El capitalismo no penetró en las sociedades cristianas únicamente a través de los mercados. También lo hizo mediante una nueva concepción del hombre. Con ella cambió la manera de entender el trabajo, la riqueza, el éxito y hasta la propia vida, a partir de valores cuyas raíces Max Weber rastreó en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. El trabajo dejó de entenderse solamente como una forma de ganarse la vida y la riqueza como un simple recurso para satisfacer necesidades. Trabajar, prosperar, acumular y demostrar capacidad comenzaron a adquirir un significado moral. Lo decisivo es que esa transformación no quedó encerrada en las sociedades protestantes. Aquella ética se secularizó, atravesó las fronteras religiosas y terminó formando parte del sentido común de sociedades de tradición católica, entre ellas la argentina. ¿Cómo llegó a considerarse natural que un hombre demuestre cuánto vale por lo que tiene, gana o produce?
Para comprender ese cambio hay que partir de una diferencia religiosa que con el tiempo produjo consecuencias económicas y culturales. Para el catolicismo, la salvación proviene de la gracia de Dios, se recibe mediante la fe y los sacramentos y debe expresarse en las obras. La Iglesia orienta esa vida religiosa, pero no puede garantizar que una persona determinada vaya a salvarse. La reforma protestante cuestionó esa mediación y negó que las buenas acciones bastaran para obtenerla. Martín Lutero sostuvo que el hombre se salva por la fe y la gracia de Dios. Dicho sin vueltas, no era cuestión de ir juntando méritos para ganarse el cielo. Eso no significaba confiar en uno mismo, sino en la promesa divina. Al mismo tiempo, el trabajo cotidiano adquirió un nuevo sentido religioso. Cumplir responsablemente con el propio oficio era también responder a un llamado de Dios.
Weber observó que esta nueva relación entre la fe y la conducta cotidiana adquirió una forma más radical con Juan Calvino y el desarrollo posterior del calvinismo. Según la doctrina de la predestinación, Dios ya había decidido quiénes se salvarían y ninguna obra humana podía modificar esa elección. Nadie sabía con certeza si había sido destinado a la salvación. Esa duda pesaba sobre el creyente, que buscaba en su propia vida alguna señal de que estaba entre los elegidos. Trabajar sin descanso, llevar una vida ordenada, evitar los excesos y prosperar comenzaron a interpretarse como posibles indicios de esa elección. La riqueza no compraba la salvación ni le aseguraba el cielo a quien la poseía. Pero el éxito podía ayudarlo a convencerse de que iba por el buen camino. Para Lutero, trabajar bien era cumplir con su deber ante Dios. Para el calvinista, además, una vida disciplinada y el éxito material podían indicar que había sido elegido.

Allí aparece una paradoja central en el análisis de Weber. El calvinista debía trabajar y prosperar, pero no podía entregarse al lujo ni a la ostentación de la riqueza. Tenía que vivir con austeridad, controlar sus deseos y evitar gastos considerados inútiles. De ese modo, producía más de lo que consumía y reinvertía lo acumulado en su actividad. Dicho de manera sencilla, ganaba dinero, pero no debía darse la gran vida con él. La riqueza dejaba de ser solamente un medio para satisfacer necesidades y se convertía en el resultado visible de una conducta disciplinada. Así, una moral religiosa que no había nacido para crear el capitalismo terminó favoreciendo el ahorro, la reinversión y la acumulación de capital. Weber no formuló una ley causal ni atribuyó al protestantismo el origen exclusivo del capitalismo. Sostuvo, en cambio, que cierta ética protestante contribuyó a formar un tipo de hombre y una mentalidad funcionales a su desarrollo.
La secularización de aquella ética religiosa constituyó el paso decisivo. La conducta que había nacido de una determinada creencia se independizó progresivamente de sus fundamentos espirituales. Para trabajar, ahorrar, reinvertir y medir cada acción por sus resultados ya no hacía falta creer en la predestinación. Dios fue saliendo de escena, pero la disciplina permaneció. Lo que había comenzado como una forma de responder a una exigencia espiritual terminó convertido en una obligación económica y social. El hombre debía demostrar que era útil, productivo y capaz de abrirse camino por sus propios medios. El éxito dejó de ser una posible señal de la gracia divina y pasó a presentarse como prueba del valor personal. La vieja pregunta sobre quién estaba destinado a salvarse fue reemplazada por otra bastante terrenal, pero no menos implacable. ¿Quién merece triunfar y quién debe cargar con la culpa de haber fracasado?

Esa lógica instaló una vara moral que todavía organiza buena parte de la vida social. Si el éxito demuestra capacidad, disciplina y esfuerzo, el fracaso comienza a interpretarse como falta de voluntad o de mérito. El que prospera aparece como único autor de su destino, mientras que el pobre, el desocupado o el trabajador informal quedan bajo sospecha de no haberse esforzado lo suficiente. Poco importa que uno haya heredado una fortuna y otro haya nacido sin recursos, educación ni contactos. El punto de partida desaparece del análisis y solamente se juzga el resultado. Convertida en una explicación total de la sociedad, la meritocracia transforma privilegios en méritos personales y desigualdades estructurales en fracasos individuales. Al que llega se le atribuyen todas las virtudes y al que queda en el camino se le pasa la factura.
El neoliberalismo extendió ese criterio de valoración mucho más allá del mundo laboral e impuso al conjunto de la sociedad un nuevo modelo de hombre, aunque sus efectos no fueron iguales en todos los sectores sociales. La educación pasó a considerarse una inversión, los conocimientos se volvieron capital humano, los vínculos se transformaron en contactos y la propia identidad empezó a presentarse como una marca. Con la flexibilización laboral, la tercerización, los contratos temporarios y el trabajo por plataformas una parte creciente de los riesgos fue trasladada al individuo.
Pero ese traslado no se limitó al empleo. El individuo pasó a administrar su salud, su educación, su tiempo y sus relaciones para conservar su valor ante los demás. La lógica del mercado ya no organizaba solo la producción. Había penetrado en la vida cotidiana y comenzaba a imponerle al hombre una manera empresarial de comprenderse y conducirse. En Nacimiento de la biopolítica, Michel Foucault condensó esta mutación en la figura del homo economicus como empresario de sí mismo. Ya no se trataba de tener una empresa o trabajar para ella, sino de que cada individuo viviera como si fuera una empresa.

Una persona ya no estudia solo para formarse, sino para mejorar su currículum. Cuida su imagen para resultar atractiva, convierte sus relaciones en una red de contactos y exhibe en las redes sociales una versión exitosa de sí misma. Debe capacitarse, reinventarse, mantenerse activa y aprovechar cada minuto. Hasta el descanso corre el riesgo de convertirse en una técnica para recuperar energía y volver a producir. Si no consigue trabajo, no progresa o se siente agotada, enseguida aparece la sospecha de que no supo venderse, adaptarse o esforzarse lo suficiente. La vida empieza a parecerse a una evaluación permanente. Siempre hay algo que corregir, alguna capacidad que aumentar o una nueva versión de sí misma que ofrecer a los demás.
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