En la forma que tiene el hombre de ordenar simbólicamente y de entender así la política permanecen a lo largo de los siglos muchos prejuicios, instalados estos con la fuerza de una verdad revelada. Uno de esos prejuicios es el ordenamiento horizontal de la política desde la izquierda hacia la derecha, o viceversa. En Occidente y en las colonias de América y África esa forma de ordenar la realidad está profundamente arraigada en la conciencia de los individuos y no hay prácticamente quién, al detenerse a observar el escenario político de su país o de países ajenos, no lo haga ordenando lo que ve de derecha a izquierda para una mejor comprensión de la cosa.
Ese es un prejuicio clásico, esto es, una categoría preinstalada que se usa para ordenar otras cosas o un juicio previo sobre lo que surge como novedad a diario. Al ver por primera vez a un dirigente, al escuchar su discurso ideológico, lo que hace el hombre occidental y el de las colonias es colocar a ese dirigente y discurso en algún lugar de la derecha, de la izquierda o del centro, una forma sutil y eufemística de ubicar al que hace el doble discurso. Pero siempre es un ordenamiento horizontal donde todos están en el mismo plano y no hay jerarquías. La derecha no está por encima de la izquierda ni esta por encima de aquella, son todos pares discutiendo en igualdad de condiciones la política como si en el mundo fuéramos realmente todos iguales.
Pero el prejuicio del ordenamiento horizontal de la política entre derecha e izquierda no es ancestral, es una cosa relativamente muy nueva si tenemos en cuenta que la humanidad existe sobre el mundo hace quizá decenas de miles de años. Recién después de lo que llamamos vulgarmente “revolución francesa” y fue la revolución burguesa general de Occidente es que aparecen la derecha y la izquierda en las categorías de la política.
Y de un modo más bien prosaico: en medio a un clima caldeado por la revolución y habiéndose constituido la Asamblea Nacional con delegados de toda Francia, a los que se disponían a organizar esa Asamblea les pareció entonces peligroso mezclar en un mismo recinto a los republicanos y a los monárquicos, puesto que aquellos habían avanzado violentamente contra estos al hacer la revolución.

Así fue cómo en agosto de 1789 la Asamblea Nacional de Francia se dispuso a sesionar para determinar qué hacer con el poder de la monarquía y a los organizadores de la sesión les pareció prudente sentar a los diputados jacobinos de la burguesía revolucionaria a la izquierda del presidente de la Asamblea. Del lado opuesto, a la derecha, fueron sentados los conservadores monárquicos, los que venían con la idea de frenar la revolución conservando el poder de Luis XVI. Claro que estos serían derrotados en el tiempo y Luis XVI iba a perder literalmente la cabeza en la guillotina en 1793, pero allí quedó plasmada la idea arbitraria de que lo revolucionario está a la izquierda y lo reaccionario a la derecha.
Y así quedó para siempre. A partir de la ocurrencia de la Asamblea Nacional de Francia para evitar el caos en el recinto empezó la costumbre de ordenar la política de derecha a izquierda de acuerdo con la orientación ideológica de cada uno. A partir de una solución práctica para un problema puntual —el de la violencia inminente entre gente que va a reunirse en un lugar cerrado— empezamos a asociar lo revolucionario y lo progresista con la izquierda y a asociar todo lo que es reaccionario con la derecha.
Así de simple y aun así todo basado en un error histórico: el de obviar el contexto de lucha de clases que existía entonces y el de suponer, en consecuencia, que la revolución burguesa fue un debate entre pares que pensaban distinto entre sí. No había nada de eso. Lo que había en ese momento era una aristocracia en el lugar de la clase dominante y una burguesía en el lugar de clase subalterna, es decir, había ya en esos días como en todos los días de la historia de la humanidad un ordenamiento vertical de la política y de la realidad social como un todo. Había una clase que estaba arriba y una clase que estaba abajo y es precisamente por eso que se produce la revolución, para subvertir ese orden.
Un orden vertical, véase bien, allí no había pares en disidencia de pensamiento e ideología. Lo que había era una dominación de clase social que la burguesía francesa quería subvertir y efectivamente subvirtió haciendo correr la sangre. La revolución es la guerra en un sentido no metafórico y solo puede producirse cuando hay un arriba y hay un abajo y cuando, además, estos últimos llegan a tener una correlación de fuerzas favorable y la valentía para llevar a cabo la lucha más allá de lo discursivo. Lo que siempre hay en el mundo es eso mismo, es un grupo minoritario que está arriba y una mayoría que está abajo, por lo menos hasta que un sector de esta mayoría patea el tablero y lo cambia todo.

Entonces la burguesía francesa, que estaba abajo porque no tenía el derecho a la propiedad privada que era la base de su modo de producción capitalista, atacó con la fuerza bélica a los que estaban arriba, a la monarquía y a los aristócratas, quienes pretendían la conservación de un modo de producción superado. Todo esto es por cierto muy marxista en sus términos, que son los términos de la dialéctica, pero aun así se produce un hecho muy curioso: en vez de identificarse como los de abajo en un ordenamiento vertical, los marxistas hasta los días de hoy se identifican como la izquierda como si estuvieran en un plano de igualdad horizontal con la clase dominante del presente.
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