o proporcional. La cuestión es que el mundo ya nada tiene que ver con el siglo pasado pues hubo en las últimas tres décadas y más intensamente en la última década un quiebre profundo en la continuidad temporal. Es como si la humanidad se hubiera metido en una máquina del tiempo y fuera arrojada no en el pasado, sino en el futuro. El resultado es que en un sentido tecnológico estamos viviendo muy adelantados respecto a lo que debió ser si el desarrollo tecnológico no se hubiera acelerado. El hombre de estos días vive en lo que debió ser el siglo XXII, pero con la mentalidad de quien todavía está a caballito de los siglos XX y XXI.

Algo de esto pudo haber ocurrido cuando la revolución industrial trajo la máquina a vapor. De acuerdo con la crónica de la época, hubo a fines del siglo XVIII y hasta principios del XIX una desorientación generalizada en una sociedad premoderna habituada a la modorra de las carretas y de los talleres artesanales y que, de súbito, se encontró con la velocidad de la industria, de la máquina y el ferrocarril. Casi nadie entendía eso y muchos trataron de seguir existiendo en el mundo como premodernos, lo que en términos sociales, económicos y políticos supuso un caos. El común de la gente de entonces no supo adaptarse a los tiempos porque su mentalidad ya estaba naturalmente determinada por la experiencia vital y no pudo haber una estabilidad relativa hasta darse el recambio generacional, hasta que los hijos de la revolución fuesen la mayoría de los contemporáneos. Resulta por lo tanto que la primera modernidad industrial fue un salto tecnológico desproporcionado y no existió en la conciencia de las mayorías mientras estas no fueron compuestas de gente nacida después del advenimiento del avance tecnológico propiamente dicho.
Y lo que hubo en el interín fue exactamente eso, caos, confusión y conflicto por doquier. Un salto tecnológico no asimilable por el nivel de conciencia promedio generó entonces efervescencia social a punto de hacer crujir el viejo ordenamiento político y económico y de ahí, precisamente, toda la inestabilidad de aquel periodo histórico. Puede no parecer mucho ante los ojos del que observa aquello doscientos años después del hecho, la máquina a vapor es hoy una tecnología arcaica, largamente superada por todo lo que vino a continuación, pero para quienes existieron en ese tiempo sin tiempo que es la premodernidad el salto brusco de la tracción a sangre al motor fue monumental y también sin precedentes. Un salto tan grande que no pudo haber sido asimilado por sus contemporáneos, quienes debieron transitar lo que Boaventura de Sousa Santos llamaría un cambio de época dramático con muchos —la enorme mayoría— quedando por el camino o teniendo que ajustarse a una realidad que finalmente jamás entendieron. Ninguna narrativa de la revolución burguesa en la política es posible sin la comprensión previa de la incomprensión existente en esos días a raíz del salto tecnológico antes mentado.

Después del advenimiento de la máquina a vapor hubo una estabilización en el tiempo y fundamentalmente porque la tecnología volvió a avanzar linealmente, sin saltos. El que había nacido conociendo la máquina a vapor no pudo haberse sorprendido demasiado al ver el motor a combustión interna de la segunda revolución industrial pues al fin y al cabo se trataba conceptualmente de lo mismo: tracción a máquina, aunque mejorada por la introducción de un combustible que permitía redimensionar la propia máquina hasta meterla, por ejemplo, en un automóvil. Por otra parte, la industria iba a seguir siendo dominante, ni más ni menos que antes, apenas mejorando su técnica de producción. Por eso el salto tecnológico implicado en esta segunda revolución industrial no es tan brusco como el que tuvo lugar en la primera y lo mismo puede decirse de la tercera respecto a la segunda: al advenir la informática en los años 1960 la electrónica ya existía como concepto e incluso como algo más allí donde ya existían los teléfonos, la radio y la televisión. Nada en los últimos doscientos cincuenta años tomó más por sorpresa al hombre que la máquina a vapor.
Hasta que llegaron los microprocesadores con la capacidad de sostener la existencia de una inteligencia artificial. Esta cuarta revolución industrial es el nuevo salto brusco de la tecnología que no puede asimilarse por el promedio de conciencia de realidad actualmente existente. En la primera revolución se pasaba de la tracción a sangre a la tracción a máquina, en esta cuarta revolución industrial se pasa de un razonamiento orgánico, a sangre, a una máquina que piensa. Piensa y toma decisiones, dicho sea de paso. No hay ninguna posibilidad de que los nacidos en el siglo pasado entendamos cabalmente de qué se trata en un sentido de naturalizar la realidad y por lo tanto el resultado es confusión, efervescencia, conflicto y caos. Al igual que entre los siglos XVIII y XIX hay toda una generación hoy precipitadamente pensando en el descarte, mucha gente todavía en condiciones de trabajar y de producir que, no obstante, teme ya no poder hacerlo si queda desfasada por la tecnología. Y como la política no sabe cómo resolver este problema ni puede detener el avance de la tecnología, el presente también es un tiempo de inestabilidad en el que cosas extraordinarias ocurren todos los días.

Cosas extraordinarias, véase bien, sin que el adjetivo implique ningún juicio de valor positivo. Mientras las mayorías observan el avance vertiginoso de la inteligencia artificial en cada noticia sobre una tarea que los robots hacen mejor que los humanos y por eso, con esa angustia, se inquietan en la base de la sociedad, en el lugar legítimo de las decisiones que es o debería ser el Estado los dirigentes no tienen mejor idea que la de proponer el conflicto bélico como respuesta a un problema para el que nadie parecería tener aún la solución. Es que además el salto brusco de la tecnología implica un reordenamiento igualmente brusco de las jerarquías establecidas entre las naciones por capacidad militar. En otras palabras, también hay un salto tecnológico en lo que se refiere a la guerra y, al haberlo, la propia guerra se llena de inestabilidad allí donde los subalternos vuelven a desafiar a los dominantes al convencerse de que pueden igualar las condiciones del juego —antes inmensamente desfavorables para aquellos— con la aplicación de nuevas técnicas a la guerra convencional. La guerra de drones, por ejemplo, cambia significativamente el concepto de campo de batalla.
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