Dicen los mal llamados “conspiranoicos” que a través de la televisión y el cine de Hollywood el poder fáctico global hace un correlato de sus estrategias para revelarlas e incluso explicarlas al detalle, todo eso mientras las mismísimas estrategias se despliegan o poco tiempo después de que hayan dado los resultados esperados por el poderoso que las hace. Magnicidios, golpes de Estado, invasiones militares, epidemias y pandemias, autoatentados, todos los chanchullos de la ingeniería social que las élites globales imponen sobre las mayorías con su doctrina del shock quedan al desnudo, expuestos frente a los ojos de la humanidad, ya sea en la pantalla grande o en la pantalla chica.
Eso dicen los “conspiranoicos” que saben unir los puntos entre lo que ven en la ficción y lo que se presenta en la realidad, razón por la que es lícito concluir que un “conspiranoico” no es otra cosa que un individuo con la extraordinaria capacidad de ver lo obvio, algo que la mayoría no suele hacer. El poderoso sabe que los muchos no van a relacionar el arte con la realidad y por eso se da el gusto —aquí está la clave de este asunto— de exponer su propio truco en películas y series de televisión, quizá para mejor presumir de su propio poder: lo hace y lo muestra, no oculta su jugada y se regocija en ello. “Puedo engañar a muchos y puedo además mostrarles a esos muchos cómo los engaño”, diría el poderoso. “Y aun así nadie va a rebelarse en mi contra simplemente porque muy pocos tienen la capacidad de entender bien lo que hago”.
¿Y por qué? ¿Por qué las mayorías no llegan a comprender esa obviedad ululante que el poder pone delante de sus ojos? Pues quizá porque las mayorías no tienen instalado en su sentido común el principio básico universal de que para cualquier cuestión la respuesta más sencilla normalmente es la respuesta correcta. Como en el cuento de Edgar Allan Poe La carta robada, en el que la solución al misterio es dejada muy a la vista de los investigadores mientras estos realizan exhaustivos allanamientos en cada rincón donde el ladrón pudo haber escondido la carta robada, menos en un tarjetero que siempre estuvo visible. Las mayorías hacen algo parecido, buscan las respuestas a los enigmas de su tiempo en las elucubraciones de los operadores mediáticos (cuya función es precisamente confundir todavía más) en vez de buscarlas en la ficción, donde la explicación aparece entera y cristalina, didácticamente expuesta.

El ladrón del cuento de Poe es el poderoso en la vida real, es el que roba la carta y no la esconde, sino todo lo contrario: financia la producción de sendas obras cinematográficas y televisivas para mostrarla. Ese es el caso ejemplar de House of Cards, serie de televisión protagonizada por un descollante Kevin Spacey en el rol de Francis “Frank” Underwood. En esta serie el poder deja a la vista del mundo entero lo que podría llamarse el método Underwood, esto es, la forma antidemocrática de torcer la voluntad popular mediante la acción de un individuo inescrupuloso que, a su vez, teje una paciente trama para hacerse con el poder político sin haber sido votado para ello. House of Cards se presenta como ficción, pero en realidad es la exposición de un manual de procedimientos. Es la carta de Poe en el tarjetero donde únicamente a un “conspiranoico” se le ocurriría buscar.
Como los “conspiranoicos” son muy poquitos y además ya han sido ubicados de antemano en el lugar del delirante, que es justamente para que nadie se ponga a escuchar con atención lo que dicen, la respuesta más sencilla seguirá siendo la respuesta correcta y nada de eso moverá en absoluto la aguja. En el caso puntual que nos atañe, el poder fáctico de las corporaciones creó en nuestro país a un Francis Underwood real en la figura de Sergio Massa, tejió en él una paciente trama antidemocrática durante años —mientras exponía el truco en televisión— y aún frente a esta obviedad ululante la mayoría prefiere creer que Massa/Underwood estuvo errando desorientado de espacio político en espacio político hasta que un día simplemente tuvo suerte y el poder le cayó del cielo como una dádiva. Es mucho más fácil ser un sistémico disciplinado y adherir al pensamiento mágico de los medios de comunicación que descubrir la carta robada en el tarjetero a la vista de todos y ser señalado por la sociedad como un conspiranoico.
El sistémico biempensante y de buen comportamiento que desprecia a los “conspiranoicos” dirá que es una imbecilidad la hipótesis de que Netflix haya realizado House of Cards para exponer la jugarreta estratégica de un dirigente político en un país periférico como el nuestro. Y tiene la razón: esa es realmente una hipótesis bien estúpida, no hay nada de eso. Sergio Massa no es más que un Francis Underwood genérico, es uno de los muchos que el Departamento de Estado adiestra y pone a funcionar en los distintos países donde el poder fáctico del imperialismo occidental tiene intereses económicos. Hay un Massa/Underwood en cada uno de esos países y lo único extraordinario aquí es que el genérico de Argentina acaba de triunfar luego de una década de tejer y tejer. Y también el hecho de que Netflix es de propiedad de BlackRock, el fondo buitre del que Massa es muy amigo.

Una década, decíamos, porque nada nace de un repollo y los procesos políticos tienen lugar más allá de si los civiles los ven o no los ven. Allá por el año 2013 Sergio Massa ganaba unas elecciones legislativas en la provincia de Buenos Aires y ponía en marcha su plan. Al triunfar en esas elecciones, Massa se instalaba en el escenario político nacional con nombre y sello propio —el Frente Renovador— puesto que hasta allí no había sido más que un dirigente subalterno con cierta proyección. El caso es que ya para ese entonces, según se desprende de ArgenLeaks, el recopilado hecho por Santiago O’Donnell de los cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks, Sergio Massa tenía un vínculo estrecho con la embajada de los Estados Unidos en la Argentina y eso permite deducir que ya había sido cooptado por el Departamento de Estado. Es decir, al ganar las elecciones de 2013 Massa ya no era Massa, sino un personero cipayo del Deep State estadounidense, con todo lo que eso significa.
Entonces la estrategia o método Underwood existe aquí desde el vamos, no es que Massa se haya instalado como protagonista con entidad en la política argentina motu proprio ni nada por el estilo. Massa deja de ser un dirigente subalterno emancipándose del kirchnerismo entonces reinante por cuenta y orden de quienes le marcaban desde Washington el camino. Y así es cómo va a involucrarse en los dos siguientes años en todas las operaciones de desgaste del gobierno que partieron desde la embajada, incluyendo la del fiscal Alberto Nisman. No hay nada desde el 2013 en adelante que le sea ajeno a Massa: él está en todas y con el objetivo de asegurar que en las elecciones del 2015 tenga lugar un cambio de régimen.
Pero no todavía para sentarse en el sillón. Contrariamente a lo que suele pensar la mayoría, Massa no fue desplazado por Mauricio Macri en las elecciones del año 2015, esta es una jugada de largo aliento. El triunfo de Macri fue necesario para poner en marcha la segunda etapa del plan, que fue el descontrolar la economía de un país que tenía problemas, pero que de ninguna manera necesitaba cirugía mayor para resolverlos. Tenía que venir Macri con un plan de saqueo y endeudamiento monumentales que colocara a la Argentina en una situación delicada y es por eso que Massa apoya a Macri en el ballotage de aquellas elecciones, luego viaja al Foro Económico Mundial de Davos a su lado y finalmente ayuda a crear las condiciones en las que Macri va a hacer entrar al Fondo Monetario Internacional (FMI) otra vez a la Argentina con un préstamo a todas luces irregular, tanto desde el punto de vista de nuestra Constitución como de los mismísimos estatutos del FMI. Un préstamo alucinante de 57 mil millones de dólares, de los que 44 mil millones fueron efectivamente desembolsados y son una deuda que la Argentina no podía pagar entonces, no puede pagar ahora y probablemente tampoco pueda pagar jamás de no mediar alguna solución, digamos, alternativa.

Después de haber sido partícipe necesario de la catástrofe del macrismo desde 2015, Massa súbitamente “cambia de bando” otra vez, aunque siempre subiendo el nivel de sofisticación en su movida. Por razones que explicamos en ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía y son las de la extorsión judicial, Cristina Fernández presenta la “jugada magistral” que en las elecciones de 2019 va a derrotar a Mauricio Macri: la formación de un frente electoral muy amplio, tan amplio que va a ubicar en el lugar de cabeza de lista a un Alberto Fernández que había estado en el Frente Renovador massista y que, desde allí, había sido un ferocísimo detractor de Cristina Fernández. Según la narrativa oficial, no obstante, Cristina Fernández se habría percatado de que no alcanzaba entonces con los votos de su núcleo duro para ganarle a Macri y por eso optó por crear el Frente de Todos con Alberto Fernández como candidato a presidente.
El problema en esa afirmación es que Alberto Fernández no sumaba votos a la alianza, no pasaba de un vulgar operador de los intereses de Repsol contra YPF, de Marsans contra Aerolíneas Argentinas y del Grupo Clarín contra los argentinos de un modo general. De hecho, Fernández había sido el hombre de Héctor Magnetto en el gobierno de Néstor Kirchner para garantizar un pacto que Kirchner necesitó en esos días para resistir a las embestidas de la oligarquía que ya lo había amenazado con un golpe antes de asumir. ¿Por qué justamente Alberto Fernández y además como candidato a presidente? También de acuerdo con la narrativa oficial, porque Alberto Fernández venía del Frente Renovador y tendría, entonces, la capacidad de sumar a Sergio Massa a la construcción del Frente de Todos.
Es importante comprender que existía entonces la percepción de Sergio Massa como un gran elector, esto es, como un dirigente con la capacidad de inclinar la balanza hacia uno u otro lado en un eventual ballotage, tal como había sucedido cuatro años antes. Eso fue clave para que todos los dirigentes, militantes y simpatizantes del kirchnerismo se tragaran de buen grado el “sapo” de ver a su máxima referente relegada a un insólito lugar de vicepresidenta y a un personaje detestable como Alberto Fernández aupado a la presidencia sin votos propios, sin carisma, sin dinero para aportar a la campaña ni nada que pudiera justificar su elección. Había que incorporar a Sergio Massa al Frente de Todos y evitar que este se sumara otra vez a las filas del enemigo.

Esa era la explicación de la extraña fórmula Fernández-Fernández con la Fernández principal, la de Kirchner, en el segundo lugar. Había que entregarle la presidencia a un don nadie para no entregársela a un Macri que se percibía como el peligro mayor. De ahí la famosa foto del “cafecito” entre Sergio Massa y Alberto Fernández, ocasión en la que este teóricamente habría persuadido a aquel a sumarse a cambio de un modestísimo lugar de candidato a primer diputado de la coalición. Otra vez un Massa con pretensiones presidenciales se veía desplazado por alguien y ahora, además, obligado patéticamente a conformarse con una banca legislativa. “Cada cosa en su lugar”, decía el kirchnerista frente a ese relato tan consolador.
El tiempo demostraría que esa narrativa no fue sino una novela para ocultar el hecho de que todo estaba al revés: el Frente de Todos fue solo un nombre de fantasía para el Frente Renovador y Alberto Fernández no persuade a Massa a aceptar un lugar de candidato a diputado en las listas de la supuesta alianza, sino que Massa envía a Alberto Fernández a ofrecerle a Cristina Fernández la posibilidad de pelear sus varias causas judiciales desde la vicepresidencia de la Nación, mientras construye un gobierno “fantasma” en manos de un inepto y un inmoral para llevar a cabo la tercera parte del plan, la de la catástrofe del albertismo. Ahora Massa está cuarto y hasta virtualmente segundo o tercero en la línea de sucesión de un gobierno sin plan económico, sin coherencia interna y obligado a desarmar la bomba del macrismo. Massa está en una línea de sucesión que tiene todas las probabilidades de activarse.
Bien mirada la cosa, en esas circunstancias el gobierno fantasmagórico de Alberto Fernández debió estallar a las pocas semanas de haberse constituido al quedar evidente su incapacidad para resolver ninguno de los gravísimos problemas legados por el macrismo. Pero luego de unos primeros noventa días de absoluta inoperancia, Alberto Fernández se encontró con el coronavirus y eso le permitió ponerse en el lugar del administrador de la contingencia sanitaria, ocultando que no tenía plan ni gestión real de gobierno. Con la emisión monetaria pudieron taparse los baches durante meses y con el relato del “acuerdo” con el FMI, el de la “pesada herencia” y la extorsión de la grieta (la obligación de aceptar cualquier pálida para que no vuelva Macri) Alberto Fernández pudo distraer a los kirchneristas durante meses y diferir tanto la resolución de la interna de la coalición como el estallido del gobierno.

Eso retrasó en un año entero los planes de Massa, quien esperaba una crisis terminal quizá para mediados de 2021 y que la consiguiente derrota electoral del gobierno en las elecciones de medio término activara un “operativo clamor” como base discursiva de un consenso entre todos los sectores alrededor de la necesidad de entregarle los resortes de la economía, quizá incluso la presidencia en un interinato, pero con al menos dos años por delante para enderezar la nave. La catástrofe del albertismo solo llegó hacia mediados de 2022, dejándole a Massa escasos meses para hacer el ajuste fiscal exigido por el descalabro, estabilizar la economía y llegar al cierre de listas con altos niveles de popularidad entre los civiles.
Sergio Massa deberá hacer ahora en un año lo que pensaba hacer en dos, deberá activar rápidamente todos los antídotos provistos por el poder fáctico global y aplicarlos sin anestesia para que los resultados de su plan empiecen a verse antes de que termine el año, de modo que ya pueda ponerse de lleno en campaña electoral después del verano. Se trata de un plazo muy corto, una agenda muy apretada, pero los recursos para lograr el éxito están. Están porque alguien los pone a modo de inversión.
Veni, vidi, vici
Ahora bien, no debe perderse de vista que las pretensiones de Sergio Massa nada tienen que ver con las de Alberto Fernández, Massa no quiere ponerse la banda presidencial para inscribir su nombre en el bronce de la historia porque sí o como un mero deseo que nace de la vanidad. En realidad, el sillón de presidente hoy en la Argentina es una silla eléctrica y el que lo quiera ocupar tendrá que quererlo para cumplir un rol muy bien determinado en el marco de un plan cuyo objetivo será un botín muy grande. Ser presidente de la Argentina porque sí no es el objetivo, se llega ahí para transformar la realidad favoreciendo al pueblo o a otros. Y Massa no viene a gobernar para el pueblo.
He ahí la parte “conspiranoica” del asunto: Massa no es Massa, porque si lo fuera sería apenas un pelele más de la política y todas sus traiciones serían las traiciones baratas del ave de vuelo corto que termina marginado del juego por el propio sistema, como ocurre justamente con Alberto Fernández. Massa no es Massa, es el Departamento de Estado, es el Deep State yanqui representado en sus intereses geopolíticos o más bien un virrey neocolonial que llega a imponer un nuevo orden político en coherencia con el nuevo orden mundial que se establece.

Para entender bien cómo funciona ese esquema neocolonial de torcer la voluntad popular desde arriba con el método Underwood es preciso remontar en la historia reciente hasta la caída del Muro de Berlín y la posterior disolución de la Unión Soviética, dos puntos de inflexión históricos que tuvieron lugar en 1989 y 1991, respectivamente. Al caer el bloque socialista en el Este, el liberalismo occidental gana la Guerra Fría por abandono del enemigo y se queda con una hegemonía unipolar cuyo único precedente pudo haber sido el de la antigüedad romana. A partir de 1991 los Estados Unidos son una especie de Roma moderna, no tienen en el mundo una contraparte para equilibrar su poder y entonces se disponen a moldear el sistema de la forma más conveniente para los intereses de sus élites, exactamente como hicieron los romanos.
Así nace el Consenso de Washington con el que los Estados Unidos van a poner en caja a las colonias, es decir, las nuevas reglas del juego que los países dependientes deberán acatar para integrarse en el nuevo sistema neocolonial de la Roma moderna. En muchos países dependientes, pero sobre todo en los de nuestra región, los Estados Unidos empoderaron políticamente a sus agentes para la ejecución del plan, les pusieron la banda presidencial y les dieron el bastón para que impusieran desde el Estado los lineamientos entonces neoliberales del Consenso de Washington, el que a su vez expresaba la hegemonía unipolar de los Estados Unidos a partir de 1991.
Ya en 1992, el Consenso de Washington encuentra sus interlocutores en Brasil y Argentina, recluta a un Fernando Henrique Cardoso y a un Carlos Menem que por otra parte estaban en situaciones muy distintas al momento de ser reclutados. Menem ya había sido electo presidente de la Argentina y transitaba el segundo año de su mandato de seis, mientras que Cardoso tenía aún que recorrer el camino político hacia el trono. El problema argentino se resolvió entonces con una vulgar estafa electoral en la que Menem, habiendo ganado las elecciones proponiendo con el peronismo “revolución productiva” y “salariazo”, da el giro copernicano en el aire y empieza a aplicar el proyecto del Consenso de Washington prácticamente de la noche a la mañana y sin la necesidad de un nuevo ciclo político bajo una nueva conducción. Al incorporar a Domingo Cavallo como ministro de Economía, Menem fue neoliberal y pudo así permanecer en el sillón, aunque ahora haciendo lo radicalmente opuesto a lo que había prometido en campaña y configurando, por lo tanto, esa estafa electoral.

El golpe de Fernando Henrique Cardoso es una aplicación más clásica del método Underwood y lo hemos detallado en ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía para describir con una analogía el plan actual de Sergio Massa, a saberlo: servirse de un gobierno ya establecido, pero políticamente débil y con los días contados, haciendo desde el Ministerio de Economía la construcción de un nuevo poder político permanente en lo sucesivo. Eso se hace mediante la estabilización de la economía que en un momento se encuentra demasiado inestable, con lo que se gana el favor electoral de las mayorías mediante el engaño. Y el engaño es que, como veíamos hasta aquí, el propio Sergio Massa ha estado directamente implicado en la desestabilización de la economía argentina desde el 2013 en adelante, en la creación del problema que él mismo vendría a resolver para hacerse del poder político.
Tanto en el caso de Menem como en el de Cardoso el imperialismo puso los medios necesarios para estabilizar las economías de Argentina y Brasil, lo que nos conduce a la pregunta obligada: ¿Por qué el imperio hace eso? ¿Por qué invierte en el éxito de un determinado régimen político? Y en la pregunta ya está implícita la respuesta, se trata de una inversión. En los años del Consenso de Washington el objetivo había sido el de elevar al poder político en los países dependientes a los que iban a imponer los lineamientos de dicho Consenso como si se tratara de administradores coloniales. Menem y Cardoso fueron efectivamente esos administradores en Argentina y en Brasil durante los años 1990 y ese fue el botín buscado por quienes los fomentaron e invirtieron en ellos. Los Estados Unidos debieron hacer valer su hegemonía unipolar, lo que hicieron con la aplicación de las políticas del Consenso de Washington en sus semicolonias: privatización de las empresas públicas, austeridad fiscal, reformas tributarias y laborales, liberalización y desregulación del comercio exterior e interior y mucho más, todo lo que favorecía los negocios de las élites imperiales en el mundo colonial.
La cuestión es que tres décadas después de aquello el Muro de Berlín va a caerse otra vez, pero hacia el otro lado: renace Rusia en el tablero de la geopolítica como un jugador global y se concreta al fin su alianza con China, formándose nuevamente el bloque oriental. El primer resultado necesario de esa restauración es que los Estados Unidos y sus élites van a perder terreno (negocios, claramente) en África y en Europa, van a ser desplazados por un poder que en las tres décadas anteriores no pudo llevarles la contra. Y el segundo resultado, que es consecuencia directa del primero, es que los Estados Unidos van a tener que ajustar bien las clavijas en su “patio trasero” de América Central y América del Sur para hacer aquí todos los negocios que ya no podrán hacer en otras partes y, fundamentalmente, para extraer de aquí los recursos naturales, la energía y las riquezas de un modo general que el sistema occidental necesita para seguir siendo lo que es. En una palabra, habiendo perdido sus colonias en otros continentes los Estados Unidos tendrán que recolonizar con fuerza y decisión en su continuum territorial y eso, como se ve, se hace mediante la imposición de administradores coloniales que garanticen los negocios de las élites sin la necesidad de invasiones militares al territorio.

Esa es la propia definición de “cipayo”, una definición que les cabe a los Menem, a los Cardoso y también a los Massa. Es la definición del que hace política en su propio país, pero con la finalidad de defender los intereses de un foráneo y no los intereses permanentes del pueblo al que gobierna. En los tiempos de Menem y Cardoso esa era la defensa de los lineamientos del Consenso de Washington en una etapa de expansión del imperialismo. Hoy, esa defensa será la de un Consenso nuevo ya en una etapa de reflujo y repliegue. En una palabra, el imperialismo occidental arrecia en estas latitudes otra vez como en los años 1990, pero por razones opuestas en espejo, las mismas razones de necesidad de extracción de las riquezas ajenas, primero en la abundancia y luego en la escasez.
Después de estabilizar artificialmente la economía argentina en el corto y en el cortísimo plazo —en los pocos meses de aquí hasta que empiece la campaña electoral del año que viene— y ganar las elecciones por haberlo hecho, Massa deberá imponer ya desde la presidencia de la Nación los lineamientos de quienes lo pusieron allí. Y esa estabilización artificial de la economía se resume a una cuestión financiera: Massa deberá ordenar las variables de las finanzas en lo tocante al dólar y al peso argentino. Por lo primero, tendrá que llenar de dólares las exhaustas reservas del Banco Central para poder controlar la cotización de dicha moneda extranjera en la práctica. Con muchas reservas, el Banco Central sostiene el valor de la moneda nacional frente al dólar y logra la estabilidad cambiaria, puesto que tiene con qué intervenir fuertemente en el mercado para disciplinarlo. Si al gobierno le interesara, por ejemplo, que el dólar paralelo cotizara en unos 240 pesos por dólar, lo que tiene que hacer es precisamente vender dólares a ese precio dando el mensaje de que en la caja hay muchos más de esos dólares. ¿Quién pagaría más de 240 pesos en el mercado paralelo a sabiendas de que puede conseguir el dólar en cualquier momento a 240 pesos en el mercado oficial? Ahí está el tipo de cambio unificado, un solo dólar en la práctica.
Una vez logrado eso, Massa debe establecer altas tasas de interés en los bancos para “chupar” parte de la montaña de pesos que hay en la calle como resultado de la monstruosa emisión habida desde el año 2015 al presente. Con la reducción de la masa monetaria en circulación vuelve a haber demanda de dinero y los precios tienden a estabilizarse en algún nivel, poniendo bajo control a la inflación. Aquí ya tenemos dadas las condiciones mínimas para que se reactive la producción y también para que vuelvan las agroexportaciones sin brecha cambiaria y sin tanta volatilidad de los precios en el mercado interno. Solo con eso Massa ya logra estabilizar la economía argentina en lo inmediato y logra instalarse como el hombre que “puso orden” en una situación de muchísima angustia para las clases populares medias y trabajadoras, además de darle a la élite criolla lo que la élite criolla quiere ahora.

Esa estabilización es artificial porque se basa en las precarias premisas de llenar de dólares las reservas del Banco Central y de “chupar” de la calle pesos argentinos ya emitidos. Lo primero se consigue tomando deuda, que es la parte en la que las élites globales invierten en Sergio Massa para que este tenga éxito y gane las elecciones: todos los dólares que esas élites le presten al superministro Massa son una inversión a mediano y a largo plazo, son dólares que van a recuperar con monumentales creces cuando Massa sea presidente e imponga las reglas del juego que las élites quieren para hacer grandes negocios aquí. Y el “chupar” los pesos de la calle implica armar una bola de nieve que crecerá todos los días con las altas tasas de interés, lo que ya de entrada preanuncia una devaluación a futuro que licue esos pesos. La estabilización es artificial, es una cosa que solo sirve para ganar las elecciones con un candidato que hoy no tiene votos, pero los va a tener si las mayorías perciben que hubo un alivio a partir de su advenimiento.
No es la gran cosa y si Massa tiene éxito en esa estabilización artificial, entonces será número puesto para las elecciones del año que viene, no habrá nadie en condiciones de desafiarlo y eso conducirá a la formación de grandes alianzas con todos los sectores relevantes de la política, ya que nadie querrá llegar tarde a embarcarse en la nave que saldrá a flote. Massa tiene que ganar las elecciones del 2023 con mucha mayoría, tendrá que copar el parlamento con diputados y senadores funcionales a su proyecto y entonces sí empezar, ya legitimado por el voto popular, a implementar las profundas reformas que las élites globales necesitan imponer en la Argentina para “atar la vaca”. Aquí empieza la etapa final del método Underwood de Sergio Massa, o el tener la llave para hacer lo que se quería hacer desde un principio.
El brutal “massazo” del imperio fue precisamente el haber generado las condiciones en las que Sergio Massa puede ahora presentar dos o tres alteraciones de las variables de las finanzas como una estabilización de la economía y con perspectiva de hacer de eso un “milagro económico”. El imperialismo se ahorra miles de millones de dólares en campañas militares que por otra parte no tendrían ninguna garantía de éxito y se adjudica el control político de ingentes recursos clave para la economía global de la próxima etapa histórica como el gas natural, el litio, el agua potable y los alimentos, entre los que el más estratégico es la soja que permite a China sustentar sus megagranjas porcinas y garantizar con ello la seguridad alimentaria de 1.400 millones de chinos. Corridos de los continentes donde Rusia y China establecen una nueva dominación, los Estados Unidos se repliegan sobre su “patio trasero” para controlar con mano de hierro la explotación de los recursos que para sus enemigos son estratégicos y así poder volver a negociar con ellos.

De hecho, toda la pantomima de la construcción del gasoducto desde Vaca Muerta no es más que una forma de diferir esa construcción para que se hagan las inversiones del caso durante el reinado de Massa, pero ya con la construcción de un gasoducto privado. Y así con todos los recursos y todas las riquezas del octavo país en extensión territorial del mundo, no es moco de pavo. El imperialismo occidental sabe que en el control político de la Argentina está una de las cartas que todos los jugadores de los más altos niveles de la política global quieren tener y, en consecuencia, invirtió tiempo y dinero en forjar todas las condiciones para que un Sergio Massa debidamente adiestrado por el Departamento de Estado, uno del riñón, llegue a tener ese control político en el marco de una hegemonía que no puede durar menos de una década, incluso porque el propio Massa llega a ese lugar con tan solo cincuenta años de edad y con todo el futuro por delante.
El “massazo” es brutal porque solo Sergio Massa hace lo que entrenaron a Sergio Massa para hacer, una administración colonial estable y exitosa, hegemónica en el sentido de que va a tener mucho más consenso que coerción y durante varios años, no la pueden hacer los cambiemitas de los Mauricio Macri, las Patricia Bullrich y demás cipayos de segunda categoría que el imperialismo usa en etapas preliminares de su plan, no es posible establecer en la Argentina nada realmente estable por fuera del peronismo. De haber querido realizar la totalidad del plan de saqueo con un Macri a la cabeza, el imperio habría de encontrarse con la resistencia de los sindicatos, de los movimientos sociales, de los dirigentes políticos peronistas y de los propios peronistas de a pie movilizados por estos. Con Massa, al igual que con Menem, esa resistencia no existe o es muy marginal, siempre residual y fácilmente controlable con una coerción puntual, localizada en la economía de la violencia prescrita por Nicolás Maquiavelo. El “massazo” del imperio es eso mismo, es el hacer la doble hermenéutica del peronismo en términos de Antonio Giddens hasta que el peronismo deje de ser la representación de los intereses permanentes del pueblo argentino y pase a ser todo lo opuesto, pero en uso de los símbolos sagrados del nacional justicialismo a los que nadie se atreverá a cuestionar.
Es probable que el 28 de julio de 2022 haya empezado en la Argentina una nueva era, una etapa histórica distinta a la que en el futuro habremos de llamar “massismo”. ¿Cuánto durará, qué profundidad tendrán las modificaciones estructurales que realizará? Esas son cosas de la política, cosas que dependerán de la velocidad de aprendizaje del argentino sobre su propia historia reciente. Lo cierto es que en nuestro país las élites globales materializaron en la realidad a su Francis Underwood de la ficción, lo realizaron mientras lo exhibían en la pantalla de Netflix para el consumo de todos y la comprensión de unos pocos. El poder fáctico torció otra vez la voluntad popular y vuelve a adjudicarse el poder político en una hegemonía. Y en ese sentido sería adecuado decir que la Argentina ha vuelto a los tiempos del menemismo.
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