Tras el golpe de Estado que en septiembre de 1955 derrocó al gobierno peronista y fue legitimado por la historia oficial llamándose “Revolución Libertadora”, Arturo Jauretche se encontraba refugiado en Montevideo allá por el año 1956. Desde ese exilio, Jauretche le escribía en cierta ocasión a Ernesto Sábato una carta en la que le recriminaba al intelectual devenido en golpista el intentar “resolver las ecuaciones de la historia por el camino de las aberraciones mentales y psicológicas”. En concreto, Jauretche reprochaba a Sábato lo publicado por este en El otro rostro del peronismo, un libro escrito con el solo fin de hacerles el caldo gordo a los antiperonistas de la “fusiladora” mediante la afirmación de que el peronismo se había fundado diez años antes sobre el resentimiento de las masas populares. Esa aseveración a todas luces arbitraria, cuyo fin fue el sumar falacias al esfuerzo de desperonización, molestó muchísimo al gran pensador de lo nacional y motivó el envío de la carta en cuestión, la que aparece luego publicada en la forma de nota al pie en Los profetas del odio y la yapa ese mismo año infausto de 1956.
La carta es una breve diatriba dirigida por Jauretche a un Sábato que en 1955 se había enrolado en las filas golpistas y que, desde ese lugar, miraba al peronismo con los ojos de un gorila, ignorando que las masas populares al abrazar a Juan Domingo Perón habían sido interpeladas por la esperanza y no por un vulgar resentimiento. Pero la misiva también es un valioso documento histórico en el que Jauretche deja como legado a la posteridad la definición sintética de la influencia británica en nuestra política y del proyecto político de una oligarquía que siempre funcionó como personera cipaya de los intereses coloniales en estas latitudes. La correcta interpretación de las palabras que Arturo Jauretche le dirige a Ernesto Sábato en esa carta es la clave para comprender toda la historia argentina posterior a 1810 hasta la actualidad, incluida en ello la presente coyuntura.
Lo que Jauretche le dice a Sábato es que la clase dominante oligárquica sostiene un orden ahistórico de atraso colonial ajustado a los intereses de otros, un proyecto político agroexportador que resulta en un país para pocos y cuyo destino es el de “granero del mundo” en atención a las necesidades de las potencias centrales, pero sobre todo en desmedro de la soberanía, la dignidad y el bienestar material de los criollos de aquí. “Cualquier ensayo de la realidad argentina que prescinda del hecho fundamental de nuestra historia”, escribe Jauretche, “es solo un arte de prestidigitación que hurta los términos del problema, que están dados por la gravitación británica en sus tres etapas”. El hecho fundamental al que alude Jauretche es la condición colonial y, a renglón seguido, el gran patriota enumera las tres etapas de esa condición, que son el intento de balcanización del territorio, la creación de las “condiciones de granja” mediante el fomento de un “progreso” exclusivamente entendido como desarrollo agrícola y ganadero y, finalmente, la oposición a la integración industrial y comercial de la economía argentina para garantizar las condiciones óptimas de una organización social “de grandes señores, peones de pata al suelo y una clase intermedia de educadores, profesionales y burócratas para su instrumentación”.

He ahí lo esencial, la clave propiamente dicha. Mediante la reacción o la acción regresiva de una oligarquía que impedía el desarrollo industrial, la diplomacia británica se aseguraba en ese momento el control de un territorio balcanizado y convertido en granja para la satisfacción de sus necesidades estratégicas en los rubros de alimentos, materias primas y combustibles. Esa es la definición más sintética y precisa del proyecto político colonial de la oligarquía cipaya en todos los tiempos, por lo que años más tarde el propio Jauretche dirá en Política nacional y revisionismo histórico, palabras más o menos, que dicho proyecto preveía la existencia de una población ínfima y socialmente organizada de la siguiente forma: un reducido grupo de familias oligárquicas dueñas de todo, una “clase intermedia” dedicada a la administración de los negocios de aquel grupo de familias y del Estado —lo que en la práctica vendría a ser la misma cosa— y, véase bien, una masa de “peones pata al suelo lo más cercano posible al infraconsumo”.
Ese es el ordenamiento de una economía primaria en el clásico esquema agroexportador que por definición no está diseñado para generar los puestos de trabajo suficientes para todos y, en consecuencia, condena necesariamente a enormes mayorías populares a la marginalidad y a la exclusión. Es el esquema de cualquier nación africana y ese no es un proyecto de país, sino de colonia. En una prosaica carta a un intelectual orgánico del enemigo, Jauretche expone de una vez y para siempre la estrategia imperialista de sometimiento por una clase dominante que en realidad es subalterna, esto es, la imposición ab extra de una oligarquía reaccionaria que responde a los intereses foráneos y arrastra en el proceso a todo un pueblo-nación a la miserable condición colonial. Pero no fue en 1956, sino muchísimo antes, cuando estas observaciones jauretcheanas empezaron a aparecer frente a los ojos de una opinión pública que habría de olvidarlas para repetir su historia una y otra vez.

Ya a mediados de los años 1930, en plena década infame instalada por el primer golpe de Estado de la historia argentina, Arturo Jauretche junto a Raúl Scalabrini Ortiz y otros jóvenes pensadores de lo nacional vieron el despliegue de la estrategia colonial materializándose en lo que esos pensadores nucleados en la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA) llamaron el estatuto legal del coloniaje. Eso fue el tristemente célebre Pacto Roca-Runciman, el que erróneamente se presenta hasta los días de hoy como un vulgar acuerdo comercial entre la Argentina y el Reino Unido en materia de exportación de carne vacuna. Pero el Pacto Roca-Runciman fue mucho más que eso, fue una forma de legalizar las condiciones de explotación de las riquezas de nuestro país por parte del imperio británico. De ahí la genial ocurrencia de Jauretche, Scalabrini Ortiz y los demás muchachos de FORJA en definir ese pacto como un estatuto legal del coloniaje, precisamente.
Entre los gobiernos de facto de José Félix Uriburu y Agustín P. Justo en 1932 la Argentina iniciaba conversaciones con el imperio británico para la firma de un pacto comercial, el que habría de consumarse en Londres el 1º. de mayo del año siguiente al firmarse efectivamente por el entonces vicepresidente Julio Argentino Roca (h) y por el encargado de negocios de la corona británica Walter Runciman. Lo que se sigue a la firma de dicho pacto es una explosión de cipayismo desembozado en el marco de la que el propio Roca declara en Inglaterra, sin pruritos, que debido a “su interdependencia recíproca” y sin cuidado de los límites territoriales en la geografía política, la Argentina era entonces “una parte integrante del imperio británico” desde el punto de vista de la economía. Roca y los cipayos golpistas de la década infame anexaban legalmente con sus dichos y sus actos de esta forma a un país independiente como la Argentina al conjunto de colonias que el Reino Unido tenía en ese momento alrededor del mundo, todo eso sin el más mínimo conato de escándalo en las páginas de los diarios de la época. Total normalidad.
Los jóvenes de FORJA con Jauretche y Scalabrini Ortiz a la cabeza no tardaron en detectar allí una vergonzosa claudicación de lo que quedaba de soberanía nacional después del golpe contra Hipólito Yrigoyen en 1930. La Argentina le había arrebatado a España a principios del siglo XIX su independencia política y desde ese momento había padecido los embates de Gran Bretaña contra su soberanía, desde la ocupación de las Islas Malvinas en 1833 hasta el combate de Vuelta de Obligado en 1845, pasando por las constantes triquiñuelas de la diplomacia imperial con el fin de dominar económicamente el territorio, pero nada de eso podía compararse a la infamia que supuso la entrega voluntaria de las riendas del destino nacional que llevaron a cabo los golpistas de 1930 al firmar el Pacto Roca-Runciman. El estatuto legal del coloniaje es quizá el más vergonzoso capítulo de nuestras relaciones diplomáticas porque con el pretexto de una situación internacional cambiante un gobierno de facto fue a entregarse voluntariamente como subalterno cipayo a una potencia extranjera.

Ni Rivadavia se animó a tanto, por cierto. Pero si de la situación global a mediados de la década de 1930 se habla, es preciso comprender que entre la geopolítica de esos días y la del presente hay al menos un par de coincidencias que para nada son casualidades: tras una crisis mundial se producía un cambio de potencia hegemónica, exactamente como parecería ser actualmente. Al crack o quiebra de la bolsa de Nueva York en 1929 se siguió la gran depresión económica, un golpe fatal al sistema de comercio internacional de la época. El primer resultado geopolítico de esa conmoción fue la aceleración de la decadencia del imperio británico, que hasta entonces había sido dominante a nivel mundial. Y el segundo fue el ascenso de los Estados Unidos al lugar de primera potencia económica global que los británicos ya no podían sostener. ¿Por qué eso es importante? Porque va a orientar en lo sucesivo las acciones de la diplomacia británica hacia una postura más agresiva en la defensa de los intereses de la corona y el intento de anexión económica de Argentina con el Pacto Roca-Runciman responde a esa orientación.
Disimulado en un simple acuerdo comercial para la exportación de carne vacuna, el Pacto Roca-Runciman incluyó la exención de derechos de importación a las manufacturas inglesas —en los días de hoy, esto sería lo equivalente a permitir la importación sin impuestos desde China, con todas las imaginables consecuencias nefastas para la industria y el trabajo nacionales—, la prohibición a la instalación de frigoríficos argentinos, esto es, la cesión del monopolio a los frigoríficos ingleses, la creación del Banco Central de la República Argentina con una importante presencia de funcionarios de la corona en el directorio (ingleses con poder para emitir moneda argentina y determinar la política monetaria, las tasas de interés, etc.) y, de yapa, la cesión del monopolio sobre el transporte en Buenos Aires a una corporación británica. Todo eso a cambio de que Londres siguiera importando de aquí la carne vacuna, siempre y cuando el precio de dicha carne fuera inferior al exigido por los productores de Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y demás colonias formales del imperio británico. Les entregamos la soberanía para que nos “hagan el favor” de llevarse de aquí la mejor carne vacuna del planeta a precio de ganga. Un escándalo, como se ve.

El Pacto Roca-Runciman que con ocurrencia los muchachos de FORJA llamaron estatuto legal del coloniaje tiene, sin embargo, una explicación más bien lógica. Y dicha explicación parte de la definición que alguna vez diera el General Juan Domingo Perón, según la que la verdadera política es la política internacional. Eso significa que la política local en todos los países —también en los centrales, pero con más intensidad en los periféricos— no es más que un reflejo de la geopolítica en cada momento. Al amenazar decididamente los Estados Unidos la hegemonía de Gran Bretaña sobre el mundo después de la I Guerra Mundial, el resultado necesario fue un giro en la política exterior de los británicos en el sentido de contrarrestar los efectos de su decadencia, por lo que se activaron aquí sus agentes cipayos. Así vistas las cosas, resulta sencillo deducir que el mismísimo golpe de 1930 que derrocó a Yrigoyen no fue sino obra de esos cipayos al servicio de la corona británica. Con todos sus grises, el de Yrigoyen iba siendo un proyecto nacional que incluyó, por ejemplo, la fundación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), la institución de rigurosos controles a las empresas ferroviarias británicas y el impulso a la construcción de los Ferrocarriles del Estado. Yrigoyen no era muy funcional a los intereses coloniales de Gran Bretaña y por eso a Yrigoyen lo derrocaron cuando Gran Bretaña se vio ante la necesidad de “atar la vaca” en estas latitudes.
La historiografía señala una multiplicidad de motivos detrás del golpe de 1930 y todos esos motivos impactaron más o menos para que dicho golpe de Estado se concretara, pero ninguno de ellos es más importante que la motivación geopolítica, por lo explicado por el General Perón en su definición sobre la naturaleza de la verdadera política. Lo que aquí se quiere demostrar es que los grandes cambios políticos a nivel local se dan cuando ocurren asimismo grandes cambios políticos a nivel internacional o, lo que es lo mismo, la geopolítica determina el rumbo de la política de cabotaje. Eso fue así en 1810 al caer España en manos de Napoleón Bonaparte, activando aquí la revolución, fue así en 1930 con la decadencia del imperio británico y el ascenso de los Estados Unidos, fue así en los años 1970 al imponerse el Plan Cóndor para implementar el proyecto político neoliberal y es así, lógicamente, ahora mismo.
Al igual que el británico en su momento, el imperialismo estadounidense ha entrado en una etapa de decadencia al ver desafiada su hegemonía por el bloque oriental con Rusia a la cabeza en el plano militar y China en el tablero de la economía. ¿Dejarán los Estados Unidos de ocupar el lugar de potencia global de la noche a la mañana? Claro que no, pero tampoco podrán sostener su hegemonía unipolar para siempre, habrá un momento en la historia en el que las potencias emergentes de Oriente van a estar en condiciones de exigir un nuevo reparto del mundo y eso necesariamente tiene que resultar en un nuevo orden mundial, uno de tipo multipolar donde el centro ya no esté en un solo país. Hace mucho —probablemente desde siempre, puesto que es una simple cuestión de observar la historia universal desde Grecia y Roma hasta el presente— que las clases dirigentes en los Estados Unidos son conscientes de que su propia decadencia es inevitable, que es un asunto de tiempo y, en consecuencia, ya tienen bien preparado un plan alternativo de “descenso suave”.

Ese proyecto alternativo no puede ser otro que el instrumentado ya por Gran Bretaña cuando los propios Estados Unidos empezaron el proceso de arrebatarle la hegemonía, a saberlo: el de intensificar la explotación en las colonias propias, en los países con poca soberanía donde abundan los cipayos, para compensar el efecto devastador de la pérdida de dominio en otras regiones del mundo. Se sabe hace por lo menos dos décadas que China está recolonizando África y ahora se ve cómo Rusia presiona en Europa oriental para terminar con el Plan Marshall, el que ha estado vigente en sus consecuencias desde finalizada la II Guerra Mundial. Todo eso implica un retroceso de los Estados Unidos en esas zonas y ahí hay una pérdida de poder geopolítico que debe ser compensada con la sobreexplotación de regiones donde Washington sigue reinando sin mayores cuestionamientos. Por razones de continuum territorial que ya han sido expuestas en la 50ª. edición de esta Revista Hegemonía, esa región por definición es la nuestra, es el continente americano en su totalidad desde el Estrecho de Bering hasta la Antártida, la parte del mundo a la que los Estados Unidos llaman con soberbia su “patio trasero” en sintonía con su Doctrina Monroe, esa que determina la reserva de “América para los americanos”.
Es así como las oscilaciones de la política internacional impactan sobre la política de cabotaje alterándola e incluso determinándola, allí donde vemos una lucha a nivel local por la imposición de este o aquel proyecto político lo que en realidad hay es un tenso compás de espera por las definiciones reales, que vienen de otras partes. Y entonces la conclusión se cae de madura: si el Pacto Roca-Runciman que fue el estatuto legal del coloniaje original respondió a una necesidad estratégica de la potencia dominante de la época en el marco de un reordenamiento mundial, la actual reconfiguración del mundo que proponen desde el bloque oriental va a resultar necesariamente en un nuevo estatuto legal del coloniaje. Salvo que en la Argentina se produzca un milagro y los cipayos que son abundantes en nuestra política de cabotaje simplemente sean borrados del mapa de un solo plumazo, cosa que evidentemente no va a ocurrir, en este preciso momento debe estar gestándose una especie de Roca-Runciman del siglo XXI, esta vez orientado a contrarrestar los efectos de la decadencia natural de la potencia mundial a la que los cipayos de aquí actualmente responden: los Estados Unidos de América.
En posesión de este conocimiento lógico e históricamente verificable, el atento lector podrá empezar a observar hechos cotidianos de nuestra política que le son presentados por los medios de comunicación como movimientos autónomos de los dirigentes locales, es decir, empezará a ver el reverso de la trama en el origen foráneo real de lo que parecería ser a primera vista una realidad autóctona. En otras palabras, al comprender que la verdadera política es la política internacional, que aquella no viene sino determinada por esta en todo lo que hace y que un cambio de orden mundial siempre implica un cambio en la política de cabotaje, puesto que la una es el reflejo exacto del otro, el atento lector podrá entender al fin que la rosca interna se suspende cuando la orden externa baja. Macrismo, massismo y kirchnerismo, oficialismo y oposición, una grieta o varias grietas, ninguna grieta en absoluto o lo que fuere, nada de eso tiene importancia cuando al que realmente manda se le presenta una necesidad coyuntural impostergable. Cuando la potencia dominante de una época (que además resulta siendo la metrópoli “natural” de esta semicolonia nunca del todo independizada) pega el grito y llama al orden, se ponen en fila y hacen la venia todos los soldados. Esa es la verdadera naturaleza de la verdadera política, sin que nada de esto sea ni mucho menos una redundancia.

Si se observan con atención los movimientos de la política argentina desde que Rusia tomó posesión del territorio de Crimea en el año 2014, lo que se verá allí es precisamente un cambio de paradigma. El avance de Putin más allá de las fronteras de la Federación Rusa no fue un asunto netamente territorial como en las guerras clásicas, sino la consumación del desafío oriental a la hegemonía unipolar de los Estados Unidos que empieza en Europa. A esa ocupación de Crimea por parte de Rusia se siguió un recrudecimiento de la guerra comercial entre Estados Unidos y China y una batalla sin cuartel por la implementación de la tecnología 5G de telefonía y datos móviles en las distintas regiones del mundo. Ahí no hay eventos aislados, hay una secuencia lógica en la escalada de un conflicto que hoy se ve concretamente en Ucrania y en Europa del este de un modo general. Eso sí, con las consecuencias correspondientes en el plano local de acuerdo a la definición de “verdadera política” de Juan Domingo Perón.
El mundo está cambiando y la potencia global hegemónica ve cómo su hegemonía va resquebrajándose a mucha velocidad, por lo que empieza a hacer una serie de movimientos geopolíticos defensivos en el sentido de asegurar su dominación en las zonas geográficas del planeta donde a Oriente le costaría más, por razones de distancia física y la logística que ella implica, avanzar posiciones. Desde el punto de vista de Moscú y de Beijing esas regiones son las de América del Sur y América Central, las del “patio trasero” estadounidense que están muy cerca de Washington y muy, pero muy lejos en todos los sentidos tanto de Beijing como de Moscú. Presionados por los rusos en Europa y por los chinos en África, los estadounidenses intensifican su presencia en nuestra región para “atar la vaca” como alguna vez hicieron los británicos. ¿Pero para qué? Pues para hacerse de los recursos estratégicos que ya no podrán obtener de otras partes, pero fundamentalmente para controlar el flujo global de dichos recursos con la vista en quienes los consumen: sus enemigos.
La sobreabundancia de cipayos (o la condición colonial)
Veamos qué pasa en nuestra región a partir de la concreción del desafío de Oriente a la hegemonía de los Estados Unidos en el año 2014. ¿Qué ocurre aquí? Pues empieza a desarticularse la unidad regional y todo el andamiaje de políticas dichas “populistas” de soberanía nacional con justicia social. En Venezuela se debilita y se pone en jaque la revolución bolivariana tras la muerte de Hugo Chávez —la que los propios venezolanos atribuyen a una inoculación malintencionada, sea “conspiranoia” o no—, mientras en Argentina el kirchnerismo se traba como proyecto político después de la derrota a manos de Sergio Massa en las elecciones legislativas de 2013 y da inicio a un proceso de ajuste y devaluación que resultará en una catástrofe económica, la actual; en Brasil se produce un golpe de Estado institucional que destituye bruscamente a Dilma Rousseff justo cuando se anuncia el hallazgo de ingentes reservas de petróleo y de gas natural a gran profundidad en el Atlántico; en Ecuador traiciona misteriosamente Lenin Moreno, sucesor de Rafael Correa, poniendo punto final al proyecto de la revolución ciudadana correísta. Otro tanto ocurre en Bolivia al sufrir Evo Morales un golpe de Estado clásico ya en 2019. Y así en todas partes, en todas partes se cuecen habas.

“Y en mi casa… ¡a calderadas!”, diría Arturo Jauretche. Más allá de que el fenómeno pendular se verifica en todos los países de la “patria grande” que los Estados Unidos llaman “patio trasero”, es muy claro hoy en retrospectiva ver la escalada de Sergio Massa a partir de su triunfo en las elecciones de medio término del año 2013. Massa detiene el avance del kirchnerismo con ese batacazo, razón por la que ya en enero de 2014 el entonces ministro de Economía Axel Kicillof hace una devaluación que en Argentina no había tenido lugar en diez años desde el advenimiento de Néstor Kirchner en 2003, dando inicio al ciclo, que es un círculo vicioso, de ajuste y devaluación para los próximos años hasta los días de hoy. Al triunfar Massa en esas elecciones se termina el kirchnerismo como proyecto político de expansión económica y bienestar social. Es cierto que subsiste aún como fe ideológica, pero nunca más pudo volver a aplicar aquellas políticas económicas que fueron tan exitosas durante la “década ganada” que va del 2003 al 2013.
Empieza entonces la cabalgata triunfal de Sergio Massa, quien luego de desactivar al kirchnerismo define las elecciones de 2015 dándole la victoria a un Mauricio Macri al que acompaña hasta la firma del acuerdo de endeudamiento junto al Fondo Monetario Internacional (FMI), para luego “cambiar de bando” y decidir las elecciones de 2019 dándole el triunfo electoral a Alberto Fernández. Lo que se ve a partir del año 2014 es la reactivación de los cipayos en Argentina con Massa a la cabeza y el comienzo de un proyecto de destrucción de todo lo logrado en la década anterior, es la acción decidida y previsora de los Estados Unidos para hacerse del control político del país en el mediano plazo mediante la imposición de un hombre propio de su embajada. Lo que se ve desde que el kirchnerismo dejó de ser un proyecto político y pasó a ser una fe ideológica y una añoranza, en una palabra, es un condicionamiento del pueblo-nación argentino para que tolere aquello que, de otra forma y en otras circunstancias, no estaría dispuesto a tolerar.
Como en 1930, se produjo a partir del año 2013 un golpe en la política argentina cuya finalidad fue torcer la voluntad popular e imponer aquí los intereses de las corporaciones y de la potencia cuya hegemonía se ve desafiada. La Argentina no estuvo ajena a la destrucción de los mal llamados “populismos” que integraron la región para, colectivamente, arrancarle la liberación a la metrópoli. Basta ver cómo se demuele ese andamiaje “populista” después de una década de avance de los pueblos y se lo reemplaza por un estado de shock permanente en el que a los sectores populares se los empieza a ajustar hasta desestabilizar la sociedad desordenándole la vida al hombre de a pie. De una economía equilibrada en la que se dio un monumental proceso de movilidad social ascendente se pasó a un esquema económico caótico de devaluación, ajuste, inflación y pérdida constante de poder adquisitivo de los salarios, esto es, de transferencia de ingresos desde las clases trabajadoras y medias a los sectores de concentración de la riqueza.

Nada de eso fue accidental ni se trató de ninguna mala praxis de los economistas, fue y es un proceso controlado cuyo objetivo es conducir a las mayorías populares a una situación de vulnerabilidad permanente en la que no solo no estén en condiciones de seguir pensando en avanzar, sino que tengan que aceptar pasivas la imposición de la voluntad de las minorías. Como se sabe, un pueblo en retroceso tiende a abandonar la defensa de sus intereses colectivos y a concentrarse en garantizarse la supervivencia de un modo individual, se rompen los lazos sociales de solidaridad y se instala un todos contra todos donde el individualismo es la norma. Eso es inestabilidad política y es un pueblo que pierde la fe en la política, por una parte, mientras espera la llegada de un mesías, por otra. Es el escenario ideal para la introducción de cipayos que vendrán a legalizar el coloniaje desde el Estado, ya sea un “outsider” como Javier Milei, un “salvador de la patria” como Sergio Massa o todos ellos combinados en la división del trabajo político, allí donde cada uno juega un rol y en definitiva todos trabajan por el éxito de un mismo proyecto político de saqueo.
Es importante comprender que en la actual política tanto la guerra como los golpes de Estado ya no son como antes: se hacen hoy “en cuotas”, no se presentan clásicamente frente al observador. En septiembre de 1930 José Félix Uriburu marchó directa y abiertamente contra la Casa Rosada, destituyó a Hipólito Yrigoyen y a partir de ese golpe clásico en sus formas se estableció un régimen cipayo que venía a imponer los intereses de Gran Bretaña en estas tierras. Todo muy claro y analizable con las categorías de siempre, pero es un error esperar que los hechos se presenten en forma tan cristalina en los días de hoy. También el poder en su praxis evoluciona en el tiempo, se descarta de viejas fórmulas y va creando fórmulas nuevas, aunque siempre con el mismo objetivo que es el de arrebatarles a los pueblos la soberanía sobre los recursos/riquezas del territorio. Sin cuidado de las formas en las que se presente un golpe de Estado, siempre hay en todo golpe una mano con ganas de robar.
Lo que el imperialismo actual necesita, concretamente, es la imposición de un marco legal para el saqueo que no podría jamás ser tolerado por el pueblo en condiciones democráticas consideradas normales. Si un candidato se presentara a elecciones con la “propuesta” de revertir los beneficios de la extracción de litio, petróleo y gas o de la exportación de alimentos a terceros ajenos al pueblo que está sentado sobre esos recursos, es evidente que dicho pueblo le diría que no a ese candidato al comprender que en su “propuesta” hay una desposesión. Pero eso no es todo: si aun sin “proponer” nada de eso abiertamente en campaña un candidato quisiera igualmente hacerlo después de resultar electo, un pueblo políticamente organizado en el marco de una economía estable se pararía de manos para frenar ese abuso y esa traición. Para legalizar un saqueo se necesita mucho más que ganar las elecciones, es preciso que el propio saqueo tenga legitimidad entre quienes serán saqueados.

De ahí la ya conocida fórmula política de que en la Argentina el único que puede hacer tanto el bien como el mal, porque tiene legitimidad popular, es el peronismo. Un ejemplo de ello es el gobierno de Carlos Menem entre 1989 y 1999, pero más claramente a partir de 1992. En un contexto global de avance del imperialismo yanqui tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, los Estados Unidos impulsaron el neoliberalismo del Consenso de Washington para arrasar con países “subdesarrollados” como el nuestro, haciendo valer su hegemonía unipolar. Pero el Consenso de Washington necesitaba un marco legal que, de haberlo comprendido, el pueblo argentino jamás hubiera tolerado. Por eso el Consenso de Washington vino aquí de la mano del peronismo con Menem a la cabeza, los radicales claudicaron en el Pacto de Olivos y de allí surgió la Constitución de 1994, la que fue el marco legal neoliberal del Consenso de Washington, un extraordinario saqueo del que aún seguimos pagando las consecuencias.
Si Washington intentaba imponer su Consenso brutal con un gobierno no peronista, lo más probable es que se hubiera encontrado con la resistencia de los trabajadores organizados en los sindicatos, de los movimientos sociales y de los propios dirigentes peronistas, resultando esto en un estallido social y en una caída del gobierno. No es así cómo el imperialismo estadounidense hace las cosas, el Departamento de Estado no es adicto a las aventuras ni juega a fracasar. Como la diplomacia británica en su momento, la diplomacia estadounidense procede de manera estratégica para lograr sus objetivos y entonces primero “dejó triunfar” un gobierno peronista y luego lo cooptó mediante la extorsión de un poder unipolar que no tenía entonces rivales para ponerlo bajo su órbita, delegando en ese gobierno la legalización del saqueo.

Al hacer un poco de memoria el atento lector recordará que Domingo Felipe Cavallo primero fue canciller del gobierno menemista, lugar desde el que fue reclutado por el poder fáctico globalista y “negoció” (no había nada que negociar, claramente, Cavallo más bien recibió instrucciones) la adhesión de la Argentina al Consenso de Washington. Una vez que todo estuvo cocinado, Cavallo aparece en el lugar de ministro de Economía y ya con todos los recursos a disposición para hacer la convertibilidad del peso argentino con el dólar estadounidense, terminando con la inflación que en ese momento era hiperinflación. Y ahí está, al desnudo, toda la maniobra de primero hacer retroceder a un pueblo-nación mediante el ardid de imponerle un estado de shock permanente y luego presentarle, de la mano de un hombre propio, la “solución” al problema que era la base de ese estado de shock. Cavallo puso fin a la inflación con su plan de convertibilidad, pero en realidad lo hizo con los recursos que los Estados Unidos le daban para hacerlo, de modo tal que el neoliberalismo de Cavallo fue aceptado por las mayorías como la “solución”.
Pero ese neoliberalismo fue el saqueo y el control de la inflación no fue otra cosa que el cebo para introducirlo. El pueblo-nación argentino aceptó la privatización de su patrimonio público a cambio de una estabilización de las finanzas del país, el peronismo ni amagó protestar porque el gobierno le era propio y los sindicatos, que son afines al peronismo, se quedaron “en el molde” mientras Menem y Cavallo, por cuenta y orden del imperialismo estadounidense, vendían las joyas de la corona y condenaban a sus representados, que son los trabajadores. ¿Fueron entonces todos cómplices de esa infamia? Ciertamente, pero hay más. El peronismo, el radicalismo y virtualmente toda la política argentina, los sindicatos y los movimientos sociales de la época fueron todos partícipes de un golpe contra la voluntad del pueblo argentino y en favor de los intereses foráneos. El neoliberalismo de los años 1990 fue eso mismo, un golpe de Estado en la forma de autogolpe silencioso, aunque todavía muy pocos lo vean así.
Un pueblo en estado de shock permanente a lo largo de varios años, he ahí la descripción de la Argentina actual desde el 2014, que es cuando empieza el ciclo de ajuste y devaluación que va a acentuarse durante el gobierno de Mauricio Macri y finalmente va a exacerbarse con Alberto Fernández hasta resultar en una economía descontrolada, en la disparada de la pobreza y de la indigencia y en una clase popular media dispuesta a aceptar literalmente cualquier régimen con tal de que no se siga licuando su magro patrimonio. Es rigurosamente la misma estrategia y con los mismos fines, pero en coyunturas opuestas desde el punto de vista de sus justificaciones. En los años 1990 los Estados Unidos estaban campantes tras la implosión del bloque ideológicamente rival en Oriente e hicieron el Consenso de Washington para expandir los límites de su imperio hasta los confines del mundo, hasta no dejar espacio vacío en ninguna parte. Ahora, en cambio, el Muro de Berlín se cae para el otro lado, en Oriente se forman las alianzas para la construcción de un orden mundial multipolar y los estadounidenses están en retroceso, razón por la que necesitan asegurarse el control sobre los recursos en las colonias que les quedan.

Sea como fuere, siempre es una cuestión de pesos y centavos, siempre se trata de tener el control sobre los recursos de otros para sostener una posición de poder. La Argentina es el octavo país más extenso del planeta y el cuarto o el quinto más rico en recursos naturales, es una vaca inmensa a la que muchos les interesa atar. En líneas muy generales, podría decirse que entre los ingentes recursos de la Argentina hay por lo menos dos que son estratégicos para China, el país líder del nuevo bloque Oriental: los alimentos (fundamentalmente la soja) y el litio. El primero constituye un asunto de seguridad nacional para China allí donde existe la necesidad de alimentar a más de 1.400 millones de habitantes y es evidente que cualquier perturbación en el flujo de importaciones podría ocasionar hambrunas e inestabilidad social y política. La proteína que los chinos consumen proviene de sus megagranjas porcinas, las que funcionan a base de millones de toneladas de soja todos los años. Hay tres países en el mundo que producen el 80% de la soja a nivel global y esos países son los Estados Unidos, Brasil y Argentina.
La cuenta es sencilla y conduce a la conclusión de que para los Estados Unidos el monopolizar la producción de soja es una excelente manera de condicionar a su verdadero enemigo geopolítico. Pero también puede hacerlo controlando las reservas de litio, que son fundamentales para la producción de baterías. China quiere dar el batacazo en la industria automotriz con el automóvil eléctrico, pero este tipo de coche no es del todo viable aún. Para serlo, necesita darle al motor eléctrico autonomía similar a la del motor a combustión, cosa que se logra con enormes baterías de litio. El cambio de paradigma en la industria automotriz que pondría a China en una posición de liderazgo global no puede ser si los Estados Unidos controlan las reservas del recurso esencial para que esa revolución se produzca. Presión política mediante la extorsión con los alimentos y limitación del desarrollo a través del control de las materias primas, he ahí una definición sintética del imperialismo.

La Argentina además es riquísima en petróleo no convencional y en gas natural de sus reservas en Vaca Muerta, energía que hoy escasea en Europa occidental a raíz del avance de Rusia, el otro enemigo oriental de los Estados Unidos. Mitigar la enorme dependencia de los europeos respecto al gas y al petróleo rusos sería una cuestión de abrir fuentes alternativas de suministro, entre las que puede estar Vaca Muerta. Si lo que quieren los Estados Unidos es frenar a Vladimir Putin e impedir que este destruya lo que queda del Plan Marshall en Europa, los yanquis necesitan darles a los europeos una alternativa viable o naturalmente va a triunfar Rusia, concretando el proyecto euroasiático de Stalin que había quedado trunco por el advenimiento de la bomba nuclear, tal como se describe en la 50ª. edición de esta Revista Hegemonía. Los Estados Unidos no necesitan directamente para sí la soja, el litio, el petróleo ni el gas natural de Argentina. Los necesitan indirectamente para negárselos a los rusos y a los chinos que desafían su esquema de dominación global.
Eso se hace con una recolonización y solo se sostiene en el tiempo con el marco legal correspondiente, no habrá en la Argentina ningún saqueo que no esté contemplado en las leyes de nuestro país y no sea dirigido localmente por nuestros dirigentes. La figura del virrey colonial con la que España gobernó en estas latitudes por tres siglos no es aplicable en los tiempos que corren. Los “virreyes” de hoy se presentan en público como embajadores de las potencias imperiales y su función no es la de asumir directamente el gobierno, sino la de coordinar la acción de los dirigentes locales para que estos, ahora sí, hagan en la política nacional la recolonización que el dominante necesita. Así fue en 1930 con los cipayos de la década infame y luego en 1946, cuando el “virrey” Spruille Braden intentó coordinar a los cipayos radicales, comunistas, socialistas y progresistas alrededor de su mesa en la Unión Democrática para frenar a Perón.

Perón triunfó entonces y durante diez años el pueblo-nación argentino avanzó hacia la soberanía política y la independencia económica que naturalmente tenían que resultar en justicia social. Pero eso no podía ser y otra vez el imperialismo organizó a los cipayos para los golpes de 1955 y 1976, siempre con la finalidad de interrumpir procesos de liberación nacional, esto es, gobiernos de orientación nacional-popular que se atrevieron a poner los recursos del territorio bajo el control del pueblo-nación y en su beneficio. Desde ese momento a esta parte el artilugio del golpe de Estado manu militari cayó en desuso, simplemente porque los tiempos cambian, obligando a los estrategas del poder a inventar nuevas formas de golpear. De ahí surgen las estrategias de persecución judicial que se dieron en llamar “lawfare”, las intrigas internas y sus traiciones, los candidatos “fantasma” que son postulados para restarles votos a las fuerzas de orientación nacional-popular y toda una serie de mañas de la política actual que suprimen la necesidad de botas y fusiles para hacer un golpe de Estado e imponer la legalidad del saqueo.
El pueblo-nación argentino está en estado de shock, lo han hecho atravesar un infierno en los últimos ocho años mediante la introducción de cipayos “progresistas” en los dos últimos años de gobierno de Cristina Fernández, lo que resultó en el advenimiento del gobierno cipayo “liberal” de Mauricio Macri. Este reventó el aparato productivo y endeudó al país mucho más allá de su capacidad de pago, lo que a su vez dio como resultado el gobierno cipayo “progresista” de Alberto Fernández, caracterizando un péndulo falso donde todo responde a las órdenes del imperialismo con el fin de llegar a una situación límite de disolución social. ¿Para qué? Para que en medio al caos pueda “surgir” ese mesías con la llave de la estabilidad económica en la mano, la que en realidad es un nuevo estatuto legal del coloniaje. El estado de shock es un retroceso manifiesto, es una situación crítica donde es obligatoria la aceptación de términos y condiciones profundamente lesivos para el interés nacional. Una y otra vez la misma trampa, con el “peronismo” neoliberal de Menem y Cavallo primero y luego con el actual péndulo socialdemócrata más o menos progresista que naturalmente resultará en un “peronismo” similar al de los años 1990.
El problema de la Argentina no es ni jamás fue una cuestión de derecha e izquierda, es la condición colonial por la que hay una sobreabundancia de cipayos tanto en la derecha, como en la izquierda y en el centro. La política argentina es un inmenso pacto hegemónico dirigido por el embajador estadounidense, custodiado por el Comando Sur y ejecutado por dirigentes que simulan oponerse mutuamente, pero al fin y al cabo se retroalimentan para realizar el plan. Es la propia descripción de la década infame que terminó realmente cuando llegó Perón y mandó a parar, decretó que las riquezas de esta tierra les pertenecen a los hombres que la habitan y no a la codicia imperial en una guerra geopolítica de la que no podríamos los argentinos participar más que como accesorios de uno u otro bando en pugna.

La tercera posición nacional justicialista es precisamente esa negación de ambos bandos y, a la vez, la predisposición de dialogar y negociar con todos siempre y cuando los términos y condiciones sean favorables a los verdaderos dueños del litio, de la soja, del gas, del petróleo y de los demás recursos de Argentina: los argentinos en su conjunto. Gracias a la colonización pedagógica liberal por derecha y por izquierda, al hablar de nacionalismo se suscitan las imágenes del chauvinismo europeo en el siglo XX, cosas muy ajenas a la naturaleza del hombre americano. Le gritan “nazi” y “fascista” al que dice nacionalismo, pero no permiten la explicación de que el nacionalismo en un pueblo pacífico y amoroso como el nuestro es simplemente volver a adueñarse de lo propio, hacer la liberación nacional en un sentido económico. Nada de eso se permite discutir en la política argentina porque, como veíamos, la política argentina es un pacto hegemónico de cipayos en beneficio del de afuera.
En estado de shock permanente estamos preparados para suscribir un estatuto legal del coloniaje en el marco de la guerra mundial en curso. Occidente y Oriente luchan por posiciones dominantes en todas las regiones y ponen especial atención a esta vaca gorda, gordísima, que es el territorio argentino. Es una vaca a la que todos quieren atar con la ley en la mano y eso no será con bombardeos, tanques e invasiones militares, será con la anuencia de argentinos que hablan de escudo y bandera, pero se asemejan a aquellos cipayos de la India que tan brillantemente supo describir nuestro Arturo Jauretche en su crónica: indios de nacimiento que, vestidos con el uniforme de la corona británica, imponían una dominación colonial sobre sí mismos. La India más tarde se encontró con el nacionalismo, suprimió a los cipayos y llegó a ser una potencia nuclear en el bloque oriental que asciende hoy. ¿Tendrá la Argentina el día de su nacionalismo al igual que la India? Quizá no tendría que ir tan lejos habiendo tenido ya en su historia a un Perón, tal vez esté en nosotros mismos la inspiración que necesitamos para hacer de una vez la liberación nacional y ser dueños de lo que naturalmente nos pertenece. Será con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.
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